Hay que celebrar sin regateos mezquinos la presencia del gobernador Armenta en la Sierra Norte. Que se interne más allá de la cabecera política de Huauchinango. En los pueblos en que la desgracia se cebó con los más pobres, indígenas nahuas y otomíes, y que escuche con humildad y buen ánimo el reclamo legítimo de los deudos.
Me refiero a las personas que lo perdieron todo: su patrimonio material e incluso a familiares, muertos o desaparecidos. Familias enteras arrojadas, en una sola noche, de la pobreza a la indigencia. Sin techo y sin los utensilios básicos de cocina con que preparar los alimentos indispensables que aseguran la ingesta calórica necesaria para mantener las funciones biológicas del cuerpo humano. La sobrevivencia.
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La pobreza, lo sabe muy bien el gobernador, es sinónimo de vulnerabilidad a las catástrofes naturales. No afectan en las viviendas de La Vista. En un mapa hipotético se puede apreciar la relación directa entre alto y muy alto rezago social y las zonas devastadas por las lluvias, la semana pasada. No hay nada nuevo en mi dicho, y que no sepan los ejecutivos-delegados-orejas de gobierno regados por todo el estado.
Supongo, no los he revisado, que esas zonas ahora devastadas se encuentran debidamente señaladas como de alto riesgo en los planes Nacional de Desarrollo y Estatal de Desarrollo, como establece la legislación que regula la planeación nacional y estatal. Marcadas en color rojo fuerte en los Atlas de Riesgo, estatal y federal. ¿Qué pasó, entonces?
Es de preverse que esos documentos primordiales se encuentran debidamente “actualizados”, con base a los cambios de las estaciones del año, en previsión de eventuales amenazas; los titulares correspondientes “cumplen” con gran eficiencia su chamba de monitoreo permanente. Para prevenir y no lamentar. Porque de su eficaz desempeño depende la vida de millones de personas, como queda demostrado.
No es mal agüero, ni culpa de los afectados por residir en los acantilados de los cerros. Es resultado de un desarrollo desigual que excluye a la población marginada y la constriñe a sobrevivir en las regiones más inhóspitas, sobre cerros y barrancas, denominadas en la literatura con el nombre de zonas de riesgo. Allí fueron enviados los indios nativos por los encomenderos en los primeros años de la Colonia, y allí siguen aferrados a la vida.
La exclusión social, entre otras causas, tiene que ver con la mala calidad de los servicios públicos que presta el Estado; condena a los hijos a morir en las mismas condiciones de inmovilidad social al que fueron condenados sus padres. La pobreza y la marginación extingue los derechos políticos y sociales. La población de estas zonas inhóspitas no son ciudadanos, son súbditos de la política social, y de Su Majestad, El Poder, que todo lo da y todo lo quita.
Por lo demás, es primordial para la buena marcha de los asuntos públicos que el gobernador se reencuentre con las personas que le brindaron su confianza y lo votaron el año pasado, y recupere la identidad de hombre sencillo que lo llevó al punto en el que hoy se encuentra, y salga de la personalidad impostada, que lo hace ajeno y distante, y en ocasiones cae en arrebatos innecesarios, que disminuyen la dignidad que representa.
Es de esperarse que cuanto antes el gobernador Armenta conozca de primera mano el estado de postración en el que quedaron los pueblos de Atlantongo, Mamiquetla, San Pablito, Chilepa, y Chila, en el municipio de Honey, la comunidad otomí más pobre de entre las pobres.
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La pregunta es inevitable.
¿Ante eventos naturales como el de la semana pasada, provocados por lluvias torrenciales, es posible tomar medidas técnicas de prevención y evitar la pérdida de vidas humanas y de patrimonio, o de plano debemos resignarnos ante la fatalidad de que nada puede hacerse ante la furia de la naturaleza, y lo que queda es someternos al designio iracundo de los dioses?
Todo indica que sí se pueden evitar la muerte de personas inocentes, y mitigar la intensidad de sus efectos. De seguirse, claro está, las medidas técnicas en planificación de gestión de riesgos de desastres naturales. Se trata de avances alcanzados en el mundo y en el propio país, del que en algún momento México fue referencia internacional.
Entonces, ¿qué falló? Fallaron las instituciones, las políticas de prevención, pero más que las instituciones y las políticas, fallaron los titulares de las coordinaciones de Protección Civil, federal y estatal, responsables de ejecutar los protocolos de prevención, y salvar vidas.
Nadie fue advertido del peligro que se cernía sobre las zonas de alta riesgo, no obstante que desde el lunes 6, el director del Servicio Nacional Meteorológico y CONAGUA, advirtieron de “condiciones (climáticas) adversas” y de lluvias por lo menos durante tres días seguidos. Se hizo hincapié en el norte de Veracruz, y posteriormente sobre la región de la Huasteca. La información se puede revisar en las plataformas.
La titular de la Coordinación Nacional de Protección Civil, el órgano federal de la jurisdicción de Gobernación, es historiadora del arte. Activista de Morena, jefa delegacional, pero sin ninguna experiencia en el diseño y ejecución de políticas relacionadas con la seguridad de las personas. En Puebla el coordinador es un militar, licenciado en derecho, con muchos cursos en materia castrense. Que no sabe dónde quedan los pueblos de alto riesgo. Entiendo que hay que darles chamba a los amigos de los gobernantes, pero no a costa de la seguridad de las personas.
La señora licenciada en Historia del Arte, Laura Velázquez Alzúa, puede hacer un excelente papel como directora del Museo del Carmen, en la Ciudad de México, e historiar los bienes patrimoniales virreinales que atesora el recinto. Bernabé López Santos puede tener un excelente desempeño en tareas de seguridad, pero no en protección civil.
Los datos al respecto son brutales, por lo que es imperioso que los titulares federal y estatal revisen el desempeño de los titulares correspondientes, y se eviten más muertes innecesarias, personas desaparecidas, desplazadas y pérdidas económicas totales en miles de familias.
El dato oficial: cuarenta por ciento del territorio mexicano y más de una cuarta parte de su población están expuestos a tormentas, huracanes e inundaciones
Chayo News
Con los derrumbes se ha manifestado como pocas veces la solidaridad. En muchos casos, la emergencia ha rebasado a las autoridades. En el día a día van surgiendo nuevos liderazgos sociales y tal vez políticos. Robustecido por la ayuda, en medio del páramo del desamparo. Como antropólogo observador del pueblo de Pahuatlán, me parece importante reconocer el trabajo desinteresado de Manuel Hernández y Gabino Hernández, de la comunidad nahua de Xolotla. Uno por la vía de la comunicación; el otro, por apoyo con víveres. Ambos, ex presidentes de la localidad. En Mamiquetla y Atlantongo, el profesor Rayón tiene un papel relevante, organizando y comunicando. En la comunidad mestiza de Chilapa, reconocimiento a Juan Romero; en San Pablito los jóvenes Daniel Santos y Aurelio Santos. Sin embargo, justo reconocimiento se merece el presidente Eduardo Romero que se ha fajado los pantalones como los buenos, y pese a la tormenta y relámpagos no se baja del caballo. Llama la atención la repentina desaparición del escenario del ingeniero Pedro Téllez, y la presencia de Michel Vargas Aparicio. Todos en lo suyo. Ah, en este momento de emergencia de su pueblo, se perdió en el anonimato Benjamín Ramírez. No dice ni pío.
@ocielmora