Sangre y destrucción serán tan comunes, y espectáculos de muerte tan familiares que las madres no podrán más que sonreír al ver a sus hijos descuartizados por las manos de la guerra
Shakespeare (1)
A once años de la desaparición forzada en contra los 43 normalistas de Ayotzinapa, la impunidad sigue siendo la primacía de norma del Estado liberal. El silencio de los culpables —materiales e intelectuales— y la protección de sus mecenas, es la prueba más clara de que en México la justicia es una ficción de la máquina picadora de carne.
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A unos meses que ingresé de manera furtiva —junto con integrantes del colectivo con el que participo— al falso y simulador Centro Nacional de Identificación Humana (CNIH), ubicado en el estado de Morelos, ese que se pregonaba que sería una institución modelo a nivel internacional, pero que desde su puesta en marcha, tan solo quedó como una obra negra fantasmagórica y devoradora de recursos.
Nuestro propósito fue documentar la farsa institucional del Estado mexicano en torno a la identificación forense y la búsqueda de personas desaparecidas.
En ese lugar —símbolo palpable de la corrupción y del desinterés absoluto por lo humano— en especial, ubicamos una oficina abandonada, rodeada de cajas apiladas y polvo. En una de sus paredes colgaba un enorme cuadro sobre el caso de Ayotzinapa, esa lucha que fue utilizada como plataforma política por el poder gobernante, y que, a once años, no ha alcanzado ni un destello aspiracionista de justicia.
El imaginario de los cuerpos ausentes de los 43 estudiantes de la Normal Rural “Isidro Burgos”, retratados a la perfección en aquella oficina gubernamental, traspapelados e igualmente rodeados de la soledad de aquel lugar. Esto pudiera ser el signo más visible de una maquinaria que no cesa, en que el Estado devora, el capital digiere y la sociedad aplaude sus propios despojos como si fueran inevitables.
Fotografía de autoría tomada en el Instituto de Ciencias Jurídicas de Puebla en 2014, a unas semanas de la desaparición forzada de los normalistas de Ayotzinapa.
Morir por la patria, en una guerra que no todos luchan, es una consigna que legitima la aniquilación y normaliza el desastre. En México, el discurso del sacrificio se ha sofisticado de tal forma, que, ahora se muere por aspirar a la verdad, por la búsqueda de justicia o por intentar tejer la paz; mientras las instituciones estatales hacen de las palabras “fraternas”, un simulacro discursivo en que todos se encuentran, pero no todos entran. Las comisiones, los informes, los peritajes, las mesas de diálogo… todo se vuelve una forma ritualizada para administrar la muerte.
El Estado —ese Leviatán patriotero— ha convertido la falaz búsqueda en una metáfora del progreso moral, mientras esconde, archiva, corrompe y asesina en nombre de la justicia.
Fotografía de autoría tomada en una marcha organizada por estudiantes de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla en 2014, a unos meses de la desaparición forzada de los normalistas de Ayotzinapa.
La guerra interna que aún continúa en México, exige una visión patria que uniforme con oropeles la destructividad, en nombre de los otros que nunca asisten a la sangría, mismos que tienen voz y voto, pero que arrojan a la picadora de carne humana aquello que conviene a las élites y a la reproducción ampliada del capital, pues:
"La imaginación y la construcción de estos cuerpos matables está en el corazón de la ideología de excepción y son el combustible de la máquina caníbal. Soldados, policías, guardias de seguridad y bombero, no menos de insurgentes, terroristas, narcotraficantes y desempleados urbanos, son todos desechables y matables” (2).
Aunque la muerte por la patria, el deber o simplemente por la búsqueda de espacios de justicia, sea concedida como una forma honorable de extinguirse, esa “razón” no deja de ser una coartada para el sacrificio, que desvaloriza la vida como mercancía barata y sustituible, pues “la marca de lo moderno es la violencia” (3) y los cuerpos son el combustible de su reproductividad. Da igual héroe o villano, estudiante o sicario, soldado o madre; bajo la perspectiva de Giorgio Agamben, todos somos vidas matables.
Por ello, ante la aniquilación, redoblan los tambores e invocan disciplina las trompetas leviatanas. Izan la bandera que ondea fulgurosa en vivos: verde, blanco y rojo. Estampada con una bestia depredadora —un águila— engullendo una serpiente — quizá la misma que convenció a Eva para “darse cuenta” de su osadía— y que, ante estos muertos, estos polvos; revoloteando ante un falóptico totémico conocido como lábaro patrio —que se erige hipnotizante— siempre por encima de los que morirán más pronto que tarde, o de los que se desharán a pedazos cual leprosos alienados bajo el fetichismo de la mercancía.
Sonrientes rebosantes, van marchando gozosos hacia su propia destrucción. Mientras una banda sonora recuerda a los héroes míticos y a las víctimas oportunas que dieron: razón, patria y muerte. El “sufrimiento sin sentido” (4) que no es sino la misma forma del sentido que lo reproduce.
En once años, Ayotzinapa ha pasado del horror a la burocracia del horror. La justicia se diluye en oficios, la memoria se doméstica en ceremonias oficiales y la rabia se convierte en un performance controlado para que los mismos emprendan la misma marcha que 10 años atrás, para finalmente, llegar a las mismas puertas, esas que no sea han dejado abrir y que muy posiblemente jamás se abrirán. A la sombra, la esperanza gubernamental que apela al olvido, decantando y criminalizando poco a poco hacia su necesaria extinción.
Así opera la “epistemología de la complacencia”: una estructura que no busca desmontar los mitos fundacionales del poder, sino embellecerlos con oropeles patrios y discursos de verdad. La desaparición forzada de estos 43 o de cientos más, es la forma discontinua del desastre, una herida que no cierra porque su función es precisamente mantener abierta la lógica continua del sacrificio, para ser un recordatorio constante de que hay existencias intrascendentes, cuerpos sustituibles, estadística sin intersubjetividad, voces sin nombre que sostienen la reproducción de la nación.
Ayotzinapa no fue una excepción, fue la metáfora perfecta de la normalidad en el país de la impunidad, para que, de una vez por todas, se entienda cual es el lugar inequívoco para esos: revoltosos, resentidos, campesinos, estudiantes marginados —sin rentabilidad para el capital ni útiles al poder”— que tuvieron que ser borrados sin consecuencia.
Fotografía de autoría tomada en una marcha ciudadana en Puebla en 2016 a dos años de la desaparición forzada de los normalistas de Ayotzinapa.
La bandera ondea sobre fosas, el himno suena sobre la impunidad, y el capital sigue girando, indiferente. Porque en México, morir por la patria no es morir por una nación libre o justa, sino morir para sostener la ilusión de que la patria aún existe. Y ante esa ilusión, los 43 siguen ausentes, el Estado sigue intacto, y sus familias siguen buscando entre los escombros del discurso y la ceniza de los archivos. Ayotzinapa no fue un error, es el rostro visible de la normalidad necrótica mexicana.
En su aniversario once, el silencio de los culpables y de sus mecenas es la prueba más clara de que seguimos muriendo, por nada, por nadie, por la patria.
Fotografía de autoría tomada en 2014, que contrasta profundamente con la actual reaparición pública en México del expresidente, Enrique Peña Nieto, a varios años de la consulta popular para juzgar a exmandatarios.
Fuentes de consulta
1. Shakespeare, W. (2004). Julio César (M. Á. Conejero, Trad.). Espasa-Calpe. (Trabajo original publicado en 1599).
2,3 Whitehead, N. L. (2013). Hambre divina: La máquina de guerra caníbal. Mundo Amazónico, Universidad Nacional de Colombia.
4. Montiel T., F. (2012). Morir por nada: Narcotráfico y violencia de Estado en México. L.D Brooks.
Moraña, M. (2017). El monstruo como máquina de guerra. Cap. III y VI.
Roas, D. (2019). El monstruo fantástico posmoderno: entre la anomalía y la domesticación. Revista de Literatura.