La tesis que yo exponía es, efectivamente, irritante: la ilimitada libertad individual que nos propone el neoliberalismo no es más que una ilusión. Aunque hoy creamos ser más libres que nunca, la realidad es que vivimos en un régimen despótico neoliberal que explota la libertad. Ya no vivimos en una sociedad disciplinaria, donde todo se regula mediante prohibiciones y mandatos, sino en una sociedad del rendimiento, que supuestamente es libre y donde lo que cuenta, presuntamente, son las capacidades. Sin embargo, la sensación de libertad que generan esas capacidades ilimitadas es solo provisional y pronto se convierte en una opresión, que, de hecho, es más coercitiva que el imperativo del deber. Uno se imagina que es libre, pero, en realidad, lo que hace es explotarse a sí mismo voluntariamente y con entusiasmo, hasta colapsar. Ese colapso se llama burnout…
Byun Chul Han. DIscurso de recepción del Premio Princesa de Asturias.
El pasado 24 de octubre se realizó la ceremonia de entrega de los premios Princesa de Asturias en la ciudad de Oviedo. Como es bien sabido y debería ser motivo de orgullo y objeto de mucha más difusión entre nuestros medios, “influencers” y autoridades, hubo dos premios para nuestro país.
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El primero a nivel institucional, que se otorgó al Museo Nacional de Antropología e Historia en la categoría de Concordia y el segundo en la persona de la enorme artista de la fotografía Graciela Iturbide en la categoría de las Artes.
Este prestigiado reconocimiento internacional en el rubro de Comunicación y Humanidades fue concedido al filósofo coreano Byung-Chul Han cuyas obras La sociedad del cansancio, La agonía del Eros y Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder entre, otras, han tenido un enorme eco por sus aportaciones para reflexionar acerca de la crisis social en que vive hoy la especie humana en el planeta.
En su discurso, Han empieza recordando la función central del filósofo según Sócrates expresada en la Apología, el diálogo de Platón dedicado a su maestro, en el que compara al filósofo con un tábano que pica y excita a un noble caballo con el fin de espolearlo y estimularlo. En esta imagen, el caballo es Atenas y entonces la misión del filósofo consiste en agitar, criticar, irritar y recriminar a los atenienses para que despierten y reaccionen ante sus comportamientos rutinarios pero mecánicos y carentes de reflexión y sentido.
Han plantea la forma en que su propia obra ha perseguido esa misma finalidad socrática tratando de irritar e incomodar a esta sociedad del mercado global en la que vivimos todos desde hace varias décadas. En efecto, las ideas del filósofo coreano han resultado muy polémicas por su feroz crítica a la sociedad neoliberal en la que vive el mundo, en la que así como la modernidad mató a Dios y puso en su lugar a la razón, ahora el sistema ha matado a la razón y ha puesto en su lugar al consumo.
En efecto, vivimos en una sociedad encerrada en la dinámica trabajar-producir-consumir en la que lo que Morin llama dimensión prosaica de la vida ha ocupado todo el espacio existencial de la mayoría de las personas en el mundo, algunas por necesidad de supervivencia y muchas otras por elección propia a partir de una especie de trance hipnótico en el que las tiene atrapadas la publicidad, la mercadotecnia y la dictadura de la falsa felicidad sustentada en el tener, el poder y el parecer.
Ya desde La sociedad del cansancio, publicada originalmente en el 2010, Han planteaba el fenómeno de la autoexplotación como propio de este nuevo mundo del mercado en el que todo, incluyendo la vida humana se vuelve objeto de compra y venta y las personas son simples compradoras o se instrumentalizan como marcas que se venden a través de las redes sociales.
Esta nueva forma de auto-esclavitud se presenta en la sociedad neoliberal bajo la falsa apariencia de libertad. Hoy se nos inocula con este virus mediático que nos crea la ilusión de que somos más libres que nunca con el fin de manipular nuestras emociones y pensamientos para poder generar procesos más sofisticados de explotación. Lo que se explota hoy es esa sensación de libertad.
Como dice en el fragmento del discurso que cito en el epígrafe de hoy, en este sistema ya no es necesario regular los comportamientos personales y las relaciones sociales a través de normas y prohibiciones o mandatos, porque se ha edificado una sociedad del rendimiento en la que se supone que hay libertad y que lo que cuenta para la movilidad social son las capacidades.
La sociedad del rendimiento ha quedado atrás y ha sido progresivamente sustituida por esta nueva sociedad donde parece ser que lo podemos todo -con el poder de nuestra firma decía un viejo comercial- y que cada sueño que tengamos basta con decretarlo y desearlo intensamente para poder conseguirlo.
Pero esa sensación de libertad es una trampa que nos lleva a explotarnos a nosotros mismos de forma voluntaria y hasta entusiasta. Creemos tan firmemente en esta oferta de libertad absoluta que trabajamos de forma extenuante y damos horas extra, llevamos trabajo a casa aún en fines de semana o vacaciones porque ese es el camino que lleva al éxito, que no significa la realización personal o la transformación social sino el cumplimiento de todo aquello que nos gustaría tener, desde objetos materiales hasta fama y poder, aunque se sustenten en cimientos tan frágiles como los filtros de las fotografías de un celular o los créditos que nos mantendrán esclavizados el resto de nuestras vidas.
Esta nueva sensación de libertad sin darnos cuenta llega también al ámbito de la educación tanto en lo familiar como en lo escolar. Los padres y madres de familia podemos hablar a nuestros hijos de ciertos valores humanos y llevarlos a cumplir con ritos religiosos o cívicos edificantes, pero en el fondo de nuestros testimonios de vida cotidiana estar enviando mensajes contradictorios y estimulándoles a entrar en esta espiral de tener, poder y parecer en la que lo relevante son las marcas, las influencias sobre los demás y las apariencias eficientes para engañar a través de la construcción de una imagen.
En el campo de lo escolar podemos también incluir asignaturas de formación cívica y ética que les hagan aprender valores, normas, comportamientos y actitudes de respeto al otro, de cuidado de sí mismos, de compromiso con una sociedad justa o de cuidado del medio ambiente, pero también enmarcar estos discursos y contenidos en un clima de convivencia escolar y aúlica en el que se privilegia la competencia, la popularidad, la imagen fingida por encima de la autenticidad y el testimonio de docentes que no viven su práctica educativa como medio de realización con felicidad sino úncamente como forma de supervivencia con resignación.
La formación ética hoy es más que nunca una de las mayores urgencias en el contexto de crisis civilizatoria en que vivimos. Pero una formación ética hoy debe sustentarse en la crítica a estas falsas imágenes de libertad que enmascaran las nuevas formas de dominio y venden imágenes motivacionales que invitan a la autoexplotación entusiasta bajo la apariencia de camino a la felicidad personal.
Ante esta emergencia para resistir esta nueva forma de opresión y explotación, resulta indispensable la educación capaz de cuestionar la ilusión de libertad para luchar por una libertad verdaderamente humana. Si el filósofo es el tábano que irrita, cuestiona, incómoda y estimula al caballo a moverse, tal vez los educadores tengamos que ser los mediadores capaces difundir esa irritación y dinamizar, conducir y acompañar a cada educando y a toda la sociedad cuando empiece a despertar del sueño de esa falsa libertad.