El viernes 27 de marzo, en el Paraninfo del Edificio Carolino de la BUAP, en el marco de la 39 Feria Nacional del Libro, se presentó el libro Ética para el poder, de Humberto Sotelo Mendoza, amigo mío ya de décadas, quien me hizo el honor de invitarme a comentarlo junto con el Mtro. Alejandro Hernández Maimone, docente de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la BUAP.
Por su importancia y pertinencia, he decidido retomar esta presentación con el fin de invitar a quien revise estas líneas a leer una obra tan oportuna y como necesaria.
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El libro llega en un momento en que la Cuarta Transformación oscila entre la defensa incondicional de sus adeptos y el rechazo total de cada vez un mayor número de mexicanos; y propone leer de manera crítica lo que ocurrió con los compromisos morales que le dieron origen.
Sotelo menciona que el pueblo mexicano no votó por un cambio de régimen ni por un proyecto de izquierda en un sentido estricto; votó por los postulados morales de AMLO: “No mentir, no robar, no traicionar, primero los pobres”. Esos compromisos -argumenta el autor-, eran el vehículo de una demanda más profunda de transformación. El problema es que la dirección de Morena los redujo a discurso y los sustituyó por la lógica del poder por el poder: candidatos de los partidos tradicionales reciclados como aliados, nepotismo, nóminas doradas de partido y gobierno, silenciamiento de la crítica interna e instrumentalización del discurso de izquierda.
Sotelo no escribe como un observador externo, se asume como alguien identificado con la 4T, y es esa adscripción precisamente la que da peso a su crítica. Muestra que la izquierda se define por su conducta y no por sus proclamas, y aplica esa vara a casos concretos que el partido preferiría no discutir. Nombra con precisión el mecanismo por el que el poder dominante recicla a los adversarios históricos de la izquierda, disfrazándolos de aliados. Describe cómo la corrupción, una vez instalada casi como norma de partido, convierte la honestidad en marginalidad y aísla a sus militantes críticos.
Son argumentos que el libro sostiene con hechos comprobables y públicos, no con la retórica a la que los jilgueros de la derecha mediática nos tienen acostumbrados. Quizá el capítulo más incómodo (porque la crítica debe ser incómoda, si no es complacencia) es el que analiza el alejamiento de Morena de los movimientos sociales.
El partido nació con un consenso explícito de ser a la vez organización electoral y movimiento, con autonomía respecto al Estado. Sin embargo, el III Congreso de 2022 formalizó el abandono de esa promesa. Sotelo lo resume con una frase que vale subrayar: “Visto de otra manera: mientras el PRI agoniza como partido político, el priismo florece en Morena”. Y sentencia que “el verdadero peligro no es el escándalo visible sino el desencanto silencioso: el retiro de la gente de la vida pública cuando concluye que participar no cambia nada.”
Sotelo menciona que en Puebla el gabinete de Alejandro Armenta está poblado de hijos y operadores de funcionarios del gobierno de Mario Marín. José Luis García Parra, coordinador del gabinete, es sobrino político del exgoberandor y el propio Armenta surge de las filas del marinismo, a nivel nacional; el patrón es el mismo.
El autor nos recuerda que el cantante Sergio Mayer, de trayectoria abiertamente derechista, fue designado candidato plurinominal con el respaldo abierto de Mario Delgado. Cuando las bases protestaron, Rafael Barajas, director del Instituto de Formación Política de Morena, calificó las críticas de “una estupidez, del tamaño de una catedral” y aseguró que quienes cuestionaban al partido formaban parte de “una operación encabezada por las derechas que están infiltradas en el movimiento.”
El autor nos recuerda que frente a las protestas por la imposición de José Chedraui como candidato a presidente municipal de Puebla, Agustín Guerrero, entonces secretario del Comité Estatal de Morena, declaró que el partido “no estaba para complacer a la militancia, sino para asegurar el triunfo electoral.”
Yo agregaría algo que el libro no nombra explícitamente, pero deja entrever: invocar el peligro de la derecha resulta difícil de sostener cuando las prácticas internas del partido son indistinguibles de las que se denuncian afuera. Y que el otorgamiento de candidaturas, visto el perfil de quienes las obtienen, parece responder más a una lógica de negocios que a cualquier criterio político o ético de la izquierda.
El libro de Humberto Sotelo no responde todo lo que provoca, pero lo plantea con honestidad. Su lectura deja abiertas preguntas que su análisis provoca sin formular: ¿es posible separar al fundador de lo que legado? ¿La corrupción es una anomalía moral o una consecuencia estructural del sistema? ¿Puede un partido que necesita del Estado para sobrevivir y de las élites para financiarse producir genuinamente una regeneración moral?