Sin humildad, el yo ocupa todo el espacio disponible y solo ve al prójimo como objeto o como enemigo. Se conoce el carácter de alguien observando cómo trata en el día a día a la gente corriente, a quienes no son poderosos y no pueden favorecerle. Para ponernos en el lugar de otros, la vanidad debe bajarse del pedestal. Como escribió C. S. Lewis, no es humilde quien piensa de sí mismo que es poca cosa, sino quien piensa poco en sí mismo.
Irene Vallejo. Terrenales, no perfectos: un elogio a la fragilidad y el poder de la humildad. En: Diario El Comercio. Perú. 01/07/2025
Vivimos tiempos ególatras como he dicho en varios artículos previos. Tiempos narcisistas les llama la gran Irene Vallejo en el artículo del que tomo el epígrafe de hoy. En todos los medios y en las redes sociales nos están intoxicando de mensajes que venden la idea de que si pensamos positivamente o “decretamos” lo que soñamos, todo se cumple y la vida se vuelve color de rosa.
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Estos mensajes tienen de fondo la idea de que cada uno de nosotros debe verse y sentirse como el centro del universo, como la última Coca Cola en el desierto, como un “ser de luz”, sin limitaciones, defectos, errores y miserias; incapaz de cualquier oscuridad o maldad, merecedor de abundancia -diría la libreta de la tristemente célebre esposa del un exgobernador de Veracruz- y de felicidad sin restricciones, entendiendo la felicidad como ausencia de contrariedades o frustraciones.
Nos tocaron tiempos de pretensiones de vida indolora, perfecta, tan perfecta e indolora que se convierte en insípida y nos deja un regusto amargo de insatisfacción a pesar de que todo el tiempo estemos aspirando a más y más y más recompensas y satisfactores de necesidades creadas, huecas como las vidas que compramos como el ideal a alcanzar al costo que sea.
Esta visión egocéntrica y narcisista de la vida la van introyectando nuestros estudiantes y nuestros hijos e hijas desde que nacen porque se respira en el ambiente y porque los padres, madres y profesores se los vamos inoculando con esa sobreprotección que es una forma de maltrato, como decía en el artículo de la semana pasada.
Y así van creciendo y como cualquier pequeño logro se magnifica y se les festeja como si fuera la obtención del Premio Nobel -desde la “graduación” del jardín de niños, hasta un gol en el partido del sábado- vamos creando seres vanidosos y soberbios, con un temor tremendo a fracasar y al mismo tiempo una soberbia imparable que los hace ver y tratar a los demás como inferiores.
Como digo, el mundo adulto es el que va contagiando a las nuevas generaciones de esta soberbia y esta falsa autosuficiencia que pretende que todos bailen a nuestro ritmo y que nos lleva a usar a todos mientras nos sirvan y desecharlos luego, aunque hayamos fingido ser amigos cercanos y profesar una gran estimación mientras dura esa relación instrumental.
La soberbia campea en todos los que tienen acceso a un mínimo espacio de poder. Lo podemos constatar en la política donde la que la gran mayoría de los que antes se ofendían por la riqueza y la ostentación de ahora cojean del mismo pie y aquéllos que reclamaban sus derechos ahora que están en el poder pisotean los de los simples ciudadanos por atreverse a hacer una crítica en un tuit o hacer un reclamo en algún espacio público.
Este falso empoderamiento, este sobredimensionamiento del ego disfrazado de autoestima y de reivindicación que ostentan empresarios, políticos, directores o jefes de cualquier oficina mínima en el sector público o privado e incluso en las escuelas y universidades, es el resultado, como dice Vallejo, de un bombardeo de cuentos de hadas contemporáneos, de “…una invasión del pensamiento positivo que, en las redes y en la publicidad, lanza al aire la purpurina de sus eslóganes. Eres perfecta como eres. Porque tú lo vales. Empodérate. La felicidad es cuestión de actitud…”
¡Qué importante es ahora, en este mundo ególatra el cultivo de la humildad a la que nos llama la autora de El infinito en un junco en este artículo! ¡Cuánta falta hace hoy una educación de la humildad y la sensatez! ¡Qué relevante es ahora una formación que promueva el descentramiento!
Como dice el artículo citado hoy y es bien sabido por muchos, humildad viene etimológicamente de humus que significa tierra y por ello ser humilde significa estar abajo, situarse con los pies en la tierra, no auto elogiarse ni adjudicarse privilegios, dejar a un lado la arrogancia y sentirse simplemente un ser humano más, entre todos los humanos.
Saberse de tierra y en la tierra, igual a todos, nos hace capaces de ser empáticos y solidarios, de trascender la relación Yo-ello que instrumentaliza y lograr relaciones de tipo Yo-tú que humaniza y nos humaniza, según términos de Buber.
La semana pasada vimos cómo la tragedia de la explosión de la pipa de gas en la CDMX nos trajo muchos ejemplos de gente que se situó ahí abajo y desde abajo apoyó con todo lo que pudo a las personas heridas o en riesgo.
El ideal sería que no hagan falta situaciones límite como estas para que los niños y niñas crezcan con humildad, situados en la tierra y asumiendo la igualdad y la cercanía con todos sus semejantes, sabiendo que no son instrumentos para lograr metas personales egoístas ni tampoco enemigos contra los que hay que competir para sobrevivir en el mundo competitivo de estos tiempos.
Para lograrlo podríamos empezar por ser más humildes nosotros los que tenemos la responsabilidad de educar a las nuevas generaciones. Dejar por ejemplo de ver como enemigos a los docentes como padres de familia o a los padres de familia si somos docentes. Dejar de promover en nuestros hijos e hijas o estudiantes la idea de que son únicos, son los mejores, los campeones, merecedores de todo y promover la consciencia de que son simplemente seres humanos esforzándose por construir una vida buena y digna, junto con y nunca por encima de, los demás.
Esforzarnos por tratar a los demás como nos gustaría que nos trataran a nosotros, según la regla de oro milenaria, empezando por tratar dignamente a quienes están bajo nuestra autoridad en el trabajo o son nuestros empleados o empleadas, por dar un trato amable e incluyente a cada estudiante y a cada padre de familia si somos docentes, a cada docente si somos padres o madres de familia y a cada compañero o compañera de nuestros hijos, por más pequeños que sean.
Educar en humildad y con humildad no está reñido con desarrollar una sana autoestima en las nuevas generaciones sino todo lo contrario. Una persona que se acepta y se quiere a sí misma no necesita demostrar nada tratando de forma prepotente a los demás. Una persona con una sana visión de sí mismo, no tiene la necesidad de reafirmarse agrediendo o violentando a quienes tratan con ella. Porque como dice el epígrafe citando a C.S. Lewis: “No es humilde quien piensa de sí mismo que es poca cosa, sino quien piensa poco en sí mismo”.