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OPINIÓN

Trump ajusta discurso migratorio ante desgaste

Comienzan a aplicar una política migratoria con mayor cuidado comunicativo

Norma Angélica Cuéllar

Investigadora y periodista mexicana. Actualmente realiza una estancia de investigación posdoctoral en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP. Tiene publicaciones sobre migración y política en revistas especializadas y en diarios nacionales. Sus temas de investigación son migración, religión y política nacional.

 
 

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Miércoles, Marzo 11, 2026

En medio de un contexto político cada vez más adverso para su administración y con las elecciones legislativas de noviembre en el horizonte —donde el trumpismo enfrenta el riesgo real de perder posiciones— el presidente estadounidense Donald Trump comenzó a modificar el tono de su discurso público sobre migración y política hemisférica.

El cambio se produjo tras la destitución de la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, cuestionada en el Congreso por los operativos violentos de ICE, y su reemplazo por el senador republicano Markwayne Mullin. Aunque Noem no salió del gobierno, fue desplazada a un nuevo cargo como enviada especial para el llamado “Escudo de las Américas”, una iniciativa de seguridad regional impulsada desde Washington.

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El reajuste en el gabinete no es un gesto menor. Se trata del primer movimiento importante dentro del equipo de gobierno durante el segundo mandato de Trump y ocurre después de semanas de críticas bipartidistas al manejo de las agencias migratorias. Operativos del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) terminaron con la muerte de civiles en Minneapolis, detonando cuestionamientos en el Capitolio y obligando a la Casa Blanca a recalibrar su narrativa pública en torno a la política migratoria y de seguridad interior.

En paralelo, desde la propia Casa Blanca comenzó a delinearse un cambio discursivo que evidencia el nerviosismo electoral del oficialismo. El subjefe de gabinete, James Blair, pidió a los legisladores republicanos abandonar la retórica de las “deportaciones masivas” y concentrarse en la expulsión de “criminales violentos”, una reformulación estratégica que busca suavizar la imagen de la política migratoria frente a sectores moderados del electorado.

Este viraje retórico revela una paradoja central del trumpismo contemporáneo. Durante años, la demonización de los migrantes fue el combustible político que movilizó a su base electoral.

Sin embargo, cuando la radicalización comienza a producir desgaste institucional, protestas y cuestionamientos dentro del propio Congreso, la estrategia se comenzó a transformar. La agenda permanece, pero el lenguaje se modula. El odio deja de proclamarse abiertamente para convertirse en una política administrada con mayor cuidado comunicativo.

El cambio de tono contrasta, sin embargo, con las formas profundamente ofensivas que el presidente estadounidense continúa utilizando hacia otros líderes del continente. Durante la cumbre del llamado “Escudo de las Américas” en Florida, Trump volvió a referirse a la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum con comentarios que combinan paternalismo, burla y descalificación política.

Tras afirmar que México es el “epicentro de la violencia de los cárteles”, el mandatario aseguró que estos “gobiernan el país” y relató públicamente una supuesta conversación en la que ofreció “erradicarlos”, imitando la voz de la presidenta mexicana para ridiculizar su negativa.

En ese mismo evento, Trump elogió a Sheinbaum como “una muy buena persona” con “una voz hermosa” y “una mujer hermosa”, comentarios que lejos de constituir un gesto diplomático reprodujeron un tono marcadamente sexista. Posteriormente caricaturizó la conversación diciendo: “Presidente, presidente, presidente… no, no, por favor presidente”, aludiendo a la negativa mexicana de permitir operaciones militares estadounidenses en su territorio.

Estas declaraciones no son simplemente exabruptos personales. Forman parte de una narrativa geopolítica más amplia que busca justificar la creciente militarización de la política hemisférica de Estados Unidos. En esa narrativa, México aparece simultáneamente como aliado subordinado y como problema estructural: un territorio donde, según la retórica trumpista, los cárteles controlan el Estado y por tanto legitiman intervenciones externas.

Desde una perspectiva latinoamericana, las afirmaciones resultan particularmente graves. No sólo implican una descalificación directa a la soberanía mexicana, sino que reproducen un patrón histórico en el que Washington construye discursos de seguridad para legitimar su injerencia regional. Bajo esa lógica, el combate al narcotráfico funciona como una coartada geopolítica para expandir la presencia militar y redefinir las jerarquías del hemisferio.

La aparente moderación del discurso migratorio en Estados Unidos no debe interpretarse, por tanto, como una rectificación ética. Más bien parece responder a un cálculo electoral ante un escenario incierto para el trumpismo en noviembre. Mientras el lenguaje se suaviza de cara al electorado, la arquitectura de contención migratoria —externalizada hacia países como México— continúa operando con la misma lógica de securitización, control territorial y producción de vulnerabilidad que ha caracterizado la política migratoria estadounidense en la última década.

Pues así las cosas con nuestro vecino del norte. La gran tragedia de México es vivir al lado del Imperio.

 

 

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