La soberanía es un término que viene de la Edad Media y significa no tener por encima ningún poder, no estar subordinado a ninguna persona o institución.
El Estado mexicano, entendido como el conjunto de instituciones que van desde la presidenta de la República hasta el más modesto policía municipal, perdió soberanía en varios territorios en los que grupos criminales impusieron sus propias normas, su propia “institucionalidad”.
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Desde esta perspectiva puede verse la importancia de haber sometido, “abatido” a Nemesio Oseguera, El Mencho. El Pedro Páramo de nuestros últimos quince años.
Ya no se habla tanto de narcotraficantes. Ya nadie propone legalizar la mariguana para disminuir la presencia de delincuentes. Y es porque el negocio de las mafias mexicanas se ha extendido y ha adquirido dimensiones brutalmente crueles: extorsiones, secuestros, asesinatos, cobro de piso. Y otras que, sin dañar directamente a personas, erosionan el interés público, como el robo de combustible que ha adquirido dimensiones inusitadas.
Una de las dimensiones por las que debe juzgarse al delito es el nivel de sufrimiento que causan. El que se le adjudica a El Mencho es brutal. Un Pedro Páramo pervertido, o con metanfetaminas. Viudas, huérfanos, y aquello que no tiene nombre en nuestro idioma, la pérdida de una hija o un hijo. Además del miedo profundo, las pérdidas de patrimonios, la migración forzada y muchas otras desgracias.
Que el Estado mexicano recupere, en los ámbitos en los que la había perdido, su soberanía, es pues muy buena noticia. No basta desde luego acabar con los líderes de los delincuentes. Exige una construcción de instituciones (el Estado es eso, un conjunto de instituciones) eficaces que permitan ejercer el poder público en los múltiples ámbitos en los que debe ser ejercido.
Se hace presente una de las definiciones de Estado más conocidas y más anti intuitivas, la de Max Weber: el monopolio de la violencia legítima en un determinado territorio. El Estado mexicano ha perdido ese monopolio en algunas regiones. De ahí la idea de Estado fallido. El abatimiento de El Mencho este 22 de febrero es un paso importante en la recuperación de ese monopolio legítimo, de ese bien público cuando se da en un contexto democrático.
Desde luego, hay que atacar las causas. Las causas de la delincuencia generalizada y bestial no están en la pobreza. No hace falta un Doctorado en Sociología para saber que no todos los pobres son delincuentes, y no todos los ricos son honrados.
Las causas son diversas, pero tienen que ver con la impunidad. Crimen que no se castiga se repite. Tenemos noticias múltiples de políticos y ciudadanos corruptos, sospechosos incluso de asesinatos. Y no pasa nada. Como se dice: eso ya no es escándalo, es paisaje.
Sin policías, ministerios públicos, jueces, y gobernadores capaces y dedicados a cumplir y hacer cumplir la ley (y con los recursos adecuados) las causas de la delincuencia seguirán si ser tocadas.