Asistíamos desde hacía varias semanas a un espectáculo producido en vivo y a todo color por la corrupción manifiesta de varios de los más eminentes personeros de la 4T: Adán Augusto López y su barredora; Andy, Bobby y su clan; el exsecretario de Marina y sus sobrinos; Monreal y sus viajes; Noroña y sus excesos; Mario Delgado y el huachicol fiscal; Jesús Ramírez; Julio Scherer, y sígale el lector con los que se acuerde.
En esas estábamos cuando, en medio de una gira de las de fin de semana que acostumbra la Presidenta, un cuerpo especial del ejército mexicano y de la Guardia Nacional, bien coordinado con todas las instancias involucradas y con el apoyo de la inteligencia de los Estados Unidos, capturó a El Mencho, el más poderoso, cruel y sanguinario capo de todos los cárteles mexicanos.
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Herido en la balacera, fue trasladado en helicóptero para su atención hospitalaria, pero no en Guadalajara por ser territorio de él, sino hasta Morelia. Como murió en el camino, ya mejor lo bajaron del helicóptero y se lo llevaron en avión hasta la Ciudad de México.
Al transcurrir el día y conocer de la captura del capo y además las respuestas violentas del cártel en casi todo el país, así como el temor de la población derivado de las balaceras, los bloqueos carreteros, el incendio de coches, camiones, tiendas, bancos y la explosión de múltiples bombas y otros artefactos (de manera muy intensa en Guadalajara y Puerto Vallarta), los reporteros le preguntaron a la Presidenta qué pasaba. Ella se limitó a contestar: “Mañana dará la información el gabinete de seguridad”.
El operativo tuvo éxito, aunque murieron 8 elementos. Eso sí, mucho menos de los 25 que sucumbieron al día siguiente por las respuestas violentas del cártel. Sin poder aclarar todavía el número total de muertos, sabemos que pudieran rebasar los 70.
Fiel a su estilo, la Presidenta ha reiterado que seguimos con la misma estrategia de los cuatro pilares; no hay ningún cambio. Y, ante cualquier pregunta que se le hace, remite la respuesta al gabinete de seguridad, con el consabido “más tarde se ampliará la información”.
En el discurso de la Presidenta, los hechos del día 22 de febrero, que conmocionaron a todo el país, aparecen como eventos propios de la administración de la estrategia de seguridad establecida por el fundador del movimiento de transformación. Pero Presidenta, preguntan los reporteros, ¿no hay algún dispositivo para prever y contener las respuestas violentas del cártel? ¿Qué debe hacer la población? “Mañana volveremos a la normalidad”, responde; no hay de que preocuparse, el Estado demostró su fortaleza, hay plena gobernabilidad”.
-“Oiga”, le pregunta y le sugiere un reportero, “¿no sería bueno poner la bandera a media asta en señal de duelo nacional por los elementos caídos?”. “Ah”, contesta, “voy a preguntarle al Secretario de la Defensa, a ver qué le parece”.
La verdad es qué el estilo no podría ser más parco y seco, propio de una administradora y no de una Jefa de Gobierno. Menos de una estadista. Aunque sólo tratara de aparentar --como lo intenta--, su fidelidad al fundador de su movimiento podría aprovechar el desenlace exitoso para dar un mensaje de mayor altura, de consuelo a los deudos, de aliento a los soldados y guardias, de convocatoria al pueblo, aún inclusive en esa misma línea. El único momento en que se transmitió alguna emoción fue cuando al General Secretario se le quebró la voz para hacer referencia al dolor por los soldados caídos.
Y así damos la vuelta a la página. En la mañanera del 24 dijo entre otras cosas, sobre el Mundial de Futbol:
“No vemos ningún riesgo. En cuanto a los EU, ya demostramos como la cooperación sin subordinación produce muy buenos resultados. Somos el país mejor tratado por los aranceles del presidente Trump. Sigamos en lo nuestro. Por cierto, les di un día más a nuestros aliados para que se convenzan de la iniciativa de reforma electoral que ya tenemos lista y que, con o sin ellos, enviaremos a la Cámara de Diputados”.
Extraña que sean los opositores y los críticos los que ensalzan el valor y la importancia del operativo. Muchos señalan que los hechos por sí mismos hablan de un cambio radical en la estrategia de seguridad y que pudieran ser un punto de inflexión para inaugurar una nueva época de lucha contra el crimen organizado y de construcción de la paz. Pero la Presidenta –y ese también es un hecho irrefutable--, prefiere mantener el perfil de dócil cumplidora de la ideología y la política de Andrés Manuel López Obrador, su mentor.
¡Hipócritas! Llama a los que vemos los hechos de manera diferente, empezando por dejar atrás los abrazos y la impunidad para el libre crecimiento de los cárteles. ¡Fascistas! A los que soñamos en construir un Estado de derecho en plenitud. ¡Mentirosos! A los que señalamos que la democracia está retrocediendo cuando el Ejecutivo desaparece a los órganos autónomos, debilita a la sociedad civil y se apodera del legislativo, del judicial y de los demás árbitros de la contienda política y electoral. ¡Somos el país más democrático del mundo! Exclama cuando envuelta en la demagogia más extrema dice que el pueblo gobierna en el país.
Realmente llama la atención que ella y muchas personalidades brillantes en su profesión, -oficio o destreza de otras épocas-, hoy se encuentran convertidos en piezas secundarias de un movimiento fracasado en su aspiración fundamental, que era el saneamiento de la moral pública, y se vean y se desempeñen de manera tan mediocre. Da mucha tristeza ver a un David Kershenobich reducirse a la consigna del día; a un Juan Ramón de la Fuente que ya ni como florero adorna nada; a una Rosaura Ruiz disminuida al máximo en sus potencialidades, bueno, hasta a un Pablo Gómez, otrora brillante tribuno, aceptando enterrar su propio prestigio.
Como también da mucha tristeza y coraje ver encumbrarse a personajes tan siniestros e ineptos como Mario Delgado, secretario de Educación ¡carajo!, o Adán Augusto López, delincuente confeso (empezando por sus declaraciones patrimoniales y fiscales), que bien pudo llegar a la presidencia; Jesús Ramírez expuesto en su vileza y oportunismo por Scherer, o de un delirante Marx Arriaga, y agréguele el lector los que quiera.
La 4T vuelve enanos a los grandes y realiza las ambiciones de los mediocres y los pillos (como dijera Luis Rivera Terrazas, maestro de varias generaciones en Puebla). Quizá los que se han salvado de este proceso de empequeñecimiento son los que se encuentran en las tareas que les permiten crecer con ellas en su realización: Marcelo Ebrard, que por su oficio y experiencia es el más capaz para enfrentar el problema mayor de las relaciones de México, y Omar García Harfuch, quien tiene la encomienda de la política de seguridad, sin el lastre humillante de los abrazos.
Con la captura de El Mencho la Presidenta logra varios puntos a su favor. El reconocimiento irrebatible de la voluntad para enfrentar a los cárteles, la capacidad demostrada por el ejército, y la coordinación con los EE.UU., en lugar de la amenaza de su intervención directa. Fortalecida ella y disminuida la fuerza del cártel, logra también bajar, aunque sea un poco, la presión de Trump, y abre la posibilidad de ofrecer una tregua que sirva para la realización sin sobresaltos del Mundial de Futbol, a cambio de un tiempo de gracia natural que sirva al cártel para la reestructuración de sus mandos, sin la alta presión del Estado.
Recordemos que el CJNG ha diversificado sus actividades en los campos más diversos y lucrativos del crimen y se ha asociado con múltiples empresarios, además de funcionarios públicos en todos los ordenes de gobierno de la mayoría de los estados.
Ese entramado de intereses obligará a los más violentos y buscadores de venganza a plegarse al mando de la corporación central, la que, sin embargo, no podrá impedir algunas de esas expresiones, pero ante todo tiene el objetivo fundamental de su sobrevivencia y de mantener el crecimiento y la influencia que ha logrado, nacional e internacionalmente. Es de preverse, por tanto, un desenlace muy diferente a la captura por traición de El Mayo Zambada del Cártel de Sinaloa.
Esto es lo que ya no pudo decir El Mencho, pero que todos sabemos: que sus estructuras empresariales y políticas involucran desde los funcionarios más modestos hasta personajes en los más altos niveles del Estado. Quizá por ello se hizo factible llevar a cabo su detención y sin importar muerte. Mejor matar al perro y aparentar que se va a acabar la rabia, que permitir que los grandes jefes empresariales, militares y políticos, en todos los niveles, se sintieran amenazados con ser señalados y, por lo menos algunos, llegar a ser sacrificados.
Había que salvar al cártel y mantener en la impunidad a sus grandes padrinos, aún a costa de sacrificar al que una vez fue el gran capo y símbolo del cártel, bárbaro, cruel y despiadado. Que muera el padrino sanguinario para que la mafiocracia continúe.
Por supuesto que las anteriores son únicamente posibilidades abiertas, cuya probabilidad de realización depende de múltiples factores. También se abren otras posibilidades más ambiciosas, o más utópicas, como fortalecer la nueva estrategia de seguridad y construcción de la paz, mediante la captura de varios de los verdaderos jefes del entramado corrupto entre el Estado y el crimen, y se abra a la participación de todas las fuerzas políticas en el diseño y puesta en práctica de una nueva estrategia de política pública en materia de seguridad. O incluso que se convoque a la unidad democrática del pueblo mexicano para respaldar a la Presidenta y para ello se retire la iniciativa de reforma electoral y se posponga para después del 27 y se lleve a cabo por consenso.
Pero no. No cabe esperar nada de eso. De ahí el tono y el balbuceo de la Presidenta, el mantenimiento de su estilo y el sometimiento de su personalidad.
Sí, se dio un golpe espectacular al crimen, pero también se reiteró la voluntad de continuar con la polarización política y la consumación de la autocracia a la que llaman democracia popular, y que es en verdad un simple parapeto de la mafiocracia.