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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Juventud: razón y justicia

Su exigencia de razones y de justicia no ha sido respondida por el régimen actualmente gobernante

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Noviembre 19, 2025

Si algo caracteriza a la juventud es, precisamente, su afán de justicia y su exigencia de razones. Sus formas de expresarlo suelen ser la rebeldía y la energía; a diferencia de las personas mayores, que por su experiencia en los asuntos vitales la piensan mucho, las y los jóvenes desean transformar al mundo, aquí y ahora; de ahí su impaciencia, sus arrebatos, sus pasiones. Ante la “denuncia” de Claudia Sheinbaum de que la marcha del 15N era un “compló”, ellos manifestaron que el hartazgo es real (1).

Justamente eso es lo que el régimen morenista encabezado por Sheinbaum no quiere ver, mucho menos escuchar. Ni Díaz Ordaz hizo oídos sordos a los reclamos juveniles en su quinto informe de gobierno (1969), después de la masacre del 68:

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“Ponga la juventud su rebeldía, su espíritu innovador, sus energías creadoras al servicio de las causas más elevadas de México. Aportemos nosotros la experiencia adulta, no para imponernos, sino para imbuir el espíritu de ponderación y tolerancia con que los hombres deben juzgar siempre los actos de los demás hombres.

“Las tareas nacionales reclaman la cooperación de todos y será preciso no estorbarlas con odios y rencores estériles. Como cualquier otro pueblo de la Tierra, tenemos discrepancias y contradicciones; pero precisamente porque las hay y las habrá siempre, debemos reforzar nuestra capacidad de diálogo, de comprensión recíproca, de inteligencia, para hacer de la sociedad mexicana una comunidad de intereses superiores, a cuyo amparo podamos crecer y prosperar, como individuos y como pueblo.” (2).

La mandataria dio palo con todo; descalificó las protestas que no sólo se expresaron en la Ciudad de México, sino en otras entidades y ciudades del país. Más aún, no tomó en cuenta que había, además, adultos, adultos mayores, familias enteras y niños. Ciertamente, hubo violencia en el Zócalo capitalino. Un grupo se encargó de provocar, vandalizar y agredir a la policía. Pero ésta cargó con todos, incluso con manifestantes que, sin vela en el entierro, expresaron sin violencia su incorformidad. Esto es real.

Lo que el régimen quiso imponer fue una narrativa no sólo del complot, sino de que la paupérrima y casi difunta oposición fue la que maquinó todo. No importa para él y sus publicistas e ideólogos la inseguridad, la violencia y, en algunas regiones, el baño de sangre que sufre el país, sobre todo en algunas regiones como Michoacán, Sinaloa, Guerrero, Guanajuato, Chihuahua y, sumado a la lista, Puebla, donde hubo masacres en un centro nocturno y en la Central de Abasto. Ejecuciones y muerte se normalizan.

Para el régimen, cegado por su ideología y sus alianzas —explícitas y de facto— con los grupos criminales, lo más importante es la conspiración de grupos extranjeros y de la oposición que busca desestabilizar su gestión y no tanto el dolor del pueblo que sufre. Todos los que se le oponen no son parte del “pueblo”, porque éste —según su narrativa— está con él, lo apoya, lo respalda. El 54 % que el régimen consiguió en las urnas, lo incrementó al 74 % en el Congreso de la Unión cooptando, amenazando.

Las y los jóvenes han visto eso. Han visto no sólo el ensangramiento del país, sino la violencia misma de la que son víctimas en cualquier lado y a todas horas. Han constatado el desmantelamiento del sistema educativo, del sistema de salud, de la misma sociedad civil en su diversidad y pluralidad. Su exigencia de razones y de justicia no ha sido respondida por el régimen actualmente gobernante. Las principales figuras de éste, comenzando por la mandataria, les han dado la espalda. Lo constatan.

Aunque sea un puñado de jóvenes, ha logrado despertar a una sociedad adormecida por los diversos ataques que padece: 1) La falta de acceso a una educación realmente integral y de calidad, no ideologizada hasta las cachas; 2) El desmantelamiento del sistema de salud y los negocios de una nueva oligarquía auspiciada por los hijos del tatiasca morenista; 3) La opacidad sistemática de un régimen que gobierna de espaldas al pueblo; 4) La demolición de la república; 5) La violencia generalizada.

Las y los jóvenes, aunque no tengan experiencia ni conciencia histórica madura, perciben con olfato fino las injusticias y las faltas de razón. Ciertamente, pueden ser manipulables por una beca; en casos de necesidad, por el dinero fácil; pero, en su favor, tienen sensibilidad mayor para percibir dónde y quiénes son injustos, dónde y quienes ofrecen razones de su sensatez y de su honestidad. Saben que se les ha arrebatado su futuro, que este régimen no mira al futuro, sino al pasado, culpándolo.

Es innegable que han despertado ellos mismos y han despertado a la sociedad. Son un puñado, puede ser, pero su energía puede ser suficiente para un cambio positivo, para una auténtica transformación de la sociedad, del Estado y del mercado; pueden cohesionar a los diversos ámbitos de la actividad cotidiana del país: la familia, la escuela, el trabajo, la sociedad y la política. Con todo ello, si siguen reclamando justicia y verdad, siendo rebeldes y portando energía, pueden hacer un México mejor.

Referencias
1) Verónica M. Garrido/ Rodrigo Soriano, “No me interesa quién convocó la manifestación. El hartazgo es real”, El País, 15/nov/2025, https://goo.su/CnORx.
  2) Gustavo Díaz Ordaz, “1969 Quinto informe de gobierno”, Memoria política de México, Edición perenne 2025, https://goo.su/XjxcZYW.

 

 

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