Hace unos días, durante una entrevista que me realizó desde Argentina la psicóloga y escritora Mariela Peruffo, me vi ante la necesidad de responder cómo se vive el saber infinitista entre quienes damos vida al movimiento científico y cultural fundado en octubre de 2006. No era una pregunta menor. Veinte años de dinamia, diálogo y ejercicio intelectual han propiciado una experiencia colectiva que el doctor en letras Miguel Ángel Martínez Barradas ha documentado y sistematizado en el Manifiesto del Saber Infinitista.
La pregunta me obligó a mirar aquello que, por cotidiano, algunas veces se vuelve imperceptible. Me llevó a reconocer elementos que vale la pena repensar, sobre todo para quienes han asumido el autodidactismo personal y colectivo como forma de vida. Aprender permanentemente no consiste solo en acumular datos o lecturas, sino en transformar la manera de habitar el mundo y comprendernos plenamente.
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Cuando se construye un entorno cimentado en la educación permanente y se reconocen los beneficios de un contexto donde todos aprendemos de todos, el conocimiento deja de ser un objeto exterior. Se convierte en atmósfera, alimento y vínculo. Comprendemos que nuestro futuro es compartido y se fragua colectivamente día con día mediante decisiones, conversaciones, afectos y proyectos comunes. Tales principios conforman un hábitat inmaterial que repercute en las condiciones concretas de vida.
Este hábitat tiene como centro la convivencia sustentada en el aprendizaje y el desaprendizaje conscientes. Aprender exige apertura; desaprender requiere humildad para revisar prejuicios, certezas heredadas y relaciones que ya no contribuyen al bien común. Desde la filosofía de la educación permanente, toda edad es fecunda para esa transformación. Nadie queda concluido: la persona es posibilidad mientras conserva la capacidad de interrogarse y modificar responsablemente su manera de estar con otros.
Por ello, la educación permanente no puede reducirse a capacitación o actualización profesional. Es una concepción integral de la existencia que reconoce como educativos a la familia, el barrio, el trabajo, la conversación, el arte y hasta el conflicto, cuando sabemos procesarlo con dignidad. La vida entera se convierte en espacio formativo, y cada persona puede ser aprendiz y acompañante del aprendizaje ajeno.
En ese punto aparece la cultura de paz, no como adorno discursivo ni como ausencia de violencia, sino como práctica ética orientada a la dignidad, la justicia, la cooperación y el cuidado. La paz también se aprende. Requiere empatía, participación y mecanismos para transformar los conflictos sin destruir al otro. Un hábitat educativo inspirado en ella no elimina las diferencias: enseña a convivir con ellas y a convertir el desacuerdo en oportunidad de crecimiento.
Ciertamente, hay una inspiración utópica en todo esto. Pero la utopía no es una fantasía evasiva. Es horizonte crítico: permite comparar lo que somos con lo que podríamos ser y nos impide aceptar la injusticia como destino. Fraternizamos en el presente con visión de futuro, conscientes de que ninguna transformación profunda ocurre de una vez y para siempre. La comunidad se renueva mediante una perseverancia compartida.
Así, con el paso del tiempo, se forma un ecosistema que rebasa el entorno inmediato. No surge por decreto; nace de la interacción entre personas, ideas, instituciones, obras y prácticas. Desde Sabersinfin, esta experiencia se ha traducido en aportaciones al ámbito académico como la Carta del barrio educador, la Proclama de educación permanente, y los Mandamientos del aprendiz del saber infinitista.
Estas formulaciones muestran que la academia alcanza mayor sentido cuando dialoga con la vida y devuelve a la sociedad conocimientos capaces de orientar prácticas. El rigor académico no debería levantar fronteras, sino ofrecer claridad conceptual, memoria crítica y herramientas de transformación. Investigar también es cuidar: nombrar problemas, reconocer saberes relegados, vincular disciplinas y servir a comunidades específicas. La universidad no tendría que concebirse como recinto aislado, sino como parte de una red educativa amplia.
En la conversación con Peruffo recurrí a la imagen del pez en el agua. Para quienes vivimos el saber infinitista —y para quienes habitan la educación permanente—, el saber es el agua sin la cual no podríamos vivir. Sin embargo, el pez no siempre advierte el agua que lo sostiene. También nosotros necesitamos hacer consciente nuestro ambiente intelectual y afectivo para cuidarlo, oxigenarlo y evitar que se estanque.
En ese contexto, la poesía cobra otro sentido. Para quienes asumimos la educación permanente como filosofía de vida, es una vía privilegiada de vinculación con la realidad. No nos aleja del mundo: nos devuelve a él con una percepción renovada. Al alterar las relaciones entre las palabras, desautomatiza la mirada, cuestiona el pensamiento estandarizado y abre paso a la imaginación crítica.
La poesía educa sin dictar lecciones ni encerrarnos en aulas. Nos dispone a escuchar lo que suele quedar fuera de los discursos dominantes: la fragilidad, el asombro, la pérdida, el deseo, la injusticia y la esperanza. Su ambigüedad no es falta de rigor, sino una forma distinta de conocimiento que admite la complejidad humana y descontractura el andamiaje que ata nuestra visión al pasado. Allí donde el lenguaje técnico delimita, el poético relaciona; donde la costumbre anestesia, el poema despierta.
Quizá vivir el saber infinitista sea eso: reconocer que aprendemos dentro de una trama que nos precede; cuidar el hábitat humano que hace posible el conocimiento; convertir la convivencia en ejercicio de paz, y permitir que la poesía mantenga abiertas las ventanas de la conciencia. Somos peces en un agua hecha de preguntas. Mientras circule, aprender será una manera de respirar y de construir, con otros, un porvenir compartido.
Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoeta