Desde el año pasado, funcionarios del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) repiten, en todos los foros, que más del 60 por ciento de las personas migrantes en tránsito que llegan a México ahora quieren quedarse, como prueba del nuevo papel del país en el mapa migratorio global.
Sin embargo, sus propias cifras matizan el entusiasmo: según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), alrededor del 65 por ciento de las personas migrantes irregulares en México no tiene empleo. Se quedan, sí, pero sin cómo sostenerse.
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La principal necesidad de la población migrante no es simbólica: es generar ingresos. Sin trabajo, la integración es imposible y la permanencia se vuelve una forma prolongada de precariedad. Aun así, este dato suele quedar relegado frente al discurso optimista del “México como destino”.
El informe de la OIM revela además que cerca del 40 por ciento de las personas migrantes desempleadas está activamente buscando trabajo. No se trata de una falta de voluntad, sino de un mercado laboral que no está preparado para absorberlas, regularizarlas ni ofrecer condiciones mínimas de protección.
Incluso entre quienes logran emplearse, la situación es frágil. Apenas 10 por ciento cuenta con un contrato formal y sólo 34 por ciento percibe un ingreso regular, según la misma fuente. El resto sobrevive en esquemas informales, temporales o abiertamente abusivos, sin acceso a derechos laborales básicos.
México se ha convertido, en los hechos, en un país de destino de flujos migratorios que antes sólo atravesaban su territorio. Pero esa transformación ocurrió sin políticas públicas integrales, sin planeación y sin un andamiaje institucional capaz de responder al cambio.
El sistema de refugio es un ejemplo claro. La Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados opera bajo una presión creciente sin haber sido fortalecida con los recursos necesarios. Se le exige resolver más solicitudes, en menos tiempo y con menor presupuesto.
El resultado es un modelo que contiene personas, pero no las integra. Que retiene poblaciones, pero no les ofrece condiciones reales para rehacer su vida. México se convierte así en un país donde quedarse no siempre significa vivir mejor.
Celebrar que las personas migrantes quieran permanecer en México sin reconocer que la mayoría no encuentra empleo es una omisión grave. Más aún cuando esos datos provienen de las mismas instituciones que aplauden el cambio de narrativa.
Si México va a asumir su papel como país de destino, deberá hacerlo con seriedad: fortaleciendo su sistema de refugio, abriendo rutas formales de empleo y dejando de confundir permanencia con integración. De lo contrario, el aplauso internacional seguirá contrastando con una realidad marcada por el desempleo y la precariedad.
Así las cosas, en este 2026 le deseo un gran año para usted y su familia, que haya mucho amor, trabajo y salud.