Miércoles, 3 De Junio De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Educación y silencio: interioridad y compromiso

¿Cómo educar ciudadanos creativos, críticos y éticos en un mundo marcado por el ruido?

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Enero 19, 2026

Y me senté en el regazo del silencio. Recordé que podía encender la luz. Que podía guiarme y retornar a lo esencial.
Belén Colomina. El poder sanador del silencio, p. 17.

Primero vinieron por los socialistas, y guardé silencio porque no era socialista.
Luego vinieron por los sindicalistas, y no hablé porque no era sindicalista.
Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque no era judío.
Luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre.
Martin Niemöller

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Nos ha tocado vivir en el mundo del ruido. Los tiempos que corren están marcados por un vertiginoso e incesante fluir de sonidos, palabras, información, ideologías en choque, bombardeos publicitarios, prisa, mucha prisa y escándalo, demasiado escándalo por cualquier cosa, ante la menor provocación, frente a lo nimio e intrascendente.

Vivimos tiempos de estruendo. Los medios de comunicación y las redes sociales estallan todos los días sin descanso inundando nuestras vidas de griteríos y alborotos que vienen de cualquier lugar del mundo, de un sinnúmero de situaciones diversas y de distinto nivel de importancia.

Nos hemos acostumbrado a esta metralla constante de información deformada, de declaraciones mentirosas, de “contenido” vacío producido por influencers profesionales o amateurs cuya única meta es la fama expresada en likes, reproducciones, comentarios y viralidades que se monetizan.

Pero este imperio del ruido no es solamente exterior. Desde nuestra propia mente, en nuestro tejido emocional, en la operación cotidiana de nuestra consciencia hay también mucho ruido. Una avalancha de ruido que por un lado puede aturdirnos y someternos a trastornos de ansiedad u otras enfermedades físicas o emocionales, pero por otro nos sirve como mecanismo de evasión, como dispositivo de escape para evitar asumir con claridad la creciente incertidumbre del escenario familiar, comunitario, social, nacional y planetario que nos genera temor y nos trastorna también dejándonos muchas veces desmoralizados o frustrados.

El ruido se ha apoderado de nuestras vidas y nos ensordece, nos hace incapaces de escuchar el grito de la naturaleza que desde sus profundas heridas clama por una tregua, solicita cuidados intensivos para mantener la vida, para de ser posible, regenerar la vida que se ha ido perdiendo en este proceso que llamamos progreso, pero que es autodestrucción.

También nos impide el ruido poder escuchar las voces de todas las víctimas de este sistema excluyente, violento, machista, clasista, ideológicamente sectario, que tiene a millones de personas migrando para buscar la supervivencia y arriesgando su vida porque las mismas estructuras que expulsan a la gente castigan su huida y su necesidad de moverse para salvarse de la violencia, la pobreza, el hambre o la persecución política.

Hacia el interior el ruido también produce por un lado alivio momentáneo porque nos ayuda a escapar del dolor y del horror del mundo, nos sirve como sedante para afrontar el riesgo cotidiano de salir de casa sin saber si vamos a regresar y nos adormece la angustia por la falta de sentido de la vida personal y colectiva. Pero por otro lado, luego nos pasa la factura porque nos enajena, nos lleva a ser incapaces de reconocernos frente al espejo y a perder también la capacidad de reconocer al otro, a los otros y empatizar, simpatizar, solidarizarnos con lo que nos dicen sus miradas tan necesitadas e indigentes como la nuestra.

Por ello es importante que quienes nos decimos educadores nos detengamos un momento y dediquemos tiempo de calidad a la reflexión sobre lo que este imperio del ruido nos está pidiendo más allá de las demandas económicas del mercado laboral que pide eficiencia obediente o de las demandas ideológicas de quienes desde el poder buscan formar adeptos dóciles para mantenerse donde están robando, engañando y traicionando.

¿Cómo educar ciudadanos creativos, críticos y éticos en un mundo marcado por el ruido? ¿Es posible romper el círculo para formar personas capaces de no dejarse aturdir por el incesante escándalo del sistema?

En este espacio considero muy importante proponer dos pasos estratégicos para construir desde ellos los dispositivos didácticos más pertinentes para una formación humanista que combata el imperio del ruido. Estos dos pasos que son complementarios, aunque parezcan contradictorios son: el tránsito del ruido al silencio y el de una interioridad cultivada hacia la ruptura del silencio desmovilizante.

El primer paso tiene que ver con el desarrollo de la interioridad de los educandos. Este paso implica construir estrategias para fomentar la capacidad de hacer silencio interior y exterior, es decir, de poner en pausa el bombardeo de los propios pensamientos acelerados y caóticos, pero también de detener y filtrar los ruidos externos que en un círculo vicioso regeneran continuamente los ruidos internos.

Este primer paso implica cambiar los hábitos que hacen del aula un lugar donde el silencio es incómodo y la atención a la propia interioridad, inusual y hasta mal vista. Fomentar intencionadamente tiempos de silencio que pueden apoyarse en técnicas sencillas de meditación, planear y desarrollar ejercicios de autoconocimiento de cada educando a través de técnicas biográficas como las historias de vida, promover los relatos interiores donde los estudiantes expresen sus sentimientos, preguntas, visiones de futuro, deseos, temores y sueños hasta hacer que cada alumno desarrolle el hábito virtuoso de dedicar tiempo de calidad para estar consigo mismo y para conocerse y reconocerse.

Esta recuperación y revaloración del silencio en las aulas contribuirá al cultivo de una sana interioridad en los niños y niñas o adolescentes, que les permitirá distinguir lo esencial de lo intrascendente en su propia persona. Aprender a “sentarse en el regazo del silencio” para descubrir luces que los orienten en la obscuridad del mundo.

Este movimiento de cultivo de la interioridad los llevará a encontrar su propia voz para romper con los silencios cómplices de los que habla el rabino Martin Niemöller a quien se atribuye el muy conocido mensaje del segundo epígrafe. Encontrar su propia voz junto con su capacidad para escuchar, para distinguir en medio del ruido ensordecedor las voces y los clamores de justicia que salen del fondo de la tierra y de las gargantas de todos los perseguidos, encarcelados, excluidos y violentados del planeta.

Porque el imperio del ruido está estratégicamente diseñado para generar sordera e indiferencia ante el dolor de los demás mientras no nos toque directamente, pero cada vez constatamos con mayor claridad que los hechos violentos, las desapariciones forzadas, la criminalización de quienes critican al poder, la ambición expansionista de los poderosos del mundo nos tocan cada vez más cerca y que es necesario educar ciudadanos capaces de distinguir estas voces silenciadas por el ruido y de expresar clara y contundentemente la voz para condenar lo injusto, antes de que la injusticia venga por ellos.

 

 

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