El viernes 9 de enero Miguel Díaz-Canel, presidente de Cuba, hizo una declaración muy diferente a la que acostumbraban los dirigentes cubanos. “Tenemos que empezar a cambiar desde el partido –dijo– y tenemos que lograr que nuestra militancia y nuestras organizaciones de base nos sintamos responsables de todo lo que funciona mal y de todos los incumplimientos”. “Nosotros –agregó–necesitamos resultados superiores y estamos convencidos de que son posibles, porque dependen de nosotros mismos”.
Después de esa declaración del máximo dirigente, que parecía un llamado --aunque tímido-- a cambiar el rumbo, la diplomacia cubana continuó con el tono de siempre, es decir, de confrontación radical ante las amenazas de los EE.UU.
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Washington arremetió con que Cuba tenía bases militares y de inteligencia extranjeras en su territorio, particularmente de Rusia, y por consiguiente representaba un riesgo para su seguridad. Trump por su parte, comentó que ya se tenían contactos con altos funcionarios del gobierno de Cuba y que esperaba llegar pronto a negociaciones.
“Vamos a hacer un trato”, dijo. Fue entonces que el Ministerio de Relaciones Exteriores de la isla propuso renovar la cooperación en la lucha contra el narcotráfico, el lavado de dinero, la trata de personas y el terrorismo, así como reforzar la ciberseguridad, basada en el interés mutuo y el derecho internacional; Cuba no tiene bases extranjeras y no es una amenaza para la seguridad de Estados Unidos, se afirmó.
Para el primero de febrero Miguel Díaz-Canel afirmó que Cuba tiene la “capacidad y disposición para dialogar con el gobierno de los Estados Unidos”, pero sostuvo que cualquier conversación debe darse sin presiones y en condiciones de igualdad y respeto. Y volvió a repetir “Nosotros si tenemos la convicción de que nosotros mismos tenemos que salir de nuestros problemas, con nuestro talento y con el coraje de los cubanos”.
Extraña declaración que parecía no tener en cuenta los 64 años del bloqueo económico y las recientes acciones de EE. UU. en Venezuela que ahora apuntaban directamente a la isla. Sin embargo, el 3 de febrero, en la red social X, Díaz-Canel lo recordó y contextualizó el presente del ya largo conflicto, pues fue un 3 de febrero, pero de 1962, cuando el presidente John F. Kennedy firmó el cerco económico al que, –también recordó–, Fidel Castro llamó “guerra económica”.
Y fue apenas el 29 de enero de este año que Trump emitió la orden ejecutiva que bloquea el suministro de petróleo, mediante sanciones económicas a terceros países. La acción de EE. UU. –concluyó Díaz-Canel–, se ha transformado en “bloqueo genocida” contra Cuba.
Hasta ahora Cuba no ha sido capaz de renovar su régimen político para encontrar un nuevo camino de crecimiento económico y desarrollo social con justicia, a la manera en que lo hicieron China y Viet Nam, por citar dos ejemplos de que eso ha sido posible. La radicalización del enfrentamiento entre los Estados Unidos y los cubanos exiliados, por una parte, y el régimen del Partido Comunista de Cuba, por el otro, explican en gran parte el endurecimiento, tanto de las medidas tomadas para estrangular a la isla, como el carácter dictatorial que cada vez más fue adoptando el régimen.
La víctima del enfrentamiento exacerbado ha sido el pueblo cubano. Antes, acompañando con heroísmo a sus dirigentes revolucionarios contra la dictadura de Batista y en la búsqueda de un camino propio y en libertad; ahora, en tanto mártir cotidiano de una doble dictadura, la que ejerce su propia casta burocrática y la de Estados Unidos que los aplasta sin misericordia alguna.
Todavía hace unas tres décadas se disculpaban los errores, sobre todo económicos, y los abusos contra la disidencia, a la par que se ensalzaban los aciertos en muchos campos: cuidado de los niños, educación, deportes, investigación médica, entre otros, y hasta la solidaridad internacionalista para muchos (la buena música y la alegría son eternos). Pero con el tiempo, la dictadura se volvió inamovible y asfixiante, la ideología dogmática devino en cárcel y la vida social tendió a parecerse a la de antes de la revolución, azotada por la pobreza, la represión y la generalización del comercio sexual para la sobrevivencia.
Según Ricardo Pascoe, ex embajador de México en Cuba, en su columna de El Heraldo, por lo menos en dos ocasiones Cuba perdió la oportunidad de iniciar negociaciones a fondo con los Estados Unidos. Y las dos tuvieron que ver con Fidel. La primera con Clinton, pero Fidel se quedó dormido y se le pasó advertir a su ejército que aviones militares iban a sobrevolar La Habana y que eso era parte de un acuerdo con el presidente norteamericano. Por supuesto que los derribaron y con ellos también al acuerdo de iniciar algo. Aunque lo haya contado Fidel, resulta poco creíble; en todo caso asumió su irresponsabilidad. La segunda con Obama, cuando ya Raúl era el Jefe, pero no logró convencer a Fidel.
Cabe la pregunta de si acaso la nomenclatura cubana no ha tenido nunca una propuesta atractiva, para su población y para negociar con los gringos, respecto de la renovación de su régimen. Porque cualquier cosa es mejor que el grado de degradación moral al que se llegó y ahora al grado extremo de debilidad en que se encuentran. Nunca surgió un Deng Xiaoping como en China ni un Nguyen Van Linh como en Viet Nam. Y Díaz-Canel no parece tener ni el talento ni la fuerza. Su llamado a reconocer lo que hace mal el partido está muy lejos de lo que se necesita.
Se pide respeto e igualdad, se invoca soberanía y dignidad a un Trump que obliga a una Delcy Rodríguez a abrir Venezuela a las inversiones extranjeras y a Claudia Sheinbaum a decidir, con la soberanía de PEMEX (¡?) a ya no enviar petróleo a Cuba. En otras palabras, a violar, por los mismos gobiernos, la propia soberanía de sus países, hasta convertirlos en protectorados simples.
En el nombre de otros tiempos y por el bien del admirable pueblo cubano, no queda más que apoyar la negociación para que el pueblo de Cuba haga valer su dignidad y pueda salir airoso. Su posición geográfica y su atractivo natural y cultural le permitirán convertirse en un puente próspero entre Europa y América, además de consolidarse como un centro turístico increíble. Sus capacidades educativas y técnicas permitirán la instalación de plantas industriales de las más avanzadas tecnológicamente. La conservación del control estatal de sectores claves puede condicionar la apertura del mercado para mantener los mecanismos de equidad e igualdad de la población y el desarrollo. El reencuentro y el abrazo entre las familias, lejos de cualquier odio o venganza, en medio de la alegría y la riqueza de su cultura, permitiría predecir, en pocos años, una etapa de bonanza que bien se merece el pueblo cubano (vale soñar).
En las actuales condiciones México poco puede hacer más allá de la ayuda humanitaria y convocar al resto de América, Europa y las demás naciones para exigir el reconocimiento de la soberanía y la dignidad de Cuba y el respeto del derecho internacional.
En las manos de los dirigentes cubanos, esperando que las circunstancias logren destacar a los más capaces, está también salvar lo mejor de lo que sí ha logrado Cuba y no se tire por la borda. Entre otras cosas, su lucha heroica por la libertad para decidir su destino.