Sábado, 8 De Agosto De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El micrófono no es un pasaporte para la insensibilidad

Ética de funcionario público: el micrófono no es para hacer bromas denigrantes

Mario Arturo Méndez Brito

Maestro en Mercadotecnia con más de 45 años de experiencia en marketing, comunicación e imagen pública. Autor de Usar en Caso de EmergencIA y creador del podcast Marketing que Conecta, comparte análisis y estrategias para fortalecer marcas, empresas y líderes.

Sábado, Agosto 8, 2026

En el vertiginoso mundo de la comunicación política, donde la atención del electorado se disputa en un mercado digital saturado por miles de voces, el micrófono y la cámara se han convertido en herramientas de doble filo. Para un funcionario público, cada intervención no es un simple acto de habla; es una declaración de principios, un posicionamiento de marca y un reflejo de la calidad ética de su gestión. El reciente y desafortunado incidente del podcast "Descasadas", donde diputadas en funciones se mofaron de los adultos mayores con comentarios como "huelen a baúl del recuerdo", no es una anécdota menor, sino un caso de estudio sobre lo que no debe hacerse.

El principio fundamental de la ética de un funcionario público con acceso a un medio de difusión masiva es la responsabilidad intrínseca. No se trata de censura ni de perder la libertad de expresión, sino de entender que la investidura pública otorga un peso específico a cada palabra. En el mercado mediático actual, la tentación de buscar el "clic" fácil o la viralidad efímera es enorme. Sin embargo, un mercadólogo político con visión de largo plazo sabe que el capital más valioso no son los likes o los seguidores, sino la confianza y el respeto de la ciudadanía. Como se ha debatido en otros contextos, la calidad de los contenidos publicados debe ser una obligación ética para quienes tienen el oficio de divulgar información, especialmente cuando se tiene una posición de liderazgo en el tráfico de contenidos.

Más artículos del autor

El caso de "Descasadas" es paradigmático de cómo una estrategia de comunicación mal entendida puede dinamitar una carrera política. La búsqueda de un tono "desenfadado" o "humorístico" para conectar con audiencias jóvenes, imitando el formato de los influencers, chocó de frente con la realidad de su rol como servidores públicos. El comentario sobre los adultos mayores, un sector de la población que merece un trato digno y respetuoso, no fue un simple error de expresión; fue una revelación de una profunda falta de sensibilidad. En un mercado saturado, donde el contenido ofensivo puede generar un pico de atención, el costo reputacional a medio y largo plazo es devastador. La sociedad, y en particular los grupos vulnerables, no olvidan ni perdonan fácilmente el agravio disfrazado de broma.

El error más grande: confundir el entretenimiento con la función pública

Aquí es donde debo detenerme y subrayar con mayúsculas lo que considero el error más grave que puede cometer un funcionario público en la era digital: querer hacerse el gracioso, realizar acciones fuera de contexto o incurrir en actos que nada tienen que ver con su actividad como servidor público, todo con la única y desesperada finalidad de ganar seguidores en redes sociales.

Este es el pecado capital del marketing político mal entendido. Muchos funcionarios caen en la trampa de creer que, para ser relevantes en un mercado saturado de influencers, deben competir en su mismo terreno: el del escándalo, la ocurrencia, el chiste fácil o la polémica estéril. Piensan que un clip viral los hará inolvidables y que esa notoriedad efímera se traducirá automáticamente en votos. Nada más alejado de la realidad.

La función de un servidor público no es entretener; es servir. Su micrófono no es un instrumento de comedia, sino una herramienta de rendición de cuentas, de propuesta y de cercanía genuina con la ciudadanía. Cuando un funcionario abandona su agenda legislativa, social o administrativa para convertirse en un "influencer de pacotilla" que busca la risa fácil a costa de terceros, traiciona su juramento y la confianza de quienes lo eligieron.

El caso de "Descasadas" es el ejemplo perfecto de este desatino. En lugar de utilizar su visibilidad para hablar de políticas públicas para el adulto mayor, de iniciativas de salud o de inclusión, cuatro diputadas decidieron que lo más rentable era hacer un chiste denigrante sobre un sector de la población que, precisamente, debería ser una de sus prioridades de atención. El resultado no fue una ola de simpatía, sino una avalancha de rechazo que canceló el proyecto, dañó su imagen pública y puso en entredicho su capacidad para ejercer el cargo.

Y es que, desde la óptica del marketing político, el error es doble. Primero, porque se subestima al electorado: la ciudadanía no es tonta, y distingue perfectamente cuándo un funcionario está trabajando y cuándo está haciendo un "numerito" para ganar likes. Segundo, porque se olvida que la política no es un concurso de popularidad instantánea; es una construcción de largo aliento basada en la coherencia, la credibilidad y el resultado. Los seguidores que se ganan a través del chiste barato o la controversia no se convierten en votantes duros; se evaporan tan rápido como llegaron, y dejan tras de sí un reguero de desprestigio que tarda años en limpiarse.

La lección para cualquier funcionario público es clara: el micrófono no es un pasaporte para la insensibilidad, y la búsqueda de seguidores nunca debe estar por encima del respeto a la dignidad humana. El verdadero liderazgo no se construye con ocurrencias, sino con hechos. No con bromas, sino con políticas públicas. No con espectáculo, sino con servicio.

Para un experto en marketing político, la lección es contundente: la autenticidad no debe ser sinónimo de vulgaridad, y la cercanía no puede confundirse con la falta de respeto. La "broma" sobre el olor de los ancianos, replicada viralmente, fue un ejercicio de "marketing de choque" que salió terriblemente mal. La estrategia correcta no es intentar ganar seguidores a costa de un sector de la población, sino construir una narrativa que demuestre empatía y compromiso real con todas las causas. Es cierto que las palabras pueden ser sacadas de contexto, pero en la era digital, la responsabilidad recae en el emisor para asegurarse de que su mensaje sea claro y ético desde el origen. La disculpa posterior, argumentando una "descontextualización", resulta insuficiente cuando el daño ya está hecho y la percepción de la ciudadanía está formada.

Por último, es crucial entender que la base del voto duro no se construye sobre la controversia estéril, sino sobre la coherencia y el servicio. Los seguidores que se ganan a través del escándalo son efímeros y no se traducen en votantes leales. Un funcionario que utiliza su micrófono para denigrar a un grupo de personas traiciona el principio fundamental de la política: servir a todos, sin distinción. La ética en la comunicación política, por lo tanto, no es un obstáculo para la creatividad, sino un filtro que garantiza que el mensaje construya puentes en lugar de muros. Ignorar este principio, como lo demostraron las protagonistas de "Descasadas" al ver cancelado su proyecto y dañada su imagen pública, no es una opción para quien aspira a una verdadera carrera de servicio público. Ahora habrá que ver, si las personas de la tercera edad, los dirigentes del partido y las relaciones que tengan estos personajes, se les olvida y les vuelven a allanar el piso para continuar en el camino del cobro al erario y la vida fácil. Al final, la historia juzgará no por el ruido que se generó, sino por la dignidad y el respeto con que se ejerció la palabra.

Vistas: 17
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs