El gobierno presume cifras a la baja, pero los poblanos siguen enfrentando asesinatos, desapariciones y robos.
Hablar de seguridad no es hablar solamente de gráficas, porcentajes o presentaciones. Hablar de seguridad es hablar de personas, de familias, de patrimonio y de algo tan básico como poder salir de casa y regresar con vida. Por eso, cuando un gobierno presume que los delitos van a la baja, hay que revisar las cifras oficiales, sí, pero también hay que preguntarnos qué significan esas cifras para la gente que todos los días vive con miedo.
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De acuerdo con el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, entre enero y julio de este año Puebla acumuló 409 víctimas de homicidio doloso. Además en el estado los años con más homicidios han sido los gobernados por Morena. El Gobierno del Estado ha señalado una reducción respecto al año anterior y ha presumido que la estrategia de seguridad está dando resultados; ojalá así fuera, pero habrá que esperar a que termine el año. Y hay que decirlo con toda claridad: una reducción estadística es solo eso, una reducción estadística. Pero también hay que decir lo que parece que algunos prefieren olvidar: las 409 personas perdieron la vida de manera violenta en los primeros siete meses del año.
Entonces yo pregunto: ¿cuándo un numero deja de serlo y se convierte en una tragedia? ¿Cuántos homicidios necesitamos para que dejemos de hablar de porcentajes y empecemos a hablar de familias? Porque para el gobierno puede ser una reducción; para una madre, un padre, un hijo o una esposa, la muerte de una persona no se reduce en un porcentaje. Se pierde y punto.
El Ejecutivo Estatal ha dicho que en Puebla “no hay impunidad”, que su gobierno actúa con “cero tolerancia frente a la delincuencia” y que no existe “complicidad ni omisión”. Muy bien. Tomémosle la palabra. Si no hay impunidad, entonces que cada asesinato tenga consecuencias. Si no hay omisión, que ninguna familia tenga que sentirse abandonada. Y si existe cero tolerancia, que esa tolerancia cero se vea también en las calles, no solamente en los comunicados o mañaneras que se realizan.
Porque hay otro problema que no cabe en una gráfica de homicidios: las personas desaparecidas.
Entre el 1 de enero y el 25 de julio de 2026, la propia autoridad estatal mediante el comunicado AA 813/2026, informó que se reportaron 998 personas desaparecidas o no localizadas. De ellas, 839 fueron localizadas, pero 159 permanecían sin ser localizadas al corte presentado. Y hay un dato todavía más doloroso: de las personas localizadas, 55 fueron encontradas sin vida.
Ahora bien, el Gobierno del Estado en ese comunicado destaca que el 84 por ciento de las personas reportadas fueron localizadas y que una parte importante correspondió a ausencias voluntarias. Ese dato también debe decirse porque es oficial. Pero hay algo que no podemos perder de vista: hay 159 familias que siguen esperando respuestas. Y detrás de cada número hay una persona con nombre, apellido, madre, padre, hijos, hermanos y amigos.
¿De verdad podemos decirle a esas familias que la seguridad está bien porque una gráfica tiene una flecha hacia abajo? ¿De verdad podemos pedirles que se tranquilicen porque el porcentaje de localización es del 84 por ciento? ¿Y los 159 que todavía no aparecen?
A ellos no los encuentra una presentación de power point a ellos los tiene que encontrar el Estado.
Y mientras hablamos de homicidios y desapariciones, hay otro delito que quizá no tenga los reflectores de un asesinato, pero que todos los días golpea directamente el bolsillo de miles de familias poblanas, que es el robo de autopartes.
De acuerdo con datos de la misma Fiscalía General del Estado, entre enero y julio de 2026 se abrieron en Puebla 1,192 carpetas de investigación por robo de autopartes, frente a 1,060 en el mismo periodo de 2025. Es decir, 12.45 por ciento más.
En promedio, estamos hablando de más de cinco denuncias diarias durante los primeros siete meses del año. Y un dato más: cada día en Puebla se roban 5 automóviles.
Pero explíquenle eso al ciudadano que sale por la mañana y encuentra su automóvil sin llantas, sin espejos, sin batería o sin alguna otra pieza.
Díganle al ciudadano que el delito está bajando mientras tiene que gastar miles de pesos para volver a poner su vehículo en condiciones. ¿También eso es una estrategia exitosa?
Y no estoy diciendo que las cifras oficiales deban esconderse, al contrario, hay que mostrarlas todas, tanto las buenas como las malas. Porque si el Gobierno del Estado quiere hablar de seguridad con datos, nosotros también queremos hablar con datos, pero con todos los datos, no solamente con los que sirven para una conferencia de prensa.
¿De qué sirve decir que un delito bajó si el ciudadano sigue cambiando de ruta para evitar una colonia? ¿De qué sirve presumir una reducción si una madre todavía tiene miedo de que su hija no regrese? ¿De qué sirve hablar de coordinación institucional si los delincuentes siguen encontrando la manera de operar?
Y aquí está el punto que más preocupa: el gobierno no puede acostumbrarse a celebrar las reducciones como si el problema estuviera resuelto, porque una disminución no significa la desaparición del delito, ni un porcentaje menor significa que Puebla sea una entidad segura.
Porque la seguridad no se mide solamente en una oficina, se mide en la calle, cuando una mujer llega sola a su casa, cuando un joven sale de noche, cuando un comerciante baja la cortina, cuando una familia espera que su hijo regrese y se mide cuando alguien estaciona su automóvil y tiene la certeza de que, al volver, seguirá ahí y tendrá sus cuatro llantas.
Y si el gobernador dice que no hay impunidad, entonces que no haya impunidad; si dice que no existe omisión, que ninguna familia tenga que gritar para ser escuchada. Porque los poblanos no comen porcentajes: quieren seguridad y quieren sentirse seguros. Y esa, gobernador, es la verdadera prueba; no la de las gráficas ni la de los comunicados, sino la prueba de la calle, donde un gobierno se juega su verdadera calificación. Y ahí, más que cualquier discurso, son los poblanos quienes tienen la última palabra.
Gobernador, quizá el verdadero éxito no sea que los poblanos aprendan a interpretar las cifras, sino que algún día dejen de tener razones para sentir miedo.