Este sábado pasado tuve a bien comer y ver un espectáculo de tablao flamenco en un lugar que visito con regularidad en el vecino estado de Tlaxcala.
Justo en medio del espectáculo llegaron al restaurante cuatro mujeres, cuatro “buchonas”, término como se les denomina a las parejas de los miembros de un cártel. Estas mujeres por lo regular tienen senos y glúteos grandes, además de cintura estrecha o de “avispa” para resaltar su figura, ropa corta de diseñador, joyas y accesorios llamativos.
Más artículos del autor
Sus rasgos eran similares: nariz respingada y labios gruesos realizados por evidentes cirugías. Todas idénticas, por lo que es imposible no identificarlas.
Al verlas llegar y que les asignaran una mesa junto a la que yo ocupaba, le comenté a mi acompañante qué debíamos hacer, si pedir la cuenta y salir de inmediato. Ella me dijo que lo mejor era permanecer tranquilos y procurar no llamar la atención. Mi nerviosismo se debió a que ese lugar en ese momento se volvía muy peligroso para mí y todos los comensales.
Y vino a mi mente lo que me ocurrió hace algunos años cuando me encontraba en una fonda en el estado de Colima en alguna de sus playas, donde tuve que ponerme pecho tierra porque se suscitó una balacera cuando arribó un grupo armado que pretendió ejecutar a uno de los convidados en ese lugar y su seguridad repelió el hecho y se presentó uno de los momentos más desagradables en mi vida.
También lamento profundamente los hechos ocurridos este domingo 25 de enero de 2026 en Salamanca. Guanajuato, donde hubo un ataque a balazos en un campo de futbol en la comunidad de Loma de Flores, con un saldo de al menos once muertos, muchos de ellos víctimas indirectas o circunstanciales que estuvieron en el lugar para jugar un partido futbol como la hacen miles de mexicanos en todo el país. Algunos de ellos perdieron la vida.
En ese sábado y en el lugar en que me encontraba me imaginé que un grupo contrario a los novios de las “buchonas” quizás podrían llegar a levantar (secuestrar) o inclusive a ejecutarlas para cobrar venganza o intimidar a sus enamorados. Y yo ahí en el lugar inadecuado en el momento inoportuno.
Me llamó la atención que pidieron dos platillos al centro de la mesa y las cuatro solo picaron un poco, demostrando que siguen rigurosas dietas. De beber, pidieron una cerveza y para finalizar una botella de Moët Chandon, de las caras entre todas, para que después de hacer un efusivo brindis se retiraran.
La plática con mi compañera de mesa fue sobre el tema de -si el gerente del lugar debería reservarse el derecho de admisión y no asignar una mesa a estas personas por el riesgo que implica su presencia-.
Yo defensor de los derechos humanos entré en un conflicto, que es más importante el derecho a la seguridad o la vida de todos los clientes del lugar en ese momento o el derecho a la no discriminación de nadie por su apariencia.
Concluimos en lo siguiente: lo mejor para todos fue dejarlas pasar y que consumieran con toda normalidad debido a que si les negaban el acceso, el lugar se volvería aun más peligroso en razón a que si se sentían ofendidas e informaban a sus “nenes”, podría ocurrir que para quedar bien con ellas y vengar la afrenta, arribaran al restaurante y provocaran un zafarrancho en el negocio con sus sicarios y entonces sí, sálvese quien pueda.