Viernes, 21 De Agosto De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Morir en la cárcel…

Hay silencios que pesan más que las palabras

Rodolfo Herrera Charolet

Licenciado en Administración de Empresas. Escritor, articulista, periodista, pintor, exdiputado del H. Congreso del Estado y exfuncionario público del Gobierno del Estado de Puebla. Autor de más de veinte libros, en su mayoría sobre temas de corrupción y denuncia pública.

Viernes, Agosto 21, 2026

Ante todo, la justicia

La confirmación de los sesenta años de prisión contra Javier López Zavala por el feminicidio de Cecilia Monzón es un alto firme a la impunidad. Reconozco aquí, con claridad y respeto, la lucha tenaz de los colectivos feministas, de Helena Monzón y de todas las mujeres que no han dejado de exigir que el poder no sea sinónimo de impunidad. Su persistencia hizo posible que la sentencia se mantuviera. Cualquier recuerdo personal no puede ni debe convertirse en cómplice; es solo decepción profunda ante quien alguna vez tratamos, y al mismo tiempo una serena tranquilidad ante el hecho de que, esta vez, la justicia habló más alto que el privilegio. 

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Hay silencios que pesan más que las palabras. 

Hoy, al saber que la magistrada Marcela Martínez Morales ha confirmado la condena, ese silencio se ha instalado en el pecho de muchos. 

Coincidí con él como diputado en el Honorable Congreso del Estado. Más adelante, durante su paso por la Secretaría de Gobernación, compartimos espacios de trabajo. Recuerdo los pasillos de Casa Aguayo con luz de tarde, las conversaciones que se alargaban después de las reuniones, el saludo que no era el frío y mecánico del político de oficio, sino uno más cercano, de quien aún guardaba algo de la persona detrás del cargo. Tiempos que ahora se miran desde lejos, con la gratitud y la nostalgia de quien creyó conocer el fondo de un hombre. 

Nunca imaginé este desenlace. Supe de actos que consideré naturales en una relación conflictiva —discusiones, reclamos, el roce inevitable de dos personalidades fuertes—, pero nunca pensé en el fatal desenlace. Me equivoqué

Ese mismo día trágico lo llamé por teléfono para informarle del cruento asesinato. Él ya se había enterado. Se justificó pasándome al teléfono a otro excompañero diputado de la legislatura, Saúl Rivera Sosa, y me dijo que se encontraba en Chignahuapan por la boda de su hijo. Fue una actuación extraña: nunca antes había pasado el teléfono a alguien que estuviera con él, aunque yo conociera a esa persona. Lo pasé por alto en el momento… pero eran señales. 

Cecilia Monzón murió el 21 de mayo de 2022 bajo las balas de quienes ejecutaron una orden. El tribunal lo declaró autor intelectual. La magistrada ha ratificado la condena. Zavala morirá en la cárcel. 

Posiblemente uno de los ingredientes que nutrieron la llama de ese desprecio fueron las redes sociales. En ellas la víctima era una asidua promotora y usuaria; miles de seguidores nutrían ese efímero ego, mientras la muerte acechaba en silencio. 

En México y en Puebla los feminicidios siguen siendo una herida abierta. En los últimos años la entidad ha registrado decenas de casos anuales; a nivel nacional se contabilizan centenares. Hay fallos que, aunque imperfectos, marcan precedentes: condenas como la dictada en su momento contra José María “Chema” Sosa en el caso de Paulina Camargo, y otras sentencias firmes en distintos estados contra quienes creyeron que el poder o la cercanía con él los hacía intocables. Cada condena que se sostiene es un paso, pequeño pero real, contra la cultura de la impunidad. 

Y sin embargo, entre quienes lo tratamos de cerca queda un residual de incredulidad, como una hoja seca que el viento no termina de llevarse. ¿Cómo se desdibuja tanto un rostro que alguna vez sonrió con naturalidad? ¿En qué momento las señales se volvieron invisibles para quienes preferíamos ver solo lo que nos reconfortaba? 

Hoy el hombre que conocimos enfrentará el resto de sus días entre rejas. Tendrá ciento trece años cuando, en teoría, pudiera salir. Es decir: nunca. 

Que este final sirva de advertencia callada. 

Que quienes alguna vez caminamos cerca de él guardemos la lección sin rencor, pero con claridad: a veces las señales están ahí, y uno prefiere no verlas. 

Porque la dignidad, cuando florece, lo hace incluso en medio de la tristeza de los que todavía recuerdan un saludo más humano de tiempos que ya no volverán. Y porque el poder, nunca más, debe ser sinónimo de impunidad.

¿O no lo cree usted?

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