Viernes, 22 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

¿Therians o adolescentes buscando compresión?

Comunidades Therian ofrecen algo muy poderoso: sentido de pertenencia y narrativa compartida

Elena Zárate

Especialista en Comunicación Estratégica y Familiar con más de veinte años de experiencia. Licenciada en Ciencias de la Comunicación, maestra en Comunicación Estratégica y maestra en Ciencias de la Familia, así como doctorante en Comunicación y Mercadotecnia Estratégica. Encabeza la iniciativa COMFAM Comunicación Familiar.

Sábado, Febrero 21, 2026

En los últimos días, las redes sociales se han llenado de videos, memes y comentarios sobre los llamados “Therians”. El término, que proviene del griego therion (bestia), se utiliza para describir a jóvenes que expresan identificarse -en algún nivel simbólico o experiencial- con un animal distinto del ser humano.

Sin embargo, antes de reaccionar con alarma o descalificación, conviene detenernos y entender algo fundamental, como lo es el que no estamos frente a un fenómeno nuevo ni exclusivamente “producto de esta generación”. Se trata de una subcultura digital que existe desde hace años, vinculada a comunidades en línea donde jóvenes exploran identidad, pertenencia y simbolismo.

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Pero más allá de la etiqueta -Therian o cualquier otra- lo que realmente debería interesarnos como padres no es el término, sino la persona. Y es que la adolescencia es, por naturaleza, una etapa de búsqueda identitaria. Erik Erikson la describía como el momento del conflicto entre identidad y confusión de roles. El joven necesita probar, experimentar, explorar límites y narrativas para responder a la pregunta central: ¿Quién soy?

Algunas generaciones lo hicieron a través de tribus urbanas visibles como son los punks, emos, darketos, skaters; sin embargo, hoy muchas de esas exploraciones ocurren en el espacio digital.

El entorno digital amplifica, conecta y da lenguaje a experiencias que antes podían vivirse en silencio. Un adolescente que siente afinidad simbólica con la fuerza de un lobo, la independencia de un gato o la sensibilidad de un caballo encuentra en internet comunidades que validan esa metáfora.

Y aquí es importante subrayarlo, ya que en la mayoría de los casos no estamos hablando de jóvenes que “crean ser literalmente un animal” en términos clínicos, sino de construcciones simbólicas de identidad, formas de expresar rasgos, emociones o pertenencia. La pregunta no es si nos parece extraño, en realidad se trata de cuestionarnos sobre ¿qué necesidad está intentando expresar mi hijo a través de esto?

Cuando como adultos reaccionamos con sarcasmo -“están locos”, “qué ridiculez”, “esta generación ya no sabe qué inventar”- no solo cerramos el diálogo; cerramos la posibilidad de comprender. Tengamos presente que la burla hiere profundamente en la adolescencia y lo que no se puede hablar en casa, se hablará afuera.

En comunicación familiar hay un principio claro y éste es que lo que se resiste, persiste. Si descalifico sin escuchar, el adolescente no abandona su búsqueda; simplemente la oculta y esto tiende a radicalizarse más que lo conversado. Además, cuando el mundo digital ya está lleno de comentarios agresivos, la familia debería ser el espacio de seguridad, no un eco más de la humillación colectiva.

Todo ser humano necesita pertenecer, los adolescentes aún más. En una etapa donde el cerebro emocional está en plena efervescencia y la identidad todavía es maleable, encontrar un grupo que ofrezca reconocimiento puede sentirse como un salvavidas. En ese sentido, las subculturas digitales -incluyendo las comunidades Therian- ofrecen algo muy poderoso como es el sentido de pertenencia y narrativa compartida.

La pregunta clave para los padres no es: “¿Cómo le quito esa idea de la cabeza?”, sino más bien: “¿Qué está encontrando ahí que quizá no está encontrando en casa?”. A veces no es rebeldía. Es necesidad de ser visto.

¿Qué podemos hacer entonces? Primero, regular nuestra propia emoción. El miedo exagerado bloquea la escucha. Y un padre asustado suele convertirse en un padre autoritario o burlón.

Segundo, preguntar antes de afirmar. “Cuéntame qué significa para ti eso”, “¿Qué te gusta de esa comunidad?”, “¿Qué sientes cuando hablas de esto?”, pueden ser puertas para entrar al mundo más escondido, pero interesante, donde habita nuestro adolescente. Escuchar no implica validar todo sin discernimiento, sino reconocer la dignidad del otro como interlocutor válido.

Tercero, distinguir entre exploración identitaria y señales de alerta clínica. Si un joven mantiene un funcionamiento adecuado, relaciones, estudios y no presenta ruptura con la realidad, probablemente estamos frente a una fase de exploración simbólica, no a un trastorno. Sobrediagnosticar también es una forma de violencia.

El desafío profundo no es combatir cada tendencia digital que aparezca. Eso sería interminable. El verdadero trabajo es formar una identidad sólida, arraigada en valores, autoestima y sentido de propósito.

Un joven que sabe que es amado incondicionalmente, que puede hablar sin ser ridiculizado y que encuentra en su familia un espacio de diálogo, tiene mayor capacidad para integrar sus exploraciones sin perder su centro.

La identidad no se impone, se acompaña y esto implica aceptar que el camino de nuestros hijos no será idéntico al nuestro. Lo esencial no ha cambiado, ya que, aunque las plataformas cambian, las etiquetas cambian, las modas digitales se transforman con rapidez, pero lo esencial sigue siendo lo mismo y es que los adolescentes necesitan comprensión, límites dialogados y presencia adulta.

Si reducimos el fenómeno Therian a un meme ridículo, perdemos la oportunidad de hacer algo mucho más importante como lo es el fortalecer la comunicación con nuestros hijos en un momento clave de su desarrollo.

Quizá la pregunta final no sea qué está pasando con “los jóvenes de hoy”, sino qué está pasando con nuestra capacidad de escuchar, porque antes que Therian, influencer, otaku o gamer, nuestros hijos siguen siendo personas en proceso de construcción. Y en esa construcción, la comunicación familiar no es un accesorio, es el cimiento.

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