La Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) presentó recientemente su Informe de Resultados 2025 bajo el lema “Seamos hogar para quienes no pueden volver al suyo”. El organismo destacó que México se ha consolidado como el principal país receptor de solicitudes de asilo en América Latina y el octavo a nivel mundial, una posición que refleja la creciente importancia del país dentro del sistema internacional de protección.
Para ACNUR, los resultados muestran avances en la integración de personas refugiadas, el acceso al empleo y la construcción de oportunidades para quienes han encontrado en México un lugar donde rehacer sus vidas.
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Sin embargo, detrás de este reconocimiento internacional existe una realidad más compleja. Nuestro país recibe cada vez más personas solicitantes de asilo y migrantes que no pueden continuar su trayecto hacia Estados Unidos, pero enfrenta enormes limitaciones para garantizar su integración económica. Datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) indican que alrededor del 65 por ciento de las personas migrantes en situación irregular en el país no encuentra empleo. Para miles de familias, la protección internacional no siempre se traduce en acceso efectivo a ingresos, vivienda o estabilidad.
La situación se ha vuelto más compleja desde el endurecimiento de las políticas migratorias estadounidenses. La cancelación de mecanismos como CBP One, las restricciones al asilo y los acuerdos con terceros países han reducido las posibilidades de movilidad hacia el norte y aumentado la permanencia de población migrante en territorio mexicano.
En los hechos, México ha dejado de ser únicamente un país de tránsito para convertirse en un espacio de espera prolongada, donde miles de personas deben reconstruir proyectos de vida sin contar necesariamente con las condiciones materiales para hacerlo.
Esta transformación forma parte de un proceso más amplio de externalización fronteriza. Desde hace varios años, los países del Norte global han trasladado hacia naciones de tránsito una parte creciente de las responsabilidades asociadas al control migratorio, la recepción de solicitantes de asilo y la protección humanitaria.
México constituye uno de los ejemplos más claros de esta tendencia. Mientras Estados Unidos reduce la llegada de migrantes a su territorio, una parte significativa de los costos sociales, económicos y humanitarios permanece del lado sur de la frontera.
La misma lógica comienza a consolidarse en otras regiones. Recientemente, el Parlamento Europeo respaldó reformas que facilitan las deportaciones y permiten avanzar hacia mecanismos de retorno mediante acuerdos con terceros países fuera del territorio europeo. El mensaje es claro: la protección internacional continúa siendo un compromiso discursivo, pero la gestión cotidiana de la movilidad humana se desplaza cada vez más hacia países periféricos encargados de contener, recibir y administrar poblaciones migrantes.
Estados Unidos también ha profundizado esta estrategia mediante acuerdos con terceros países para recibir personas deportadas, incluso en casos que involucran solicitantes de asilo. La lógica que subyace a estas medidas consiste en alejar la gestión migratoria de las fronteras de los países receptores y transferirla a territorios que cuentan con menores recursos institucionales y financieros.
Se trata de una reconfiguración de la gobernanza migratoria global en la que la movilidad humana es administrada a distancia, mientras los costos son absorbidos por otros Estados.
En este contexto, el reconocimiento que ACNUR otorga a México merece una reflexión más profunda. Convertirse en un país refugio puede ser motivo de orgullo, pero también implica responsabilidades enormes. La pregunta es quién financiará esa tarea en un escenario donde los recursos humanitarios internacionales disminuyen y donde las oportunidades laborales siguen siendo insuficientes para miles de personas migrantes.
México no puede convertirse indefinidamente en la sala de espera del Norte global. La solidaridad es indispensable, pero difícilmente puede sostenerse cuando la protección internacional llega sin los recursos necesarios para hacerla viable.
Los propios datos de ACNUR muestran la magnitud del cambio que vive México. Durante 2025, más de 70 mil 500 personas solicitaron asilo en el país, una cifra ligeramente inferior a las 80 mil registradas en 2024, pero que mantiene a México entre los principales receptores de protección internacional en el mundo. Más significativo aún es que, por primera vez, México fue señalado como el principal país de destino por el 55 por ciento de las personas entrevistadas por ACNUR, superando a Estados Unidos, que fue mencionado por el 41 por ciento.
El dato refleja una transformación profunda de las dinámicas migratorias regionales: México ya no es únicamente un territorio de tránsito hacia el norte, sino un país donde cada vez más personas buscan establecerse. No obstante, esta reconfiguración ocurre en un contexto marcado por la escasez de empleo, la precariedad laboral y la reducción de recursos destinados a la atención humanitaria, lo que plantea serios desafíos para la integración efectiva de quienes han decidido quedarse.
Referencia
Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). (2026). Informe de resultados 2025. Seamos hogar para quienes no pueden volver al suyo. ACNUR. Informe de resultados 2025. Seamos hogar para quienes no pueden volver al suyo