Una vez más la tierra se está tiñendo de rojo. Más, no por el color de algún partido político o de una ideología, sino por el rojo de la sangre de sus hijos y por el fuego provocado en el enfrentamiento de los unos contra los otros.
Cuando creíamos que la guerra se había desprestigiado como la vía para la solución de los conflictos, Rusia invade a Ucrania; cuando, después de dos conflagraciones mundiales, pensábamos que algo habíamos aprendido, Israel y los Estados Unidos bombardean a Irán.
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Nuevamente hemos entrado en la ruta del uso creciente de la guerra como medio de la política, con el grave peligro que entraña lo que enseña la experiencia: se sabe cuándo se inicia, pero no cuándo termina.
Lo que resulta inadmisible es que, cuando Washington y Teherán se encontraban en medio de negociaciones diplomáticas para evitar la guerra, Israel y los Estados Unidos deciden atacar a Irán con bombardeos de alta precisión, matando al Ayatolá Jamenei y a gran parte de su gabinete.
Engreído por su éxito en Venezuela, Trump es fácilmente convencido por Netanyahu. Solo que, ahora, no se trata simplemente de extraer a un dictador populista de su dormitorio, sino de asesinar a los dirigentes de una feroz dictadura teocrática con el pretexto de acabar con su capacidad para producir armas nucleares.
El bombardeo asesino logró su cometido. Pero, como toda acción de guerra, asesinaron también a centenares de civiles, destacadamente a más de 150 niñas en una escuela.
Con esa agresión violatoria del derecho internacional y de la ética de las conversaciones iniciadas para evitarla, se envuelve a toda la región en una violencia armada catastrófica, además de desestabilizar a la economía mundial y acercarla a una profunda crisis.
Asistimos a un nuevo reparto del mundo entre las grandes potencias. La impunidad con la que actúan resulta espeluznante tanto como los riesgos en que nos ponen a todos.
Soberbio en su poderío militar y tecnológico, los Estados Unidos pretenden ponerse al mando de la remodelación en su conjunto. La junta de paz a la que convocó, así como el Escudo de las Américas, intentan sustituir a los organismos multilaterales que representan el esfuerzo humano por construir una gobernanza mundial con procedimientos democráticos y de respeto mutuo.
A diferencia de Venezuela, ante el ataque de Estados Unidos e Israel, Irán responde de inmediato. Se abrió una caja de pandora que pone en riesgo la paz mundial, puesto que involucra a todos, China, Rusia, Europa, los países árabes.
El ataque a Irán va al corazón del radicalismo islámico producto del resentimiento y el odio resultantes por tantas y tantas derrotas y humillaciones infligidas a los pueblos de la región. Mermado, pero no derrotado, lo que quede del régimen y de sus alianzas con las diversas expresiones de ese islamismo radical, serán suficientes para alimentar un período largo de inestabilidad e inseguridad en la región y hasta en los propios EE. UU.
Más importantes que los misiles y los drones son las bombas de odio que nuevamente se han hecho estallar. El sentimiento de derrota y el deseo de venganza que quedarán vivos, provocarán una vez más el “síndrome del eterno vencido” que, al decir de Amin Maalouf, se acaba por aborrecer a toda la humanidad y por destruirse a sí mismo.
La nueva guerra se produce en un mundo ya minado por mucho tiempo. En Asia, en Taiwán, se mantiene un delicado foco de tensión mundial dado que constituye un nudo central de las rivalidades territoriales, económicas y tecnológicas entre los Estados Unidos y China.
Apenas hace unas semanas Pakistán declaró la guerra abierta al Talibán en Afganistán, a la vez que mantiene un conflicto histórico con la India que dura ya más de setenta años. Y muy cerca de ahí continúa la guerra entre Rusia y Ucrania, el genocidio no contenido de Israel contra la población Palestina en la Franja de Gaza y la creciente inestabilidad en Yemen y Siria.
En África se viven situaciones terribles: guerra civil en Sudán y grave crisis humanitaria en Sudán del Sur; violencia armada en la República Democrática del Congo; terrorismo en Somalia; inestabilidad, violencia y terror en El Sahel (Burkina Faso, Mali y Niger), desatada por Al Qaeda y el Estado Islámico, aliados de Irán. Todos ellos producen enormes migraciones y hambrunas inconcebibles para el supuesto grado de civilización humana que hemos alcanzado.
El factor que más está acelerando el fuego es el nuevo y descarado imperialismo de EE. UU. encabezado por Donald Trump. Dando la espalda a los problemas mundiales, como el cambio climático, por ejemplo, el nuevo imperialismo se presenta como vuelta al soberanismo de las grandes naciones occidentales blancas que le dieran vida a los Estados Unidos, los que ahora, se dice, están dispuestos a recuperar su grandeza.
Las pretensiones imperiales se vuelven cínicas: sobre Groenlandia, Venezuela, Cuba, México. Se quiere el repliegue comercial y estratégico de China y Rusia en América Latina y hacer a un lado a las Naciones Unidas para sustituirlas con su Junta de Paz lidereada por Trump, a semejanza de una junta de negocios.
Una de las características principales de este nuevo imperialismo que salta a la vista, además de su racismo y su soberanismo, es su machismo. Parece que el rojo creciente del fuego y la sangre sobre la tierra está construyendo la figura para llevarlo a término. Nuevamente el guerrero agresivo, pero ahora acompañado del poder sofisticado de la tecnología aplicada en los negocios y en las armas.
Ya no el bárbaro que incendiaba las aldeas y violaba a las mujeres, sino el todopoderoso comando a su servicio capaz de irrumpir en una alcoba presidencial o de atacar con precisión cualquier blanco, por más que se encuentre en el lugar más recóndito del bosque, el desierto o la montaña.
A esa figura del guerrero hay que anteponerle otra figura más poderosa. Alguna vez se dijo, y hasta las Naciones Unidas lo declararon, que el siglo XXI iba a ser el siglo de la mujer. Varias mujeres muy destacadas se encuentran al frente de un gobierno. Hoy son 29 mujeres de un total de 196, es decir, el 15% por ciento de los gobiernos del mundo se encuentra en manos de una mujer.
Hasta ahora el movimiento de las mujeres, por obvias razones, ha privilegiado la lucha por la libertad, la igualdad y la equidad con respecto al hombre y en la vida social, política y cultural y, con su avance, ha protagonizado quizá la revolución social más importante de muchos siglos. Ya nadie duda en equiparar sus capacidades técnicas, científicas, políticas, artísticas, con las de los hombres. Hasta el lenguaje y la gramática tradicionales se han visto trastocados, en ocasiones exageradamente.
Pero el movimiento de las mujeres no ha dado todo de sí. Lo conseguido hasta ahora consiste en demostrar que es tan capaz como el hombre para ejercer cualquier tarea. Pero en sus aspiraciones más profundas ha desarrollado la crítica a la civilización en tanto obra milenaria de la dominación del patriarcado. Dicha crítica abre una esperanza respecto a la suerte de la civilización condenada a vivir una y otra vez el conflicto armado y, ahora, la posibilidad del matricidio, es decir, de acabar con la madre tierra.
Para decirlo directamente, las mujeres pueden aportar algo más que sus competencias laborales y profesionales; lo que pueden aportar es lo que está en su naturaleza y hasta ahora se ha mantenido en el ámbito privado, molecular y familiar, y que es el amor a la vida para la reproducción del ser. Dicha dimensión del movimiento de la mujer se encuentra aún por desarrollar, pero al mundo le urge que lo haga.
Termino con un buen deseo del hubiera improbable. Si Claudia Sheinbaum se decidiera a dejar de lado a su mentor y retomara el camino republicano, podría también recuperar la acción en la política exterior. Con esa soberanía fortalecida estaría en condiciones de convocar, por ejemplo, a las mujeres al frente de sus gobiernos para hacer un llamado a la defensa de la vida. Igualmente podría superar el acorralamiento en que la tiene Trump con el Escudo de las Américas y plantear que la lucha contra los cárteles de la droga es un asunto mundial y que corresponde a la ONU encabezarlo.
Disculparán los escasos lectores que en estos días de asueto --o santos para la mayoría de nuestra población--, me otorgue la licencia de imaginar mejores deseos.
(Versión ampliada de un editorial escrito por el autor para el periódico Unión del STUNAM).