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OPINIÓN

La universidad colonial

En sus primeros tiempos ganaron el dogma, los privilegios y la trampa, perdió la ciencia

Lorenzo Diaz Cruz

Doctor en Física (Universidad de Michigan). Premio Estatal Puebla de Ciencia y Tecnología (2009); ganador de la Medalla de la DPyC-SMF en 2023 por su trayectoria en Física de Altas Energías. Miembro del SNI, Nivel lll. Estudios en temas de educación en el Seminario CIDE-Yale de Alto Nivel (2016). 

Domingo, Septiembre 28, 2025

La fundación de la Real y Pontificia Universidad de la Nueva España fue una noble intención de Felipe II, preocupado quizás por la educación y seguridad de sus juveniles súbditos. Sin embargo, esa buena intención chocó con la estructura social que se había configurado en esa nueva España.

Seguramente hubo algunos agentes educados, generosos y visionarios que trataron de hacer algo noble, pero el fundar un imperio a partir del saqueo y la explotación de un territorio, borrando las culturas que habitaban en él, no fueron los mejores antecedentes para establecer una sociedad que aspirará a regirse por el respeto a las leyes y el aprecio de la cultura.

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Así desde el mismo nacimiento de la universidad se dieron muchos sucesos que la alejaron de su misión original, y encaminaron su paso para que a fines del siglo XIX los liberales decidieran que era mejor cerrar una institución “que no había tenido ni una sola idea propia, ni realizado un solo acto trascendental en la historia del intelecto mexicano” , según las palabras de Justo Sierra.

Aunque los primeros profesores fueron nombrados por el mismo virrey, posteriormente fue necesario contar con la aprobación de los alumnos para ser catedrático. Y aunque la paga era poca, el prestigio de pertenecer a la universidad era tal que había la tentación para buscarle el modo al proceso. Así, algunos profesores buscaron convencer a los muchachos con alguna recompensa extra. Por ejemplo, en 1653, el doctor Marcos Portu fue acusado de convencer a los estudiantes de sus habilidades pedagógicas con unos catorce mil pesitos de la época.

Favoritismo, nepotismo, eran el pan de cada día. Familias completas se pasaban la estafeta para ocupar la rectoría. Hubo un tiempo en que la ley indicaba que se debía elegir a un estudiante como rector; sin embargo, el cuerpo docente declaraba desierto el concurso al no encontrar candidato idóneo, razón por la cual nombraban a uno de los suyos.

Aunque de inicio se admitió que los indios pudieran estudiar ahí, eran inexistente su presencia. Los mulatos y negros no podían asistir a la universidad, excepto como acompañante de sus amos, y los esperaban afuera de las aulas con tanto ruido que era imposible escuchar la clase. Los chicos guay de la época iban armados, contra el reglamento. Qué tan serios eran los exámenes que hubo el caso de un estudiante que ¡solicitó graduarse en cuatro carreras! Luego llegó a ser rector de la misma universidad.

Los dineros eran escasos, venían del subsidio y de las cuotas para titularse estas eran tan altas que solo los ricos lo lograban. No había recursos para libros, pero sí para asegurar entradas a las corridas de toros de los maestros aficionados a la fiesta brava. Tomó siglos lograr que los profesores empezaran sus clases a la hora indicada.

Cada tanto se discutían los reglamentos de la universidad, y hasta el rey sabía que la corrupción impedía el buen funcionamiento de la misma. Finalmente puso algo de orden el ilustre Juan de Palafox, que dejó una ley más adecuada para el buen funcionamiento de la misma. Sin embargo este reglamento no se aplicó durante casi treinta años, porque el cuerpo docente alegaba que el documento se había perdido.

La universidad se volvió un botín, manejado de una manera patrimonialista, y muy poco ayudó al desarrollo de la nueva España; de hecho, por siglos se opuso a que se fundara otra universidad en Guadalajara. Dominaba la religiosidad y eso hacía difícil el desarrollo de la ciencia. Por ejemplo, la escuela de medicina sufría por la oposición a la disección de cadáveres. En parte por eso mismo se fueron creando otras instituciones más cercanas al pensamiento científico, como el Real Colegio de Minas.

Así, en sus 300 años poco aportó a la educación, y durante el México independiente su estructura colonial la enfrentó con liberales, y no pocas veces hasta con los mismos conservadores. Con un tanto de sorna un ministro de Educación la describió así: “No se puede negar que los estudios actuales son notoriamente más provechosos que los que se hacían en Europa en la edad media”.

Así pues, tal vez se debería matizar cuando se quiere asociar la actual universidad con esa abuela colonial. Mucho tuvo que lucharse para derribar el predominio de ese pensamiento colonial, incluso con protestas estudiantiles, como la huelga que ocurrió en 1875, cuando los hijos de los liberales que habían derrotado a Maximiliano y el imperio francés, se rebelaron contra el autoritarismo imperante en la universidad.

La heredera del pensamiento colonial acabó como una losa autoritaria, sin darse por enterada que los tiempos habían cambiado.

Sin lugar a dudas mucho ha cambiado la universidad pública en nuestro país, pues ha sido el lugar donde se han formado los profesionistas que soportan su estructura económica e industrial, ha sido generadora también de lo mejor de la cultura y ciencia moderna. Sin embargo, cuando vemos los cuellos de botella que impiden el pleno desarrollo de todas nuestras universidades, con sus vicios y abusos, con autoridades que le dan vueltas a las leyes para hacer pasar por democrática una vida universitaria que no cumple con los estándares mínimos de transparencia y buen gobierno, no puede uno evitar el asociar ese comportamiento, con el pensamiento y modos coloniales, que parece que se van, pero regresan o se quedan siempre.

[Fuente: Humberto Musacchio, “La Universidad de México, 1551-2001”, FCE]

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