Lunes, 22 De Junio De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Maku

De esta manera, gracias a Taru y Maku, dio inicio el más grande y bello vínculo del mundo

Ignacio Esquivel Valdez

Ingeniero en computación UNAM. Aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Escribe relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas

Domingo, Junio 21, 2026

Taru mordía un pedazo carne carbonizada por fuera y cruda por dentro, justo como a él le gustaba. En los últimos días la cena solo habían sido bayas y raíces hasta que el grupo de caza llegó con un ciervo que les había llevado todo el día perseguir hasta que el animal se fatigó y, ya desfallecido, se había entregado a la persistencia.

Expulsada el hambre del estómago, el sueño tomó turno para apoderarse de Taru y se quedó dormido recargado en la pierna de su madre quien más tarde lo llevó al interior de una de las dos chozas hecha con huesos y pieles de mamut donde parte de la tribu pernoctaría.

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Como todas las noches, pasadas unas cuatro horas, todo mundo despertó, habría que atizar el fuego y escuchar las charlas de los ancianos. Taru fue el encargado de acercar algunos troncos a la fogata exterior. De inmediato el fuego se avivó dejando entrever pares de ojos al acecho. Taru corrió hacia su choza donde alertó a la tribu que unos lobos se habían acercado esperando roer los sobrantes del festín de carne.

Los primeros en salir fueron los cazadores con sus lanzas de punta de piedra. A gritos y ramas encendidas ahuyentaron a los intrusos, sin embargo, en medio de las sombras había un lobo se rehusaba a participar de la huida, se quedó quieto a una cierta distancia. Los cazadores fueron implacables, al ver que no tenía intención de alejarse, se abalanzaron sobre él y las filosas piedras de las lanzas atravesaron al infortunado animal.

Al amanecer la madre de Taru le pidió que saliera a ubicar el cuerpo de la pieza obtenida en la noche para desollarla. Le dio una navaja de obsidiana y el niño salió a realizar su encomienda. Al acercarse se dio cuenta de que se trataba de una hembra y tenía acurrucados en su vientre tres lobeznos. Las reglas de la tribu indicaban que debía acabar con ellos, así que Taru se acercó con navaja en mano listo para cortar sus cuellos, pero al tomar al primero, el cachorrito mostró inocencia al lamer la mano del verdugo.

Taru se sintió conmovido con esas tres criaturas que habían perdido a su madre y ahora estaban condenados a perder la vida. No podía hacerlo. De pronto una idea se posó en su mente; cargó con ellos y los llevó a una cueva que tenía el suelo a desnivel, así no podrían salirse y él tendría oportunidad de visitarlos, pues sabía perfectamente que los de la tribu no los dejarían vivir.

Los dejó en la cueva y luego de un rato les llevó pedazos de carne, al comprender que no podrían tragarlos, se los echó a la boca, los masticó y escupió para dárselos, pues así veía que las madres hacían con los niños pequeños de la tribu. Los cachorros aceptaron la comida y la devoraron con avidez.

Pasaron varios días y Taru no se animaba a contarle a su tribu lo que guardaba en la cueva. Con el tiempo ya no tenía necesidad de masticar carne, les llevaba algunas piezas pequeñas que él mismo cazaba y dejaba que los   les abrieran el vientre con sus pequeñas fauces y comieran de sus entrañas. Ya estaban creciendo.

Una noche, habiendo cumplido casi una luna con los animalitos, el sueño de tribu se interrumpió al escuchar aullidos cerca del campamento. Los cazadores dijeron que se trataba de otra manada de lobos, pero que era raro que los aullidos sonaran tan agudos. Se internaron en la noche con lanzas y antorchas. Siguiendo las voces tristes y prolongadas   encontraron el escondite de los lobeznos. Taru, temiendo lo peor, salió a gritar que no los mataran. Se interpuso entre los cazadores y los cachorros, explicó que él los había escondido, los había cuidado y llorando pidió clemencia.

La madre de Taru se acercó al escuchar la voz de su hijo y al verlo sufrir por los animalitos, también pidió que los dejaran vivir con la condición de que, si no se adaptaban a la tribu, solo los abandonarían. Tanto Taru como los cazadores estuvieron de acuerdo.

Le pidieron a Taru que amarrara a los lobeznos por el cuello y los acercara al campamento. La cercanía de la fogata provocó distintas reacciones entre los cachorros. Uno se puso agresivo al sentir que el collar no lo dejaba huir y comenzó a morder la cuerda con ferocidad. Otro agacho las orejas, pero se reusaba a acercarse al grado de ser arrastrado mostrando mucho temor.

Finalmente, el último se aproximó al fuego sin problema, con las orejas paradas y caminado cerca de Taru. Uno de los cazadores le pidió al niño que los desatara, y los tres cachorros salieron huyendo, sin embargo, el que se había mostrado tranquilo regresó de inmediato dejando que sus hermanos se perdieran en la oscuridad. De esta forma le dijeron a Taru que se podía quedar con el animalito, siempre y cuando no causara problemas.

Además de superar la condición para permanecer en la tribu, el lobezno resultó una magnífica decisión, pues alertaba a la tribu si algún animal acechaba el campamento, podía ayudar a rastrear alguna presa herida o, incluso, llegó el momento en que él mismo cazaba conejos y los llevaba a los pies de Taru. Todos estaban tan contentos de tener al pequeño lobo por todos los servicios que prestaba, que ya pensaban en tener otros.

Era costumbre de la tribu que cuando había algún nuevo elemento, ya sea que naciera o se sumara de otras tribus, se le tenía que poner un nombre, así que le dejaron esa tarea a Taru mientras toda la tribu lo rodeaba expectante por la respuesta.

Luego de pensarlo un rato, silbó para que el lobito se acercara y acariciándolo, anunció a la tribu que el nombre sería Maku, que significa “amigo” y todos gritaron alegres dando la bienvenida al nuevo integrante.

De esta manera, gracias a Taru y Maku, dio inició el más grande y bello vínculo del mundo, la humanidad había encontrado a su mejor amigo.

 

           

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