Los humanos proyectan dos sombras. Una íntima, de tono negro generalmente, que acompaña al individuo toda su vida. Es fidelísima, está siempre junto a él, desde que nace hasta la muerte. Sólo se esfuma en la oscuridad, cuando el hombre duerme.
La otra es polícroma. Es tan externa como el hombre lo decide. Si el sujeto tiene vida pública por voluntad propia, ahí va la sombra. Se proyecta en la calle, en los actos abiertos, en los medios, en los acontecimientos donde el dueño se mueve. El responsable de esa sombra la construye con su conducta y así la proyecta.
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Su dueño determina si esa silueta que lo acompaña es discreta, prudente, o visible hasta el exceso, ostentosa.
Recientemente personajes poblanos han celebrado cumpleaños y por voluntad propia o sin ella, su sombra ha tenido proyección con diferentes tonos. El Arzobispo don Víctor Sánchez Espinosa cumplió 76 años y celebró dos acontecimientos más, cincuenta años como pastor de la grey católica poblana y llegó a los 75 en la condición que la norma eclesiástica marca el retiro.
Hizo un balance equilibrado, festivo pero dentro de los cánones que marca la propia iglesia. Compartió la mesa con varios miles de feligreses y jerarcas católicos, más un considerable número de invitados de todos los sectores, respuesta natural en razón a su estilo, un hombre respetuoso, prudente, sociable y con una vida intensa en toda la entidad todo el tiempo.
Invariablemente ha dado muestras de sensatez y tolerancia, equilibrio y sensibilidad al abordar todos los temas sociales con expresiones ponderadas y sabias. La proyección de una imagen encomiable dentro y fuera de Puebla se pone de relieve, porque no han tenido ese cuidadoso atributo todos sus antecesores, justo es reconocerlo.
El exgobernador Melquiades Morales cumplió 84 años y lo hizo “al estilo Melquiades”, en el marco familiar. La coincidencia hizo que la fecha se empalmara con el desayuno mensual que celebra cada mes con un selecto número de sus excolaboradores. En estos días hizo referencia al valor de la amistad, esa cualidad que hay que cuidar de modo permanente. Y él comulga con lo que predica.
En otro momento se refirió al juicio del tiempo e hizo una especie de alegoría sobre la calificación de la gente hacia los gobernantes que han pasado. Con esa modestia que le es propia se puso una calificación media aprobatoria, pero señaló algo más, aludió a la prueba de la calle, la más dura para los hombres públicos, y dijo que le consta que puede transitar por cualquier rincón de Puebla sin recibir ofensa alguna, y en cambio sí muchos saludos de la gente con la que se cruza.
Otra figura pública, Manuel Bartlett, cumplió recientemente noventa años y celebró un par de reuniones festivas con tal motivo. Sin embargo, aquí la sombra pública le jugó una mala pasada.
En esos días, el reportero Luis Carlos Rodríguez publicó en primera plana de El Universal una nota sumamente negativa. Dio cuenta de que un hijastro de Manuel Bartlett, Julio Antonio de Regil Abdala, ha realizado operaciones de ventas por más de 8 mil millones de pesos, como proveedor de diferentes entidades públicas gubernamentales.
En el imaginario popular es sumamente difícil imaginar que un empresario común alcanzara operaciones tan exitosas sin el parentesco del poderosísimo exdirector de Pemex.
Pero ahí no paró todo. Pocos días después, a principios de este junio, un nuevo cubo de agua fría salpicó escandalosamente la imagen pública de don Manuel: un ciudadano lo grabó y exhibió un video, en el que el exgobernador viajaba en ostentosa primera clase de un avión en un acto de recreo, cuando todavía ondea en su currrículum la bandera de la austeridad republicana del gobierno al que sirvió en posición conspicua.
La imagen circuló profusamente en las redes con una cauda de denuestos de todos los tonos.
Lo dicho, el hombre es dueño de su imagen pública y él decide si la cuida con decoro y dignidad o por decisión propia la saca a pasear y la coloca ante el juicio de la gente.
Se ha dicho reiteradamente. Los actos de la vida privada se quedan entre cuatro paredes y cada quién es dueño y señor de ese ámbito en el que puede hacer todo lo que le indique su regalada gana.
Ah, pero si por decisión espontánea esas actividades trascienden los muros del acontecer íntimo, el dueño de esa imagen se atiene a las consecuencias. En el argot periodístico existe una conseja popular tan elemental como cierta: “Si no quieres que se publique, no lo hagas”. Así de fácil.