Domingo, 17 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La guerra fría se calienta en América

Fortalecer la soberanía con la democracia y no con la división del pueblo y amenaza a las libertades

Roberto Borja

Economista y politólogo. Ha sido profesor e investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México, Universidad Autónoma Metropolitana y de la Universidad Autónoma de Puebla. Director del suplemento Cambio de Rumbo del STUNAM y miembro del Consejo Consultivo de Save Democracy.

 
 
 
 

Miércoles, Enero 14, 2026

La segunda guerra fría, que desde hace años se abre paso en el mundo, se nos ha calentado ahora en América con la extracción (desde su recámara) del dictador de Venezuela, por un comando del ejército de los Estados Unidos.

La acción se produjo fuera de cualquier respaldo legal internacional o de los propios EE.UU. Y aunque esa es la característica de toda guerra, fría o caliente (que la fuerza decide por encima de la ley), en este caso llama la atención porque el Presidente norteamericano dijo que no reconocía ningún límite, ni en su país ni en el mundo, que no fuera su propia moral. Como gusta exclamar otro desmesurado de la Argentina: ¡Carajo!

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Un antecedente inmediato que podemos encontrar (aunque en sentido contrario), se remonta al año de 2015 cuando Rusia intervino militarmente en Siria para impedir la caída de su aliado, el dictador Bashar al-Asaad. En otras palabras, mientras que una potencia intervino para quitar al dictador, la otra lo hizo para mantenerlo (aunque ahora vive asilado en Rusia después de que finalmente fue depuesto). En ambos casos lo importante fue la defensa de los intereses y el mantenimiento del control de las zonas de influencia de las potencias.

Unos años después, el 4 de febrero de 2022, China y Rusia emitieron una declaración conjunta en la que se oponían a cualquier ampliación futura de la OTAN, así como a la influencia negativa de Estados Unidos en la región Asia-Pacífico y a su visión unilateral sobre la democracia en el ámbito internacional y afirmaban que la mayor parte de la humanidad exigía de una redistribución del poder en el mundo. Veinte días después Rusia invadió a Ucrania.

Múltiples conflictos se han vivido desde entonces, principalmente en el Medio Oriente, que involucran a Estados Unidos, China y Rusia, cuyo análisis rebasa las posibilidades de hacerlo en este artículo, pero que cabe tener en cuenta como parte del contexto más amplio en el que se producen los hechos recientes en América. Claro que el telón de fondo que más influye es el ascenso de China como segunda potencia y su guerra comercial con los EEUU.

Los intereses de Washington en Venezuela no son los de la democracia (se gobernará con el mismo régimen madurista), sino los de la doctrina Donroe, para fortalecer el control del petrodólar en la política regional y global, la extracción de los metales y otras materias primas para la carrera tecnológica; la anulación de la presencia de China, Rusia e Irán en el país y la limitación de la creciente influencia China en Sudamérica, a la par de una nueva escalada contra Cuba y de las amenazas a Colombia y México.

Ya desde septiembre de 2024, el secretario General de la ONU, Antonio Guterrez, decía que el mundo está perdiendo su capacidad de construir una gobernanza basada en el respeto y en el reconocimiento de las causas comunes de la especie. Con el triunfo de Trump en los EE. UU. el proceso se ha acelerado.

Los consensos se están haciendo pedazos. Ya no hay un terreno propicio a la construcción de enfoques comunes, ni siquiera sobre los temas de la sobrevivencia humana.  Y sobre la gobernanza mundial menos. Se está creando un terreno en el que los problemas de todos, de la especie humana misma, se han abandonado al resultado que tenga el enfrentamiento entre las potencias.

Con el segundo triunfo de Trump avanza también la oligarquía estadounidense y sus propuestas de nueva gobernanza, en los órdenes nacional y mundial, basada en la eficacia tecnológica de las corporaciones. Mucho más radical que el neoliberalismo, se propone barrer con lo que queda de los estados burocráticos y las Naciones Unidas para, en su lugar, instaurar la gestión directa de la tecnología y de un poder concentrado en un Estado sin contrapesos, capaz de hacerse cargo de remodelar un nuevo mundo, compitiendo ya no solo económica e ideológicamente, sino también militarmente, con las otras esferas de influencia.

Se ha interrumpido así el proceso de construcción de una nueva conciencia planetaria que, desde los años sesenta del siglo XX se había venido formando a causa de las catástrofes ecológicas y después con la alarma del calentamiento global. En ese ambiente, la guerra había perdido terreno como medio para la solución de conflictos y a la amenaza nuclear se le había más o menos debilitado. Con la pandemia que azotó al mundo en 2019 parecía que la nueva conciencia sobre la necesidad de una identidad universal unificada terminaría por abrirse paso.

Pero con la política agresiva de Trump se da la espalda a los retos globales. Cabe señalar, además, que la crisis del neoliberalismo, como receta universal de la globalización, ha sido acompañada por el renacimiento, en múltiples países, de viejas aspiraciones nacionalistas, fundamentalismos religiosos y liderazgos populistas de derecha e izquierda. Con ello, la democracia, el terreno que permitió el triunfo o el avance de dichas tendencias y liderazgos, ahora se ha visto reducida, pervertida o de plano amenazada para ser eliminada.

De ahí el calentamiento de la guerra. La humanidad no ha podido poner a la par de sus avances técnicos y científicos a su sabiduría ética y moral, a sus instituciones políticas y jurídicas, por lo que nuevamente pareciera volver a la barbarie. Y lo que es peor, la mayor parte de la humanidad parece estar condenada a asistir solo como observadora del enfrentamiento principal entre las potencias.

En México carecemos de una agenda propia con la cual participar. Nuestro país abandonó la política exterior desde 1918 y se le ha dirigido mediante una política que ha cultivado la división de la ciudadanía y se ha alineado en la ruta que han seguido los países autócratas y dictatoriales, y también más parecido paradójicamente al régimen que quiere instaurar Trump en los Estados Unidos.

Por ello el gobierno se refugia en el slogan de “lo que dice nuestra Constitución” (no intervención y respeto a la soberanía y la autodeterminación), a pesar de que eso no le ha impedido involucrarse en varios conflictos generando tensiones innecesarias (sobre todo en América Latina) y respecto de otros temas en los que ha preferido la ambigüedad como evasión (por ejemplo, la invasión rusa a Ucrania).

Quisiéramos esperar que la Presidenta convocara a fortalecer la soberanía nacional a partir de un viraje en la ruta seguida hasta ahora, es decir, que convocara a un diálogo político más amplio e incluyente, que cancelara el rumbo hacia la consolidación de la autocracia que solo conduce a la dictadura retirando su propuesta de reforma electoral que se encamina al mantenimiento de la coalición en el poder.

Que se pronunciara abiertamente por el respeto a la libertad de expresión y contra el acoso a los periodistas, y quizá lo más importante, que apresara a los grandes capos del crimen y sus socios corruptos en todos los niveles de gobierno, y pudiera decir de manera decidida que el Estado mexicano recuperará su soberanía sobre todo el territorio nacional mediante una política de seguridad que devolviera confianza, certidumbre y esperanza de paz.

Entonces sí veríamos a una soberanía fortalecida, capaz de ofrecer desarrollo compartido, libertad, justicia y democracia para los mexicanos, además de reconocimiento y respeto entre todas las naciones. Pero me temo que eso no sucederá y seguiremos aumentando nuestra vulnerabilidad.

Tenemos que reconocer que la democracia ha perdido mucho terreno y fuerza de liderazgo en los gobiernos y las instituciones de muchos países. Por ello, aunque por supuesto no será suficiente, la sociedad civil necesita levantar su voz y organizar la resistencia mediante el impulso a una gran alianza con las fuerzas democráticas y las sociedades civiles de Estados Unidos, Canadá y América Latina, para empezar, con el fin de crear mecanismos de solidaridad y un ambiente social y político que impida que jamás, nuevamente, un mafioso pueda gobernar a un país, trátese de Maduro en Venezuela, o peor aún, de un Trump, en el país más poderoso de la tierra.

¿Desde la alianza de las sociedades civiles será posible también impulsar una agenda para las causas de la humanidad entera, a saber, no a la guerra, el hambre y la desigualdad, cambio climático, gestión ética y en común de la innovación tecnológica, gobernanza mundial, entre otras?

Por supuesto que faltarían los elementos de poder. Pero quizá podría convertirse en un factor importante que influyera en las decisiones. Valdría la pena intentarlo.

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