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OPINIÓN

Del homo videns al homo scroll, poesía en el tránsito

Homo videns. La sociedad teledirigida, se convirtió en un referente del pensamiento crítico

Abel Pérez Rojas

Poeta, comunicador y gestor de espacios de educación. Estudió Derecho (BUAP), Maestría en Formación Permanente y Doctorado en Educación. Ha impartido conferencias y cursos de posgrado en instituciones públicas y privadas. Su obra poética consta de cinco poemarios. Es fundador de Sabersinfin.com.

Domingo, Agosto 9, 2026

En 1997, Giovanni Sartori publicó Homo videns. La sociedad teledirigida, obra que se convirtió en un referente del pensamiento crítico porque, ante el inminente cambio de siglo y de milenio, puso especial énfasis en la manera en que el ser humano había dado un viraje en su forma de relacionarse con la realidad. Paulatinamente, comenzó a darle la espalda a aquello que le permitió convertirse en artífice del mundo tecnológico actual, cada vez más distante de la naturaleza que originalmente constituyó su hábitat y su entorno de desarrollo.

Sartori describe cómo las personas fueron quedando bajo la influencia de la televisión y los medios audiovisuales. De esta manera, el homo sapiens, caracterizado por su capacidad de pensar mediante conceptos abstractos, empezó a ceder su lugar al homo videns: el individuo que concedió a la imagen una supremacía sobre la palabra.

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El punto central de la tesis de la “sociedad teledirigida” consiste en que ver no equivale necesariamente a comprender. Las imágenes muestran acontecimientos, pero pocas veces explican sus causas, relaciones y consecuencias. La mirada recibe estímulos; sin embargo, solo el pensamiento puede convertirlos en conocimiento. Cuando la imagen sustituye al concepto, la realidad corre el riesgo de reducirse a aquello que puede ser visto, dejando fuera todo lo que exige reflexión, memoria e interpretación.

A casi treinta años de la publicación de aquella obra, y recién concluido el primer cuarto del siglo XXI, el escenario ha cambiado considerablemente. A la muerte de Giovanni Sartori, ocurrida en abril de 2017, siguieron la entronización de las redes sociales y la irrupción de la inteligencia artificial, cuyo avance ha demostrado que poco permanecerá igual conforme continúe su desarrollo y penetre en todos los ámbitos del acontecer humano.

A lo anterior habrá que agregar que somos una sociedad pospandémica y que buena parte de nuestras relaciones con quienes nos rodean fue modificada a partir de las medidas de confinamiento. La distancia física se compensó con una presencia digital cada vez más intensa, hasta el punto de que las pantallas dejaron de ser herramientas ocasionales para convertirse en espacios donde trabajamos, aprendemos, convivimos y construimos una parte importante de nuestra identidad.

En medio de todo esto, contamos con mayores elementos para comprender que estamos frente a situaciones impensadas hace apenas algunas décadas. No se trata solamente de una transformación tecnológica, sino de una modificación profunda de nuestra manera de percibir el tiempo, relacionarnos con los demás y estar presentes en el mundo.

Frente a ello, quiero ocuparme de algo vinculado con lo que Sartori estudió en su momento: la forma en que las personas nos relacionamos con nuestro entorno. Específicamente, quiero detenerme a reflexionar sobre aquello que nos aleja del homo sapiens, es decir, de nuestra capacidad de comprender, deliberar y construir sentido.

En marzo de este año, en Los Ángeles, California, Meta y YouTube fueron declaradas responsables de generar adicción entre menores de edad mediante estrategias orientadas a mantenerlos atrapados en un flujo interminable de contenidos, según informó El País en la nota titulada “Meta y YouTube pierden el juicio sobre la adicción de los menores a las redes sociales y son declaradas ‘negligentes’”.

De acuerdo con la misma fuente, en otro juicio similar, celebrado en Nuevo México, Estados Unidos, Meta fue condenada a pagar 375 millones de dólares por daños, al considerarse que priorizó sus beneficios económicos sobre la seguridad de los usuarios, poniendo en riesgo la salud mental de los menores.

En ese mismo sentido, varios países han implementado o preparan leyes para prohibir o restringir el acceso de los menores de edad a las redes sociales con la finalidad de proteger su salud mental.

Australia, por ejemplo, ha prohibido el uso de redes sociales a menores de dieciséis años; Francia ha establecido restricciones para quienes tienen menos de quince, mientras que China limita el tiempo diario de utilización de determinadas aplicaciones mediante la supervisión de las autoridades. Otros países, como Reino Unido, Indonesia, Malasia, Dinamarca y Eslovenia, estudian o preparan medidas semejantes.

Como puede observarse, ha crecido la preocupación por los efectos de las redes sociales en las personas. Aunque la atención se ha centrado principalmente en los menores, los adultos no estamos exentos de sus consecuencias. No se trata únicamente de los posibles daños emocionales, sino también de la manera en que nuestra capacidad de aprender, concentrarnos y retener información está siendo amenazada.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) y otros organismos internacionales han advertido en distintos foros que el uso excesivo de las redes sociales ha aumentado con el paso de los años y se relaciona con mayores índices de depresión, ideación suicida, aislamiento y soledad.

A ello se suman la constante comparación con vidas idealizadas, la pérdida de la concentración y las alteraciones de los patrones de sueño provocadas por la dependencia del desplazamiento continuo en las pantallas.

Es precisamente en el scroll —palabra inglesa que significa desplazarse o moverse a lo largo de una página— donde el consumo de contenidos de apenas unos segundos se vuelve potencialmente infinito. Mediante shorts, reels o videos de TikTok, la atención queda atrapada durante horas frente a una sucesión de clips verticales de corta duración que acumulan estímulos, pero difícilmente aportan algo significativo a nuestro desarrollo como seres pensantes.

El problema no radica únicamente en el contenido consumido, sino en la transformación de nuestra relación con el tiempo. El scroll elimina la espera, cancela el silencio y convierte cada instante de vacío en una oportunidad para recibir un nuevo estímulo. De este modo, dejamos de habitar el presente para deslizarnos sobre él. Ya no permanecemos frente a las cosas el tiempo suficiente para comprenderlas: apenas las rozamos antes de sustituirlas por otras.

En ese devenir del homo videns hacia la situación en la cual nos encontramos ahora, y emulando al gran Sartori, he concluido un poemario cuyo título tentativo es Ante el homo scroll.

Ante el homo scroll es un libro integrado por cincuenta poemas en los cuales he hecho una pausa para observar, desde la poesía, el fenómeno que está cooptando nuestra libertad, reduciendo nuestra capacidad de atención y encubriendo, una vez más, cierta forma de esclavitud bajo la apariencia de un ocio liberador y reparador.

La poesía es una forma de resistencia frente a la velocidad, porque obliga a detenerse, volver sobre las palabras y escuchar aquello cuyo origen es el silencio. Allí donde el scroll exige avanzar sin descanso, el poema propone permanecer. Allí donde la pantalla dispersa, la palabra poética intenta reunir nuevamente los fragmentos de nuestra conciencia. Mirar hacia adentro.

En próximos artículos continuaré analizando y reflexionando sobre este tema. Por ahora, y para concluir, comparto el poema Homo scroll.

Homo scroll

Un año cedió su lugar a otro,
pienso con una resignación que no es pasiva,
mientras las páginas
del calendario inexistente,
sustituido por la demarcación digital,
siguen apilándose
en la imaginación.

Siento que el tiempo me ha alcanzado.
Compruebo que del homo videns
hemos transitado
al homo scroll;
que la idiotez,
al parecer,
no conoce reversa.

Me resisto a aceptar
la inevitable pulverización.
Y me pregunto:

¿Acaso no hemos retrocedido lo suficiente
como para dar fe
de que no hay vuelta atrás
en el tobogán del devenir?

Hay días en que sospecho
que no fue el tiempo el que cambió,
sino nuestra forma de habitarlo:
ya no lo atravesamos,
lo deslizamos con el índice.

Y, sin embargo, algo insiste:
una lucidez mínima,
una grieta en la costumbre
que recuerda
que todavía es posible detenerse
y mirar sin desplazarse.

Cuando la conciencia se detiene,
el tiempo deja de empujar
y revela
si caminamos hacia la luz
o solo caíamos
con los ojos abiertos.

 

Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoeta

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