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OPINIÓN

Cuando la realidad se descarrila: México y la tragedia

Dioses, mitos y responsabilidades terrenales en el Día de los Santos Inocentes

David Córdova Tello

Licenciado en Relaciones Internacionales por la UNAM con maestría en Administración para la Seguridad y Defensa Nacional. Analista y consultor en seguridad, inteligencia y análisis político, especialista en análisis estratégico. Ha ocupado diversos cargos en instituciones como el CISEN, la Secretaría de Seguridad Pública y el INE.

Miércoles, Diciembre 31, 2025

Todo apuntaba a que, después de la celebración navideña —que, por cierto, cada año pierde significado y relevancia, avasallada por el consumismo en una sociedad sin rumbo y a la deriva— tendríamos el goce de una pausa necesaria para reflexionar y prepararnos, con algún resabio de esperanza, para recibir el año nuevo 2026, que de por sí, no pintaba nada bien.

No esperábamos que la realidad construida a lo largo de los años recientes cambiara súbitamente, pero al menos creíamos, ilusamente, que dejaríamos por unos días las malas noticias, solo salpicadas de notas rojas que, como plaga, son ya una tradición decembrina nacional.

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Ya estábamos dispuestos a relajarnos un poco —aunque nunca hay que descuidarse—, pese a que José Ramón López Beltrán, el primogénito de nuestro expatriarca, se empeñaba testarudamente en amargarnos la Navidad con sus compras de lujo en Hermes y Loro Piana, en el exclusivo vecindario de Westwood. Se escondía —tratando de aparentar ser un jeque petrolero relajado, enfundado en pants de marca— para evitar restregar sus excesos y extravagancias de mal gusto a millones de mexicanos en situación de pobreza, a seguidores de AMLO que siguen creyendo en el mito fundacional de “primero los pobres” y al resto de la nación.

Cuando menos lo esperábamos, cual pasaje de mitología griega, apareció la tragedia: el Tren Interoceánico, en su Línea Z, se descarriló con un saldo funesto —hasta ahora— de 13 muertos y decenas de heridos.

No podíamos imaginarnos que México, y en particular la presidenta Claudia Sheinbaum y su partido político, pudiéramos tener tan mala suerte. Que los dioses se ensañaran con tal castigo, como si estuvieran furiosos por nuestros actos. Eso no es normal; no le ocurre a ningún ser terrenal, por más que los dioses estén en su contra. Ni el karma ni la providencia ni la suerte —según las creencias o el escepticismo de cada quien— pueden actuar de tal forma contra una nación tan noble como la nuestra.

Acabamos de abarrotar la Basílica de Guadalupe con 13 millones de peregrinos, pero nuestro destino —que parece manifiesto— se empeñó en recordarnos lo mal que andamos y que ningún riel, menos si está mal construido, sirve para reencauzar nuestro futuro.

Tal era el espacio de remanso que creíamos ganado, que, hasta las llamadas de extorsión, nacionales e internacionales, que azuelan nuestros teléfonos móviles diariamente, tomaron un respiro en esos días. De cinco o seis llamadas al día en promedio, llegamos al récord de cero. Bendita paz, sin timbres.

Para colmo de los males, y como cruel ironía que no admite perdón alguno, ocurrió justo en el Día de los Santos Inocentes. Vaya puntería de las alturas. En un país que se ríe siempre de su mala fortuna, que se pitorrea de sus fracasos y que siempre tiene un meme a la mano para cualquier catástrofe, la muerte de 13 personas representó el broche de oro para coronar un año gris tirándole a negro azabache.

Maldita sea la suerte. El mortal accidente tuvo como escenario un tren altamente criticado y cuestionado, una de las obras emblemáticas de AMLO y la llamada 4T. Una construcción plagada de corrupción, dudas técnicas, financieras y de elevados costos desde su arranque, donde una vez más los actores protagónicos del escándalo son el hijo pródigo, Andy López y sus carnales, y los infaltables infantes de Marina, que se han llevado los Óscares del año.

“Cosas veredes, Sancho, que farán fablar las piedras”. No bastó con el encallamiento del buque escuela Cuauhtémoc en el icónico puente de Brooklyn, del cual no ha habido responsables, ni ceses, ni investigaciones. No bastó el escándalo del almirante y exsecretario de Marina, Rafael Ojeda, y sus sobrinos Manuel y Roberto Farías Laguna, encabezando el huachicol fiscal con un daño al erario de 600 mil millones de pesos. Tampoco fue suficiente el accidente aéreo en Houston, con muertes de por medio.

Los dioses decidieron cargar toda su cólera, particularmente contra el secretario de Marina, Raymundo Pedro Morales —nacido en Oaxaca, nadie es profeta en su propia tierra—, quien fue responsable de dirigir la construcción del hoy defenestrado tren que colapsó irremediablemente.

Una historia lamentable de una institución noble y reconocida, que dilapidó su fama y prestigio por complacer los designios de un ser terrenal que aspiraba a convertirse en dios y rebelarse contra el Olimpo. Los infantes de Marina deberán reflexionar sobre la conveniencia de regresar a las aguas y reencauzar su trayecto para bien de México y de ellos mismos.

Tuvo que suceder una tragedia nacional para desnudar lo que todos sabíamos: una obra quizá útil y necesaria, pero mal planeada, peor ejecutada y pésimamente dirigida, que hoy cobra vidas inocentes. La presidenta Sheinbaum afirmó que los ferrocarriles son muy seguros, lo cual es cierto, pero olvidó señalar que esto aplica para Japón y otras naciones con estándares de primer mundo.

El tren Shinkansen, mejor conocido como Tren Bala, recorre Japón desde 1964. La línea Tokaido, que conecta Tokio con Osaka, no ha enfrentado un solo percance mortal en 60 años. En contraste, el Tren Interoceánico, inaugurado apenas el 22 de diciembre de 2023, enfrentó en solo dos años, su primer accidente mortal, con 13 personas fallecidas.

Son muchas las lecciones que debemos aprender de este y otros episodios nacionales, si de verdad queremos cambiar el rumbo y bajarnos del oscuro vagón en el que nos han querido embarcar con patrañas y engaños.

Por cierto ¿por qué seguimos empeñados en alimentar el hartazgo social y estirar más y más la liga?, ¿hasta dónde resistirá sin provocar un cisma?

Posdata. Para deleite de los oídos de Trump —que ya dio un paso más fuerte en Venezuela— Rocío Nahle, gobernadora de Veracruz y su fiscal, acusan a un periodista del sutil e insignificante delito de terrorismo y lo encarcelan. Pronto la presidenta cayó en cuenta de otro de los inéditos deslices veracruzanos y la hizo recular, aunque solo a medias.

Los periodistas: no serán juzgados por terrorismo —para eso tenemos coches bomba, minas antipersonales, drones, ejecuciones masivas—, pero sí serán acalladas sus plumas y voces. Esto ocurre, según Artículo 19, también en Michoacán, Campeche, CDMX, Jalisco, Oaxaca y Puebla. Mal presagio para la libertad de expresión para 20

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