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OPINIÓN

Soberanía: El escudo mágico que no sirve para los balazos, pero sí para los reflectores

Soberanía: escudo para corruptos, no para ciudadanos.

Mario Arturo Méndez Brito

Maestro en Mercadotecnia con más de 45 años de experiencia en marketing, comunicación e imagen pública. Autor de Usar en Caso de EmergencIA y creador del podcast Marketing que Conecta, comparte análisis y estrategias para fortalecer marcas, empresas y líderes.

Sábado, Agosto 22, 2026

Ah, la soberanía. Palabra sagrada que nuestra querida presidenta y su séquito han elevado a la categoría de mantra, justo por encima del "Buen fin" y de las promesas de "abrazos, no balazos". Porque nada grita más "defensa nacional" que usar ese término como escudo retórico cada vez que el Tío Sam pregunta por algún general o político que, casualmente, aparece en expedientes de narcotráfico.

Veamos si entendí bien el concepto. Soberanía es esa línea roja que nuestro gobierno traza con tiza en el piso cuando Estados Unidos señala a algún militar de alto rango o funcionario, por presuntos nexos con el narco. Es el grito de batalla que retumba en la conferencia mañanera (o de la tarde, según el horario de la presidenta) para exigir que "respeten a México" mientras, irónicamente, nuestra propia justicia es capaz de exonerar a un general en tiempo récord.

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¿El caso del general Salvador Cienfuegos? Joya de la corona. El Departamento de Justicia de Estados Unidos presenta evidencia recabada durante seis años, mensajes de texto, llamadas, pruebas que harían llorar a cualquier fiscal. ¿La respuesta mexicana? Agarrar la bandera, ondearla bien bonito, hablar de "violación a la soberanía" y amenazar con expulsar a los agentes de la DEA. El resultado: el general regresa a México y, en un acto de justicia digno de una serie de comedia, la FGR lo exonera en tiempo récord. Porque México no se deja, ¿verdad?

Pero aquí está lo interesante. Cuando se trata de defender al general, de pedir respeto a la soberanía, el gobierno mexicano se vuelve un león rugiente. Sin embargo, cuando los ciudadanos de a pie sufren violencia, inseguridad, cuando nuestro derecho a vivir tranquilos es atropellado diariamente... ahí el discurso de la soberanía se diluye como un tamal en atole.

La misma soberanía que esgrime el gobierno para proteger a los suyos no sirve para garantizar que no te asalten en la calle, que no desaparezcan familiares, que la policía no sea cómplice de los mismos criminales que el gobierno dice combatir. Para eso, la soberanía es un concepto demasiado abstracto. Mejor nos dan conferencias sobre cómo la culpa es de la "guerra contra el narcotráfico" iniciada por Calderón.

Y entonces aparece el discurso oficial: "México debe defender sus instituciones frente a las injerencias extranjeras". Y uno se queda pensando: ¿defenderlas? ¿De quién? ¿De los gringos que señalan corruptos, o de los mismos mexicanos que hemos visto cómo esas instituciones fallan una y otra vez? Porque con todo respeto, señora presidenta, pero las instituciones mexicanas no necesitan que las defendamos de la DEA; necesitan que las defiendan de los propios funcionarios que las usan como botín político. Pero bueno, supongo que suena más patriótico decir "defendamos la soberanía" que decir "defendamos la corrupción institucionalizada".

La pregunta es simple: ¿para qué sirve realmente la soberanía en el discurso oficial? Parece que principalmente para:

Evitar que la DEA investigue a militares corruptos o desviar la atención de la impunidad reinante o presentarse como defensores de la patria ante la comunidad internacional o solo darle un uso retórico político para movilizar a las bases.

Según la presidenta Claudia Sheinbaum, la política exterior de México se guía por "el respeto, la autodeterminación de los pueblos y el diálogo como único camino". Suena bonito. Lástima que esa misma filosofía no se aplique para resolver los problemas de seguridad interna que nos aquejan como sociedad. Parece que el diálogo es para los gringos y los abrazos para los delincuentes, pero para la ciudadanía que exige justicia, ahí sí: silencio o "están del otro lado".

Y aquí llegamos al meollo del asunto: cada vez que el gobierno nos pide "defender nuestras instituciones de las injerencias internacionales", me imagino la escena: un grupo de mexicanos normales, con sus quesadillas sin queso en una mano y la bandera en la otra, saliendo a la calle a impedir que los agentes de la DEA hagan su trabajo. Porque claro, el ciudadano promedio tiene tanto tiempo libre y tanta confianza en sus instituciones que su principal preocupación es que los gringos no investiguen a personajes que probablemente nunca han pisado su colonia.

Perdónenme si no me emociono. Mientras a nosotros nos piden que nos "envolvamos en la bandera" para defender al gobierno de críticas externas, nuestros derechos fundamentales siguen siendo vulnerados por el mismo gobierno que ahora nos pide patriotismo. ¿Qué hay de soberano en que no puedas caminar tranquilo por tu calle? ¿Qué hay de soberano en que los desaparecidos sigan sin aparecer? ¿Qué hay de soberano en que los feminicidios sigan impunes?

La soberanía, según el manual de la 4T, es un concepto de exportación: se usa para afuera, para dar la cara ante la comunidad internacional. Pero adentro, en el territorio que dicen defender, la soberanía es un lujo que no alcanza para todos. Es como tener una casa con una fachada preciosa, pero adentro las tuberías están podridas, los cimientos se caen y el techo gotea. Y cuando el vecino señala que hay goteras, en lugar de arreglarlas, le gritamos que no se meta en nuestra casa. Brilliante estrategia.

La soberanía mexicana, según el gobierno actual, es un traje a la medida: se usa cuando conviene para proteger a los poderosos y se guarda en el armario cuando los ciudadanos necesitamos que realmente nos defiendan. Es la excusa perfecta para no dejar que nadie externo investigue, mientras internamente las investigaciones son una farsa.

Quizás la soberanía debería empezar por garantizar que los mexicanos podamos caminar tranquilos por nuestra propia tierra, en lugar de ser una carta de protección para una élite corrupta. Pero bueno, eso no vende, no da votos y no suena tan bien en un discurso. Así que seguirán usando la palabra mientras nosotros seguimos preguntándonos: ¿soberanía para quién?

Porque al final del día, cuando el gobierno nos pide que defendamos la soberanía, lo que realmente está pidiendo es que defendamos su impunidad. Y perdónenme, pero yo no pienso envolverme en la bandera para tapar sus vergüenzas. Ya bastante tenemos con la inseguridad, la inflación y la falta de medicinas como para además tener que hacerle el papel de "patriotas de guardia" a funcionarios que, irónicamente, son los primeros en violar la soberanía de los mexicanos: la de vivir en paz.

Así que la próxima vez que escuches a la presidenta hablar de soberanía, pregúntate: ¿estará defendiendo a México, o defendiendo a los suyos? La respuesta, como casi todo en este país, probablemente te decepcione. Pero hey, al menos podemos reírnos de lo absurdo del asunto mientras pedimos otro café y vemos cómo se desarrolla el próximo capítulo de esta telenovela llamada "México: donde la soberanía es para los amigos y la inseguridad para los demás".

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