Un viento de inconformidad recorre el mundo, y sus expresiones suelen aparecer de manera sorpresiva. El pasado sábado 13 de septiembre, Londres fue escenario de dos movilizaciones simultáneas y contrapuestas que sacudieron tanto al Reino Unido como a la opinión pública internacional.
Por un lado, la extrema derecha británica convocó a una marcha bajo el emblema Unite the Kingdom. Al mismo tiempo, organizaciones progresistas y grupos de derechos humanos, encabezados por Stand Up to Racism, respondieron con una contramanifestación en sentido opuesto.
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Antecedentes de las protestas en Londres
Desde el estallido del conflicto Israel–Gaza en octubre de 2023, la capital británica se ha convertido en epicentro de marchas masivas a favor de Palestina y en demanda de un alto el fuego. Estas manifestaciones, cada vez más numerosas, han ocupado un lugar central en la agenda política y social del Reino Unido.
Entre las más relevantes destacan la marcha del Armistice Day del 11 de noviembre de 2023 y las movilizaciones de noviembre de 2024 y marzo de 2025, que reunieron a cientos de miles de personas bajo coaliciones pro-Palestina. El creciente tamaño de estas protestas ha generado una presión social y política sin precedente.
La convocatoria de la extrema derecha
La marcha del 13 de septiembre fue organizada por Tommy Robinson (Stephen Yaxley-Lennon), activista de extrema derecha conocido por su discurso antiinmigrante y anti-islam. La protesta fue presentada como una defensa de la “libertad de expresión” y de la “herencia cultural británica”. También se utilizó como catalizador la muerte reciente del activista conservador estadounidense Charlie Kirk.
El emergente partido Advance UK se sumó como patrocinador, reforzando el carácter político del evento.
La concentración inició a las 11:00 horas en Stamford Street, al sur del Waterloo Bridge, y avanzó por York Road y Westminster Bridge hasta el sur de Whitehall, donde se realizó el mitin final. Según cifras oficiales, participaron alrededor de 110 mil personas, convirtiéndose en una de las mayores marchas de extrema derecha en décadas.
En paralelo, la contramarcha de Stand Up to Racism reunió a unas 5 mil personas en Russell Square, quienes recorrieron Kingsway, Aldwych y Strand para llegar también a Whitehall, aunque por su extremo norte.
El despliegue policial incluyó a 1,600 agentes, 500 de ellos provenientes de otras dependencias, con un operativo diseñado para evitar el contacto entre ambos grupos. Se aplicaron disposiciones de la Public Order Act (Secciones 12 y 14), que regulaban rutas, horarios y puntos de concentración.
Durante el mitin, además de Robinson, participaron figuras de la extrema derecha y el polémico empresario Elon Musk – ajonjolí de todos los moles-, quien, a través de un video, pidió un “cambio político” y la disolución del Parlamento, pese a no tener ciudadanía británica. Sus declaraciones desataron fuertes críticas.
El saldo fue de 26 policías lesionados (cuatro de ellos de gravedad) y 25 detenidos por distintos delitos.
Un reflejo de la polarización global
Este tipo de expresiones político- sociales son cada vez más recurrentes en varias partes del mundo y dan clara muestra de la preocupante polarización de nuestros días y que podrían encontrar cauces más radicales y violentos. Los dirigentes y partidos políticos tradicionales siguen sin atinar a encontrar soluciones adecuadas a los temas que más inquietan a sus gobernados.
Pero este no es un fenómeno aislado. A nivel global, distintas sociedades están experimentando estallidos de inconformidad social cuyo común denominador suele ser su inesperado aparecimiento, como por generación espontánea y en ocasiones por su marcada volatilidad.
Las causas suelen ser conocidas —corrupción, autoritarismo, excesos de las élites, o en el caso británico, rechazo a la inmigración árabe y musulmana—, pero rara vez se puede prever el momento exacto en que estallan ni la magnitud que alcanzarán. Basta una chispa para que todo cambie.
En pocas palabras, no se sabe en qué momento, a la vuelta de la esquina, se presente un giro dramático que cambia -no siempre para bien- la vida y la historia de las naciones. ¿Cuál es el resorte que se activará y que puede mover a miles de personas, incluso poniendo en riesgo sus vidas, para alcanzar un fin? y ¿cuál será la gota que derramará el vaso?
Los eventos que ocurren en otras latitudes, aunque no lo pensemos o nos percatemos de ello, pueden influir y repercutir en la realidad mexicana, aunque en teoría no existen vasos comunicantes.
Casos recientes en el mundo
Algunos episodios recientes ilustran este fenómeno:
- Nepal: La caída del primer ministro K. P. Sharma Oli tras protestas lideradas por jóvenes de la Generación Z contra la corrupción y la censura de redes sociales- 26 aplicaciones censuradas-. Pese a la represión —72 manifestantes muertos—, el sistema político colapsó y varios dirigentes huyeron colgados de una escalera en helicóptero.
- Estados Unidos: El brutal asesinato de Charlie Kirk, cofundador de Turning Point USA y simpatizante de Trump, durante un evento estudiantil en Utah. El principal sospechoso, un joven de 22 años, habría actuado por motivaciones ideológicas y odio.
- España: La cancelación de la etapa en Madrid de la Vuelta a España debido a protestas pro-Palestina contra el gobierno de Israel. El presidente Pedro Sánchez incluso pidió la exclusión de atletas israelíes de competencias internacionales.
- Y México, ¿en qué punto está?
En nuestro país también existen signos de inconformidad social, aunque han quedado sometidos por los grandes escándalos —la “huachilización, barredorización y vectorización” de la agenda nacional—. Lo que aún no atisbamos conocer es cuándo esos agravios sociales de corrupción multimillonaria y de proporciones históricas, alcanzarán el punto de ebullición de los mexicanos.
Desde luego se trata de un desafío crucial para México y para el liderazgo de la presidenta Claudia Sheinbaum. Su sello y su legado político podrían definirse con la disyuntiva shakespeariana: ¿impunidad o no impunidad? Esa es la cuestión.