Cuando una lee y relee cómo la impunidad protege a líderes mundiales frente a crímenes atroces como los que la fiscalía de Estados Unidos ha ido revelando gradualmente a partir de los archivos de Jeffrey Epstein, resulta inevitable cuestionarse muchas cosas al mismo tiempo. Violencia sexual sistemática contra menores, redes de poder, silencios convenientes y una élite que durante décadas ha operado al margen de cualquier consecuencia real.
Lo verdaderamente perturbador no es sólo la magnitud de los delitos, sino la contradicción moral que los rodea. ¿Por qué estas personas pueden erigirse como referentes de la moralidad mundial? ¿Por qué la palabra woke genera más pánico que la violación sistemática de niñas y niños perpetrada, en muchos casos, por hombres que han gobernado el mundo político y económico durante al menos las últimas tres décadas?
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Se nos ha dicho una y otra vez que las personas LGBT, las mujeres, las juventudes, somos responsables de la “descomposición social”; que al cuestionar los modelos tradicionales de familia hemos provocado una crisis de valores. Pero entonces surge la pregunta inevitable: ¿acaso las infancias no es lo más sagrado, que dicen defender?
Eliminar la palabra woke, retirar la educación sexual de las escuelas, cuyo fin, es que niñas, niños y adolescentes puedan ejercer su sexualidad de manera informada y responsable cuando llegue el momento, o discriminar a las personas trans que lo único que buscan es vivir con dignidad, ¿realmente tenía como objetivo “proteger a las infancias”? Ese discurso parece quedar de lado cuando al mismo tiempo, se guarda silencio frente a los nombres que hoy aparecen vinculados a la red de Epstein.
Para quienes no están familiarizados con este caso: Jeffrey Edward Epstein fue un magnate acusado de delitos sexuales contra menores, conocido por su cercanía con la élite política y económica mundial. De acuerdo con testimonios, denuncias y material audiovisual, al menos mil mujeres y niñas fueron víctimas de violencia sexual por parte de él y de su círculo cercano. En 2008 se declaró culpable tras la denuncia del padre de una menor de 14 años y cumplió apenas 19 meses de prisión. En 2019 fue encarcelado nuevamente y, un mes después, apareció muerto en su celda.
A partir de ese momento y con mayor intensidad en los últimos años han comenzado a salir a la luz los nombres de amigos, socios e invitados que participaron o fueron cómplices de estas violencias. Entre ellos figuran Donald Trump, Bill Clinton, Elon Musk, Andrew Mountbatten-Windsor (hermano del rey Carlos III), Bill Gates, así como líderes del cártel de Sinaloa, entre muchos otros.
Lo que este caso exhibe con crudeza es que a la élite no le importa el color político, la ideología ni el sector económico: el poder y el dinero crean un espacio de impunidad donde todo parece permitido, incluso violentar a quienes públicamente dicen proteger. Y frente a eso, el verdadero escándalo no es el wokismo, sino el silencio.
Es hora de dejar de llamar 'protección de la infancia' a lo que es, simplemente, control social y odio hacia lo diferente. El verdadero peligro para nuestros niños no está en la diversidad, sino en el silencio de quienes prefieren personas autoritarias antes que un mundo donde el poder no sea un pase libre para la infamia.
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