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OPINIÓN

Claridad y rarezas

La propuesta de reforma electoral y los cambios en el sistema electoral mexicano

Víctor Reynoso

Sociólogo por la UNAM, maestro en Ciencia Política por la FLACSO y doctor en Ciencias Sociales por El Colegio de México. Profesor jubilado de la UDLAP. Sus líneas de trabajo como investigador son sistemas electorales y sistemas de partidos en México, democracia y cultura política. Autor de diversos libros y artículos especializados.

Lunes, Marzo 9, 2026

Algunas cosas claras y otras extrañas se encuentran en la propuesta de reforma electoral dada a conocer por comisiones de la Cámara de Diputados el pasado viernes 5 de marzo.

Una cosa clara es el regreso al pasado previo a 1988, en un sentido específico. Luis Medina Peña dividió las reformas electorales en México en dos periodos. Las realizadas antes de 1988 considera que reformas fueron “otorgadas”: el partido en poder decidía en lo esencial el sentido de la reforma, y la oposición no tenía más opción que aceptarla (o ejercer el derecho de los ahorcados: el pataleo).

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Después del 88, empezando en la reforma iniciada en 1989, Medina Peña considera que los cambios en las leyes electorales fueron “negociados”: el partido en el poder no los pudo imponer, los tuvo que negociar.

Regresamos pues a las reformas “otorgadas” (término, ciertamente, suave y diplomático, para algo que más bien fue impuesto). El partido en el poder no negoció ni siquiera con sus aliados. Un regreso al pasado que los autores de la reforma sin duda negarán, pero que es de las cosas más claras de la propuesta actual.

Otra cuestión clara es que el nuevo sistema electoral premiará notablemente al partido más grande. Si Morena lo sigue siendo (muy probable en 2027, no tanto en las siguientes elecciones) tendrá una mayoría muy cómoda.

Si los resultados del 2027 fueran similares a los de 2024 tendría mayoría en ambas cámaras, sin mayor problema. Ganó la mayoría de los estados y distritos. Y fue segundo en muchos otros. La nueva legislación premiaría tanto sus triunfos como sus segundos lugares.

Castigaría a los partidos que ni ganaron ni fueron “el mejor perdedor” (segundo lugar) en ningún distrito (para diputados) y en ningún estado (para senadores).

Con esto, otra cosa clarísima, el sistema electoral mexicano se alejaría notablemente del ideal de una representación “pura”: que el porcentaje de legisladores sea el mismo que el de los votos recibidos por su partido.

Lo raro es que Morena se deshaga de sus aliados, el PT y el PVEM. Ciertamente son aliados incómodos.

Aunque pocos ciudadanos lo sepan, el PT está inspirado en Corea del Norte y fue impulsado por los hermanos Salinas de Gortari en los años noventa para mermar la fuerza de la izquierda independiente. En 2015 estuvo a punto de perder el registro al no obtener el umbral de 3% de los votos. Lo salvó el oxígeno electoral que desde Los Pinos se le envió en una elección extraordinaria.

Del PVEM se dice que es el partido de las cuatro mentiras: ni partido, ni verde, ni ecologista ni de México. Es una crítica exagerada: dejemos las mentiras en dos: verde y ecologista. Es además un campeón del pragmatismo, o más bien del oportunismo: se ha aliado al PAN, al PRI y a Morena, con un solo criterio al parecer: que tuvieran buenas probabilidades de ganar.

Otra cuestión rara, por novedosa, es que la dinámica de esta propuesta rompe con las del sexenio anterior. Entonces las iniciativas presidenciales llegaban a las cámaras con la consigna “no le cambien ni una coma”. Ahora cambiaron muchas cosas. La descafeinaron.

Queda por ver si la reforma se aprueba. Si es así, confirmaremos el regreso al México anterior a 1988. Si no, tendremos que nuestros políticos en el poder nos ofrecen, una vez más, una interesante oportunidad para reflexionar sobre sus acciones.

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