Hoy quiero hablarles de El Cocinero Chino, una obra monumental del artista plástico Óscar Ortega, uno de los artistas más brillantes nacidos en México. Con sus 23 metros de altura, esta escultura se levanta en la entrada de La Chinesca, en Mexicali, y constituye, a mi juicio, una de las obras más interesantes del arte mexicano contemporáneo.
Hay algo que debe destacarse desde el principio: El Cocinero Chino lleva el sello inconfundible de Óscar Ortega. Las manos de la figura reproducen las propias manos del escultor y funcionan como su firma artística, un rasgo de autor que permite reconocer su obra, como sucede con los grandes artistas.
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Además, representa la historia de una comunidad migrante que llegó a esa frontera, se estableció, trabajó, construyó una ciudad y terminó incorporando su cultura, su gastronomía y su memoria a la identidad mexicalense.
Vamos a decir que Óscar Ortega no hizo simplemente una escultura gigantesca. Hizo una obra que exige ser mirada con otros ojos. El Cocinero Chino tiene una presencia urbana extraordinaria, domina el espacio, dialoga con la arquitectura de La Chinesca y convierte en monumento algo tan cotidiano como un cocinero y una caja de comida china.
Ahí está precisamente una de las virtudes de la pieza: transformar una práctica cotidiana en memoria colectiva. La comida china no es un elemento decorativo de Mexicali; es parte de la historia social de la ciudad y de una migración que dejó una huella profunda en ella.
Pero hay algo que me parece incomprensible: la escultura no tiene una placa que reconozca de manera visible a su autor. ¿Cómo es posible que una obra pública de esta magnitud no lleve el nombre de quien la creó? Podemos discutir durante horas si nos gusta o no una obra de arte; podemos cuestionar su costo, su construcción o incluso su ubicación. Lo que no podemos hacer es borrar al artista. Una obra pública también es una forma de reconocer a quienes construyen la cultura de una ciudad, y el nombre de Óscar Ortega debería estar ahí, frente a todos, como parte de la propia historia de la pieza.
Me parece particularmente injusto porque Ortega pertenece a esa tradición de artistas que han entendido que el espacio público también puede ser un enorme lienzo. Su trabajo tiene una dimensión que rebasa la escultura como objeto y la convierte en experiencia urbana. El Cocinero Chino no se contempla desde lejos: se encuentra con uno. Su escala obliga a levantar la mirada y, en ese gesto tan sencillo, modifica nuestra relación con el espacio. Eso es lo que consigue el arte público cuando está bien hecho: cambiar por un momento la manera en que habitamos una ciudad.
La historia de El Cocinero Chino también está atravesada por polémicas, retrasos y críticas. Quizá por eso valga la pena volver a mirar la obra ahora que ya está ahí, terminada, formando parte del paisaje de Mexicali. Las obras públicas suelen tener una vida mucho más larga que los gobiernos que las encargan y que las discusiones que las acompañan. Dentro de unos años, probablemente importará mucho menos cuánto tardó en construirse o qué se dijo de ella durante su proceso. Importará que existe, que se convirtió en un nuevo referente de La Chinesca y que registra en concreto una historia de migración y de integración cultural que forma parte de México.
Por eso creo que Mexicali tiene una tarea pendiente: reconocer a su artista. El Cocinero Chino debe llevar el nombre de Óscar Ortega, no escondido en un expediente administrativo ni perdido en una nota periodística, sino en una placa frente a la obra. Porque cuando una ciudad reconoce a sus artistas, reconoce también su propia historia. Y porque este cocinero monumental, levantado en medio del desierto, merece ser recordado no solamente como símbolo de la inmigración china en Mexicali, sino como lo que también es: una extraordinaria obra de arte mexicano y el testimonio del talento de uno de los artistas más brillantes nacidos en este país.