Miércoles, 3 De Junio De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Educación sin esfuerzo, con placer

Se observa en prácticas educativas una especie de condena al esfuerzo y de rechazo a la disciplina

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Noviembre 3, 2025

…los seres humanos deseamos la felicidad y ésta no se alcanza en situaciones de sufrimiento, hambre, enfermedad o la miseria…, pero tampoco en el ansia exclusiva de hedonismo y comodidad. Es necesario, pues, clarificar y distinguir entre la libertad y la anarquía, la alegría y el hedonismo, o a felicidad y la comodidad. El progreso del saber y de la ciencia nos va deparando, de modo continuado, una vida más cómoda, más fácil y, por lo mismo, más humana. Pero en este progreso se da también una «cara oculta», otra dimensión, que conviene descubrir, analizar, y criticar abiertamente.
Una de las contradicciones de nuestra sociedad de bienestar es la infravaloración de todo esfuerzo, sin el cual no es posible, en múltiples ocasiones, alcanzar valores en alza, tales como la libertad, la autonomía, el autodominio, la solidaridad o la tolerancia. Contradicción que los educadores hoy hemos de saber mostrar y demostrar, pues no es posible alcanzar la meta despreciando el camino que conduce a ella.

Enrique Gervilla Castillo. Pedagogía del esguerzo y cultura del placer, pp. 97-98.

En las semanas pasadas he visto y escuchado en piezas publicitarias y posteos de redes sociales diversos anuncios que ofrecen diseñar logotipos e imágenes corporativas de empresas sin esfuerzo, bajar de peso sin duras disciplinas de dietas o ejercicios, obtener rendimientos económicos para los ahorros sin ningún riesgo ni necesidad de trabajar o consultar a expertos, etc.

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Todas estas ofertas me han llamado la atención y me han vuelto a hacer pensar en el por qué hoy se buscan programas educativos de distintos niveles en poco tiempo y sin necesidad de procesos pesados, trabajo riguroso o disciplina sostenida. Quienes colaboramos en universidades que se esfuerzan por ofrecer una educación de calidad e invierten en instalaciones, equipos y profesorado acreditado y prestigiado que pueda promover aprendizajes de alto nivel, escuchamos desde hace años ofertas de programas de licenciatura y posgrado en tiempos increíblemente reducidos y precios igualmente bajos.

Bachilleratos en seis meses, licenciaturas en año y medio o dos años, maestrías y doctorados de continuidad que implican año y medio para obtener ambos grados y muchas otras ofertas muy atractivas para quienes lo que necesitan es un título que acredite que poseen cierto nivel de estudios, aunque estos títulos no reflejen una formación acorde con las exigencias razonables para garantizar los aprendizajes mínimos necesarios para ser competentes en un empleo y muchos menos el desarrollo de cualidades indispensables para ejercer una ciudadanía responsable que contribuya a transformar a la sociedad hacia el bien común.

En algunos artículos previos he mencionado la cultura imperante en nuestros días en la que se nos impone la llamada happycracia, la obligación de ser felices desde un concepto de felicidad relacionado con el tener, con el influir, con el dominar, con el ser reconocido, más que con el realizarse como seres humanos íntegros e integralmente plenos, con vidas que tengan sentido porque son sistemáticamente reflexionadas y llevan al disfrute de tantas cosas que no tienen precio pero implican un gran valor para ser auténticamente humanos como la belleza genuina natural o artísticamente creada, la amistad profunda y sincera, el gozo de desarrollar conocimiento sobre distintos campos del saber, la plenitud del amar y ser amados, la experiencia espiritual que nos permite saborear pequeñas pruebas de lo trascendente.

La semana pasada hablaba en este espacio de la falsa sensación de libertad que caracteriza el mundo contemporáneo que nos esclaviza aún más porque según Byung-Chul Han, nos hace autoexplotarnos sin necesidad de que haya alguien que externamente lo haga. Somos nuestros propios capataces que nos auto obligamos a trabajar más con la falsa idea de que lo decidimos por nosotros mismos, para rendir más y lograr una vida mejor.

Esta es la paradoja del mundo que nos ha tocado vivir en medio de la crisis civilizatoria que algunos señalan como el fin de la civilización occidental como la conocemos después de milenios de construcción de significados, valores, sistemas de organización, instituciones, creencias, lenguaje, verdades, conocimientos y culturas diversas pero enraizadas en ciertos elementos comunes: por una parte, vivimos en una cultura de la falsa libertad que nos lleva al cansancio, al aburrimiento y a la falta de sentido pero por otra, la misma sensación de autonomía creada por el mercado nos ofrece miles de opciones de puertas falsas hacia el placer que para muchos parece ser hoy el dios al que todos adoramos.

Todas esas ofertas de placer a través del consumo de cosas materiales -la compulsión de comprar-, de placeres sensoriales -la compulsión de gozar-, de ilusiones de autoayuda y felicidad psicológica -la compulsión del sentir- y aún de promesas de vida eterna -la compulsión del vivir experiencias extáticas- pueden obtenerse a plazos, como en todas las tiendas en las que basta sacar una tarjeta de crédito y firmar un documento o poner un NIP.

¿Por qué la educación estaría exenta de esta cultura del placer inmediato y pagado a plazos sin necesidad de esforzarse en trabajar, ahorrar y esperar tiempo para lograr lo que se desea? ¿Qué tendría de especial la escuela o la universidad como para pedir un esfuerzo y un trabajo con disciplina y concentración que todas las demás áreas de la vida no exigen?

Como dice bien Gervilla, todos los seres humanos deseamos la felicidad y este deseo es contrario al dolor, al sufrimiento, al hambre o a otras situaciones desagradables que tiene la vida de muchos millones de personas. Pero como afirma también este autor, la felicidad tampoco puede consistir en un ansia exclusiva de hedonismo y comodidad como la que nos vende la sociedad actual de la happycracia y la falsa sensación de libertad, porque esta ansia de placer superficial y momentáneo, de confort sin esfuerzo y de comodidad regalada nos conduce en el fondo al cansancio, al aburrimiento y al sinsentido en el que hoy nos encontramos.

Sin embargo, las instituciones educativas no solamente no parecen estar resistiendo esta pulsión del hedonismo y la comodidad sino más bien uniéndose a ella. Porque cada vez más se escucha en los discursos pedagógicos y se observa en las prácticas educativas una especie de condena al esfuerzo y de rechazo a la disciplina y a la frustración que implica todo aprendizaje realmente significativo. Los padres de familia están aún más claramente del lado de esta cultura del placer y en contra de que a sus hijos se les exija esfuerzo, trabajo, disciplina y rigor. Menos aún de que se les llame la atención para que mejoren sus hábitos de estudio, sus actitudes hacia el aprendizaje, sus comportamientos egocéntricos o incluso violentos en contra de sus compañeros y sus muestras de poco respeto al trabajo docente y a toda figura de autoridad.

Cada vez miramos más niños, adolescentes, jóvenes y adultos que como dice Eduardo Caccia en un artículo sobre la IA  buscan más el resultado que el proceso, el punto de llegada que el camino, el título o el diploma más que el esfuerzo, la constancia, la disciplina y el proceso gozoso pero también doloroso a veces de crecimiento que implican llegar a obtenerlos.

Resulta mucho más fácil comprarlos en pagos y plazos chiquitos, en una de esas tantas instituciones que simulan educar, pero más bien venden falsos sueños de superación que alimentan la ilusión de libertad y progreso sin dolores ni contratiempos, que conducen a esas posiciones económicas que simulan dar la felicidad, para las que son más útiles los conocidos que los conocimientos.

                       

 

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