Qué extraña es la vida cuando empiezas a mirar las cosas desde otro lugar. De niño te enseñan a ganar. Aprendes que hay que llegar primero, sacar la mejor calificación, ser reconocido, destacar y conseguir lo que quieres. Aprendes que la vida es una competencia donde alguien gana y alguien pierde. Y ganar parece significar tener la razón, demostrar que sabes más, conseguir la última palabra y salir victorioso de una discusión.
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Nadie te explica que hay victorias que tienen un precio demasiado alto.
Suceden cuando ganas demostrando que eres el mejor, pero pierdes a una persona que amas.
Puedes incluso conseguir que alguien se quede a tu lado utilizando la culpa, el miedo o la manipulación, sólo para descubrir que la otra persona realmente no está contigo.
Sí, ganaste. Finalmente lo tienes.
Pero quizá en el camino también perdiste algo: esa versión de ti mismo que existía mientras lo deseabas y que ya no puedes recuperar.
Qué extraña es la vida cuando empiezas a mirar las cosas desde otro lugar. Cuando comprendes que ganar no siempre consiste en obtener, sino también en soltar.
Soltar lo que ya no necesitas.
Soltar la exigencia de que alguien comprenda que te hizo daño.
Soltar una relación que, aunque quieres, te lastima.
Soltar la necesidad de tener la última palabra.
Una de las grandes trampas de la vida adulta es seguir utilizando la misma medida de éxito que aprendiste de niño.
De joven quieres ganar.
Cuando maduras, empiezas a preguntarte: “¿Para qué?”
Porque los logros empiezan a medirse de otra manera.
¿De qué sirve ganar si para hacerlo me traicioné?
¿De qué sirve tener razón si para demostrarla herí?
¿De qué sirve que alguien se quede si no quiere estar?
¿De qué sirve que muchos me admiren si yo no puedo mirarme con sosiego cuando estoy a solas?
Entonces empiezas a comprender que hay una forma distinta de ganar: “No perderte a ti mismo.”
Hay victorias que hacen ruido.
Y hay victorias silenciosas.
Las primeras se anuncian, se celebran, se exhiben.
Las segundas ocurren dentro de nosotros mismos.
Llegan cuando eliges tu tranquilidad por encima de la necesidad de tener la última palabra.
Cuando dejas de perseguir una explicación que quizá nunca llegará.
Cuando ya no necesitas que el otro reconozca el daño que te hizo para poder seguir adelante.
Cuando finalmente entiendes que dejar ir no siempre es rendirse.
A veces es salvarte.
Hay pérdidas que, con el tiempo, descubres que fueron una forma de liberación.
Incluso un golpe de suerte que la vida te dio al quitarte de las manos aquello que todavía no tenías el valor de soltar.
Porque vencer una batalla no significa necesariamente tener fuerzas para ganar la guerra.
Y quizá algunas de las cosas que llamamos pérdidas hayan sido, en realidad, la manera exacta en que la vida consiguió devolverte a ti mismo.
Nadie aplaude esas victorias.
Pero son las que más importan.
Porque lo cambian todo.
Lo transforman todo.
Y llegan cuando finalmente comprendes que ganar no significa vencer al otro.
Significa no perderte a ti mismo.
Entonces dejas de preguntarte: “¿Cómo puedo ganar?”
Y empiezas a preguntarte: “¿Qué no estoy dispuesto a perder para ganar esto?”
Tal vez esa sea una de las preguntas más importantes que podemos hacernos.
Porque hay formas de ganar que son formas de perder.
Y hay pérdidas que, muchos años después, terminamos agradeciendo.