Pensamientos en guerra
quieren romper mi frente
Por caminos de pájaros
avanza la escritura
La mano piensa en voz alta
una palabra llama a la otra
O. Paz, Salamandra, “Interior”,
Obras completas, FCE, t 11: 316.
La escritura configuró un nuevo mundo para el ser humano. Más allá de pensamientos, acciones y sentimientos transmitidos de forma oral, de generación en generación, con la tradición escrita apareció una conservación sui generis del saber humano. Emergió la historia no sólo como condición humana sometida al espacio y al tiempo, sino como un conocimiento, primero, de las gestas divinas, heroicas y humanas y, segundo, como hechos verificables guardados en un pasado constitutivo del ahora.
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Con la escritura comenzó el registro histórico; no en vano los poderosos de todos los tiempos han querido legitimarse en la historia, tratando de registrar sus propias acciones como momentos especiales en el curso temporal de una sociedad o de un pueblo. Por lo que se ha escrito conocemos las grandes culturas clásicas del pasado, como Egipto, Mesopotamia, Israel, China, India. Por la escritura conocemos la tradición greco-latina, el cristianismo, la Edad media, la Modernidad y nuestro tiempo.
En ese sentido, por la escritura ha comenzado la historia registrada, la historiografía. Ha comenzado, más allá de la historia como realidad humana, la historia como conocimiento, como saber, como ciencia, con un objeto de estudio muy claro: verificar que lo que se dice (legendum) sea cierto, verídico, real. Ya no se trata sólo de escuchar grandes hazañas, sino de probar, de alguna manera, que hayan sido reales. Heródoto (484-425 aC) y Tucídides (460-396 aC) iniciaron esa crítica de las leyendas y mitos.
Sin embargo, por la escritura, las mismas leyendas y mitos son registrables, historiables. Así, El libro de los muertos origina y completa la historia de Egipto; las batallas de Gilgamesh la de Mesopotamia y la Torá la de Israel antiguo. Por la escritura apareció el registro, el documento, la huella para acceder al saber y al pensamiento humanos. Ha comenzado tanto la poesía como la historia, luego la filosofía y la ciencia; istorein (griego) significa investigar, indagar, seguir la huella: investigium (latín).
Pero no se trata sólo de dirigir nuestra mirada al pasado, que de suyo es todo un universo. El interés del pensamiento humano, de la inteligencia humana, del ser humano mismo en su integralidad —en toda su dimensión existencial— también se dirige al presente y al futuro. A diario nos levantamos porque esperamos encontrar un presente y un futuro promisorios. Mas somos lo que hemos sido hasta ahora (pasado). Como escribe Jean Guitton: vivimos hacia delante, pero comprendemos hacia atrás.
Vida y pensamiento, existencia y comprensión, pasado y futuro, tienen un vínculo estrechísimo en el yo radicado en nuestro ser, en el yo que es cada uno de nosotros. Por cierto, ese yo no es sino el presente continuo de nuestro ser. Es, en otros términos, nuestro ser durando, persistiendo, en el tiempo y, con otros ojos, en la eternidad. Así, el tiempo y la eternidad, la historia y la plenitud tienen no sólo una dimensión universal, colectiva, de toda la humanidad, sino también personal, individual, de interioridad.
La escritura —que comenzó consignando las epopeyas, gestas y hazañas de los grandes hombres y de los héroes—, al abrir ese universo del saber, también abre los horizontes, los espacios, los abismos de la interioridad. El poeta por ello sostiene, afirma y mira cómo brotan los pensamientos en la frente-mente de la mano que escribe. El trabajo de quien escribe es mirar cómo una palabra escrita sugiere la siguiente para que se teja un texto y se descubra un sentido, un significado.
El significado, ¿se descubre en el texto mismo o se halla detrás del texto? Lo que los ojos leen, ¿es el sentido y/o el significado del que escribió o del que está leyendo? ¿O de los dos? Desde luego, es un problema que la hermenéutica ha planteado y sigue planteando en el vínculo entre textos y contextos. Hay, empero, una imagen poderosa de El hacedor, de Borges, donde la imagen del mundo que se le encarga a un hombre adquiere la forma del rostro de quien lo hizo. Sólo que la descubre al final:
“Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.” (1).
Octavio Paz traslada esa imagen a la escritura —a la obra de un escritor—, donde el vínculo entre escritor y lector va trazando el rostro de uno y de otro. Por un lado, el lector descubre en el texto su propio rostro. De ahí el aforismo de que los libros son como un espejo: nos permite ver lo que somos, mirar nuestro rostro. Por otro lado, los textos son los trazos del rostro del escritor; rostro que, muchas veces, el escritor mismo no alcanza a mirar. Sin embargo, al final de sus días, su rostro queda plasmado en la obra.
El texto, así, se vuelve una suerte de diálogo entre el escritor y el lector, porque en el fondo el autor no es el que hace, sino el que deja que se haga a través de la escritura. El lector descubre su rostro en el texto —como en un espejo que lo refleja—, el cual es también el rostro del autor. “Avanzo lentamente —dice Paz— y pueblo la noche de estrellas, de palabras…” (2). En el poema del epígrafe, el poeta continúa: “En la hoja que escribo/ van y vienen los seres que veo”.
El texto traza el rostro de quien lee y de quien escribe. Es un vínculo que otorga la palabra, el logos, el pensamiento, el lenguaje, a todos los que hablan. Es la chispa divina sembrada en los seres humanos, en su pensamiento y en su corazón. Desde la mirada poética y filosófica, pero sobre todo religiosa y mística, es el don que la Palabra eterna concede a los hablantes para que, mediante la palabra humana, descubran su imagen originaria. Es la tarea que tiene el ser humano a lo largo de su existencia: Unir vida y pensamiento, vida y significado, a fin de saber realmente quién es.
Notas:
1. J. L. Borges, El hacedor, citado en Solo a dos voces, entrevista de Julián Ríos a Octavio Paz; fue publicado por Lumen, Barcelona, 1973; Paz añadió un Post scriptum en 1996 que publicó el Fondo de Cultura Económica, México, 1999. Nosotros usamos: Octavio Paz, Miscelánea III, Entrevistas, Obras completas 15, Círculo de lectores/ Fondo de Cultura Económica, México, 2ª ed. 2003, p. 587.
2. Ib., p. 588.