Miércoles, 24 De Junio De 2026 | Puebla

OPINIÓN

¿El algoritmo nos robó el futbol?

El futbol distrae a las masas o las plataformas digitales han encontrado un negocio más rentable

Cintia Fernández Vázquez

Maestra en Calidad de la Educación por la UDLAP, ingeniera industrial y coach humanista y organizacional por la Ibero Puebla. Actualmente es académica de tiempo en la Coordinación de Educación Virtual de la Dirección de Innovación e Internacionalización Educativa. Ha impartido materias como Innovación Tecnológica

Miércoles, Junio 24, 2026

Mi papá disfrutaba mucho del futbol. Cuando la enfermedad limitó su movilidad y la edad debilitó parte de su vista y su oído, todavía podía pasar largas tardes siguiendo torneos, alineaciones y resultados.

Era una imagen curiosa. Como médico psiquiatra y polímata, había dedicado su vida al estudio y a la reflexión. Sin embargo, cuando rodaba el balón, dejaba de ser el intelectual al que toda la familia consultaba para resolver dilemas de la existencia. Durante noventa minutos simplemente quería que ganara su equipo favorito, los Panzas Verdes de León.

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Para una persona en la etapa final de su vida, el futbol era mucho más que entretenimiento. Ya no podía leer como antes, ya no podía investigar durante horas ni sostener el ritmo de trabajo intelectual que lo había acompañado durante décadas. Pero todavía podía emocionarse con un partido. Todavía podía esperar el próximo torneo.

“Cuando llegue el mundial ya no me voy a aburrir”, decía.

Mi papito murió a finales de 2025. A veces pienso que me habría gustado que viviera un año más para disfrutar del tercer Mundial celebrado en nuestro país.

Yo, en cambio, hace muchos años perdí el interés por el fenómeno futbolero. Recuerdo con claridad el momento en que ocurrió. En diciembre de 1997 veía un noticiario cuando informaron sobre la masacre de Acteal. Mujeres embarazadas, niñas, niños y personas que rezaban en una iglesia habían sido asesinadas por grupos paramilitares.

La noticia duró menos de un minuto. Después vinieron treinta minutos dedicados al futbol.

Mientras los conductores comentaban alineaciones, resultados y fichajes, yo no podía dejar de pensar en la tragedia que acababa de escuchar. Me parecía imposible que una sociedad pudiera dedicar tanta atención al deporte mientras convivía con semejante nivel de injusticia.

Durante años pensé que el futbol funcionaba como una distracción diseñada para evitar que observáramos los problemas reales.

La violencia y la impunidad no han desaparecido y hoy no se ocultan, el entretenimiento masivo no se usaba como distracción, sino como un negocio que mantenía la atención de las personas para hacer dinero y política. Un juego de poder. El verdadero negocio siempre fue capturar nuestra atención.

En los años noventa los grandes medios lo hacían mediante espectáculos compartidos. El fu tbol era uno de ellos. Millones de personas mirando lo mismo, hablando de lo mismo y sintiendo lo mismo.

Pero los dueños del dinero y poder han descubierto que las plataformas digitales ofrecen un negocio más rentable. La alegría dura poco. La indignación dura más.

Un gol provoca unos segundos de emoción. Un escándalo político puede mantenernos atentos durante días. Una polémica genera comentarios, compartidos, enfrentamientos y horas de permanencia frente a una pantalla. El miedo, la rabia y el resentimiento producen mucho más tráfico que la celebración de un campeonato.

Por eso no creo que el algoritmo nos haya robado el futbol.

Lo que nos robó fue la capacidad de decidir con tranquilidad a qué prestamos atención.

Los viejos mecanismos de propaganda necesitaban distraernos de la realidad. Los nuevos necesitan mantenernos emocionalmente alterados. Ya no importa si apoyamos a un equipo, a un partido político o a una causa social. Lo importante es que sigamos conectados, reaccionando y consumiendo.

Los mismos ciudadanos que antes discutían sobre un penalti ahora pasan horas enfrentándose por una declaración presidencial, una protesta, una tragedia o una polémica viral. Las emociones cambiaron, pero la lógica permanece: capturar nuestra atención para convertirla en negocio, en dinero y en poder.

Mientras escribo estas líneas, México vive la fiebre del Mundial de 2026. Sin embargo, el futbol ya no ocupa el lugar central que ocupó durante décadas. Ahora compite contra un flujo infinito de noticias, escándalos, confrontaciones y contenidos diseñados para provocar reacciones inmediatas.

Quizá por eso me cuesta encontrar el futbol que tanto disfrutaba mi padre. No porque haya desaparecido, sino porque quedó sepultado bajo una economía digital que descubrió que la indignación es más rentable que la alegría.

Mi padre habría disfrutado enormemente esta discusión y seguramente hubiéramos pasado un buen rato después de los partidos tratando de responder a este cuestionamiento: ¿cuál será el impacto social de la instrumentalización del miedo, la rabia y el conflicto que se utilizan hoy para gobernar nuestra atención?

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