“Bueno -dijo-, yo sí tengo que hacer una confesión. A ver, yo nací en una buena familia donde mi hermano era mi guía, mi todo. Era mayor que yo, y lo atropellan y muere. Ahí perdí a mi familia y todo se desintegró. Después, salí de mi casa y no supe más qué era calor de hogar. Y ahora, precisamente ahora, ese sentimiento de hermandad, de apoyo incondicional, de amor cómplice, de ayuda mutua, no la había tenido desde entonces.
“Después nació mi hijo, hicimos una familia porque nos quedamos solos él, mi papá y yo; estaba mi mamá, pero no era una persona amable. Muere mi mamá, después mi papá, y mi hijo y yo nos vamos fuera. Éramos la familia.
Más artículos del autor
“Pero déjenme decirles, -aseveró-. Eso como lo que yo siento ahorita con ustedes, por ustedes y por lo que me hacen sentir, yo no lo había sentido nunca porque siempre éramos dos o por lo mucho tres. Ahora somos siete pelaos, nos ayudemos mutuamente, nos tratamos con respeto, con cariño, nos protegemos, nos cuidamos, nos apoyamos, nos aconsejamos; aquí los malos entendidos se aclaran, y yo eso no lo había tenido nunca antes.”
Tomó un respiro y añadió: “Y por eso, ¡gracias!”
Los siete estaban en una celda, cumpliendo, cada uno, de quince a veinte años de cárcel.
Ahí, así, es fácil confesar su vida como hilo de media…
alefonse@hotmail.com