No cabe duda. Para el gobierno de Sheinbaum habrá un antes y un después luego de la desafortunada muerte de Carlos Manzo.
Y es que el hecho, desafortunado en sí, vino a ser el parteaguas para terminar de decir con todas sus letras que el de Sheinbaum es lo más parecido a un narcogobierno.
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Manzo, ya todos lo sabemos, había enfrentado al crimen organizado abiertamente, sin cortapisas, sin tapujos. Algo así como lo quisiéramos hacer todos, nada más que no todos tenemos el valor que él tenía. Y esa característica de hombre bragado y franco, hizo que su imagen creciera hasta convertirse en un personaje nacional.
Me quedan dudas si realmente era o parecía ser una competencia para la Presidenta, quiero decir para el gallo de Sheinbaum para el sexenio que viene, que cuyo perfil más claro hasta ahora parece ser Harfuch. Sin embargo, de que se convirtió en una figura nacional, admirada por su valor y por ser precisamente la antítesis de Sheinbaum en su supuesta lucha contra el crimen organizado, es un hecho.
Y por si se dudaba de lo anterior, con su muerte, lamentable de nuevo, quedó comprobado que lo era, y que logró tambalear los cimientos de la Cuatro T.
¿Y cuál fue la respuesta de Sheinbaum?
Una respuesta tibia. Timorata, débil, titubeante, tal como es la característica de la Presidenta.
Y lo peor, tras las breves condolencias, comenzó con su rosario de culpas. El mensaje parecía ser: no importa que haya muerto, importa que no afecte a nuestro movimiento. Así de rapaz, así de carroñera.
Y sí, culpó a Calderón, por mucho que esto parezca un meme. Y a la oposición en general, dizque de tratar de lucrar con el homicidio. Poco faltó para que dijera: Pues ni que fuera para tanto.
La caja china
Y como queda claro que sus asesores captaron de inmediato que dicho discurso, más digno de un bravucón de cantina que de un jefe de Estado, más que abonar a engrandecer su imagen, ayudó a hundirla más, se les ocurrió la brillante idea de crear una caja china o distractor, que lograra desviar la atención del homicidio.
¿Qué podemos hacer? Se estarían preguntando los asesores. Y la idea fue genial: hagamos que la presidenta sufra un acoso. Y ahí estuvo que la señora decidió –en un país donde asesinan a alcaldes en eventos públicos- sin más ni más salir a la calle sola y dejar que la gente la aclamara, como para que vean los opositores y el mundo que el pueblo la quiere y que, además, la inseguridad, así como la pintan, realmente no existe.
Y entonces ocurrió el acoso. Un sujeto, con corte de cabello y facha de militar, se le acercó y comenzó a tocarla y ella quitada de la pena, como si no ocurriera nada, no pareció oponer resistencia. Cuando alguien se fue sobre el manoseador para retirarlo, ya fue que volteó y le dijo algo. El montaje estaba consumado.
Lo demás fue lo que ya sabemos. El Congreso, las diputadas morenistas, la burocracia en general, gobernadores, funcionarios públicos, dirigentes de Morena y un largo etcétera, es decir, toda la estructura de gobierno, comenzaron a lanzar condenas al “acoso” que sufrió la Presidenta, logrando a medias meter al debate la narrativa, pero logrando así, distraer un tanto el tema del homicidio.
Sin embargo, digo que a medias, porque el montaje fue tan burdo que en las redes sociales el término no deja de mencionarse, haciendo que el tema del homicidio, se recuerde aún más.
En fin, esa es la Cuatro T. Un movimiento que dice ser todo lo bueno de este mundo –no tiene mácula, según su propia narrativa- pero que, en la práctica, sabemos que son perversos como el que más. De hecho, ya lo dice el refrán: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”.