Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

El Papa Máximo al desnudo

He aquí que estamos metidos en el problema más importante del sexenio y quizá de varios

Roberto Borja

Economista y politólogo. Ha sido profesor e investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México, Universidad Autónoma Metropolitana y de la Universidad Autónoma de Puebla. Director del suplemento Cambio de Rumbo del STUNAM y miembro del Consejo Consultivo de Save Democracy.

 
 
 
 

Miércoles, Noviembre 19, 2025

He ubicado históricamente a la 4T en la tradición muy mexicana del cesaropapismo, inaugurada por Benito Juárez y perfeccionada por Andrés Manuel López Obrador, pues ambos hicieron sacerdotal la presidencia; aquél usando su eterna levita negra y éste recurriendo al púlpito mañanero.

Pero el perfeccionamiento del cesarismo no solo fue formal sino que AMLO también supo darle un contenido más clásico: en lugar de los “sin calzones” (sans culottes) del bonapartismo francés, se hizo de una base social otorgando a los necesitados una pensión del bienestar sin intermediación alguna; ejerció descaradamente sus poderes metaconstitucionales (no me salgan con que la ley es la ley porque me debo al pueblo y el pueblo soy yo); le dio protagonismo al Ejército y la Marina en las más diversas e inimaginables funciones; se alió con sectores importantes del empresariado e incubó una nueva burguesía de compadres; incorporó al viejo y nuevo sindicalismo; eliminó a los órganos de control autónomos y de participación de la sociedad civil en los asuntos del Estado; mantuvo la polarización ideológica y política para alimentar el imaginario de sus bases y, por supuesto, además de muchos otros, usó el púlpito desde la mañanera, que cerraba perfectamente la dualidad del funcionario y el sacerdote.

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Una vez que designó a su sucesora, diseñó el Plan C para terminar de cimentar el segundo piso de la 4T, y que Claudia Sheinbaum ha seguido al pie de la letra. Las reformas judicial, de la Guardia Nacional, del control de la población, de la Ley de Amparo y próximamente de la ley electoral, entre otras, han terminado por construir el esqueleto institucional de la autocracia y que, en el desarrollo de su musculatura, bien pudiera dar paso a una dictadura, ya sea con Morena o quien quiera aprovecharla.

Unos meses después sucedió lo imprevisto: al avanzar la nueva Papa (con doble “a”), en la necesaria aplicación de una política de seguridad que mínimamente respondiera a las demandas del presidente Trump respecto del fentanilo, ha quedado al descubierto y a pleno sol, otro de los rasgos principales del sexenio anterior y que se escondió (para quien no quisiera verlo) atrás de la política de “abrazos, no balazos”: la cesión de poder y territorio al crimen organizado, pero subordinado y articulado al orden hegemónico a través de la corrupción, tan demagógicamente combatida, pero multiplicada casi hasta el infinito.

¿Por qué digo que ahora se ha hecho visible para todos? Porque Claudia Sheinbaum, al tener que hacer algo para combatir al crimen organizado, ha dejado en claro que antes se le protegía porque estaba plenamente coludido con el Estado. Apenas y avanzó un poco resultó que, por lo menos dos secretarios de Estado del gobierno anterior apadrinaban la acción de varios cárteles dedicados a las drogas, la extorsión, el contrabando de combustibles, entre otros negocios, bajo un manto de corrupción que abarca a varios gobiernos estatales, secretarías federales y múltiples empresas y personas. Nada menos, ni nada más, que los Secretarios de Gobernación y de la Marina del gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Y he aquí que estamos metidos en el problema más importante del sexenio y quizá de varios sexenios, pasados y futuros.

El cesaropapismo personificado por Claudia Sheinbaum Pardo tiene un gravísimo problema en la piedra angular de su construcción: ¡el Papa anterior no ha muerto! Y ella no alcanza a llenar ninguno de los dos papeles, ni el de la dirigente del Estado, ni menos aún el de sacerdotisa. Por sus cualidades personales jamás alcanzará a ser sacerdotisa y como dirigente del Estado, la tarea aparece como muy superior a sus fuerzas y quizá por ello ni siquiera se la plantea.

Ni por un momento pienso que la Presidenta participe en la colusión de intereses con el crimen ni con la corrupción. Antes, al contrario, al acompañarse de Harfusch y asestar algunos golpes a los cárteles, podemos ver no solo actos para diferenciarse simbólicamente del pasado, sino atisbos de una política distinta, pero que, paradójicamente, no hacen sino subrayar y denunciar la colusión y la corrupción del primer Papa.

Su paciencia infinita, su mentalidad calculadora y la cercanía con AMLO, le permitieron ser la gran elegida. Pero al avanzar en su administración, o su velo ideológico y político le impiden ver soluciones al problema, o de plano el poder del Papa máximo es demasiado para sus fuerzas y no tiene otra que someterse y quizá patalear un poco.

Por supuesto que no es una Generala, como sí lo fue Cárdenas el mayor, para mandar al exilio al Papa Máximo López. Además de que, por supuesto, AMLO jamás aceptaría tal papelón, habiendo nacido para ser inmortal.

Pero, ¿existe otro camino? Claro que sí: La Presidenta, en lugar de quedarse en la superficie, deteniendo solamente a los chivos expiatorios, manteniendo a los mexicanos en la prisión del dominio de los verdaderos jefes, decide ir al fondo para extirpar el terrible cáncer que sufre nuestro país. No es necesario meter a la cárcel a AMLO; se puede negociar como se hizo con el General Cienfuegos, por aquello de la seguridad nacional.

Las causas de la violencia del crimen organizado no se encuentran en la pobreza sino en la gran rentabilidad de los negocios prohibidos por la ley, por la ausencia de otras alternativas de empleos y negocios decentes y, por supuesto, por una demanda producida por la insatisfacción en las condiciones de existencia para muchos, en todas las clases y grupos sociales.

La ilegalidad y por consecuencia, la enorme rentabilidad de esas actividades, reducen a cero el valor de la vida de los individuos. La violencia que caracteriza a dichos negocios es por ello su manera de ser. La lucha contra los cárteles de la droga, del huachicol, de las armas, de la trata de personas y de la extorsión, debe ser efectiva y a fondo, nacional e internacionalmente.

La Presidenta podría prepararse para llevarla a cabo. En un doble sentido: Nacionalmente, convocando a todas y todos los mexicanos, cualquiera que sea su ideología o posición política –porque es la Presidenta de todos–, a construir un gran pacto democrático que respalde esa lucha.

Internacionalmente, convocando a las Naciones Unidas y a los países más afectados para diseñar y operar una política (que vaya a las causas y a las consecuencias), mundial y regional, para eliminar a los cárteles y su violencia criminal. La colaboración con los Estados Unidos tendría el marco adecuado para que se sumen todos los países, soberanamente y sin subordinación, a la vez que los obligaría a ya no andar hundiendo lanchas y matando gente sin restricción alguna.

La Presidenta puede tomar las riendas y encabezar la lucha más anhelada del pueblo mexicano: la construcción de la paz.

Y entonces desperté para volver a la pesadilla. O ¿cómo era?

Pues infortunadamente todo parece indicar que ya se ha sometido. Los hechos de las semanas posteriores a la gran encuerada de Adán Augusto López y de Rafael Ojeda, y por ende del jefe de ambos y de todas y todos, y la reacción frente al asesinato del alcalde de Uruapan, así lo atestiguan.

La emboscada y el montaje para desvirtuar la marcha del 15 de noviembre, aprovechando sus defectos de convocatoria, vienen a subrayar que Claudia Sheinbaum no tiene los tamaños para encabezar la demanda principal de la sociedad mexicana por la seguridad y la paz y que ya se decidió por defender al régimen del cuál apenas es una pieza secundaria.

Y lo menos deseable, que el desarrollo de la musculatura de la autocracia institucional creada, ha dado su primer paso hacia la dictadura activa.

Creo que se asustó al desnudar a López y a Ojeda pues lo que vio fue un abismo en el cual podía caer. Su Papá se le apareció por fin en su plena desnudez: el gran corruptor de la sociedad y de las instituciones del Estado mexicano y el jefe Máximo de la Gran Mafia que encabeza y administra a los cárteles que desde hace muchos años tienen sometida a toda la población.

La Cuarta Transformación de la Vida Pública Nacional ha significado el encumbramiento de la gran mafia del crimen organizado bajo el color guinda de la sangre y el olor putrefacto de la corrupción.

Y en el colmo de la ingenuidad o de la transfiguración idiota de la vieja izquierda, algunos de sus personeros afirman que la autocracia construida es en realidad la forja de la voluntad transformadora que, ya sin los obstáculos, podrá llevar los cambios revolucionarios iniciados con los programas sociales (y que nunca hemos sabido que quieren además de usar políticamente a la pobreza para aumentar su poder), siempre y cuando se hagan en el marco del Tratado de Libre Comercio y no vayan a fondo en el asunto de la seguridad, la violencia y la Paz.

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