“Yo creo que yo tuve infancia y mis nietos no están teniendo infancia y eso me duele profundamente. ¿Y saben por qué noto que no están teniendo infancia? Porque no se rompen los pantalones y tienen las rodillas impolutas. No tienen ni una herida en las rodillas. ¿Y qué pasa? Pues que los niños actuales se han quedado sin espacios donde poder vivir sus aventuras… los niños tienen derecho a un juego libre y arriesgado… porque un niño que no ha corrido nunca el riesgo de romperse el brazo no ha tenido infancia… Les voy a ofrecer una definición de niño a ver si la comparten. Yo creo que niño es aquel ser que tiene mucho más energía que sentido común para controlarla. ¿Y qué la pasa al niño? Que primero actúa y después se da cuenta de las consecuencias... Esa vida si quieren un poco a la intemperie hoy es imposible porque nos estamos convirtiendo en sobreprotectores de los niños… y la sobreprotección es una forma de maltrato…porque estamos impidiendo que nuestros niños gestionen su vida real… es precisamente ante la experiencia de gestionar tu ilusión en la vida real es que vas desarrollando la prudencia…
Gregorio Luri, maestro. Padres imperfectos, familias sensatas. En: Aprendemos juntos 2030.
Inicia hoy la segunda semana de este nuevo ciclo escolar recién estrenado, por lo que no está de más seguir hablando de las posibilidades y limitaciones de la educación formal en interacción con la educación informal, pero central que se da en la familia y en todos los demás espacios vitales que rodean hoy la existencia de los niños. Para ello tomo como provocación este fragmento del diálogo que el pedagogo español Gregorio Luri tiene en el espacio Aprendemos juntos, producido por un importante banco internacional de origen también español.
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Resulta indudable que se ha avanzado mucho en el trato a los niños y niñas, en el reconocimiento de la infancia y como parte del presente, como seres humanos reales aunque estén en formación y no como una especie de humanos en potencia a los que como dice Serrat: “Por su bien, hay que domesticar”.
También existen muchos adelantos en los medios e instrumentos de cuidado y de seguridad para que en la casa, en el transporte, en los lugares públicos, en la misma escuela, existan condiciones que minimicen el riesgo de accidentes que pongan en riesgo la integridad física y psicológica de las nuevas generaciones, lo cual está muy bien y habría no solamente que conservarlo y consolidarlo sino desarrollarlo y llevarlo a la práctica para que cesen definitivamente los abusos de todo tipo que desafortunadamente siguen ocurriendo en el ámbito familiar, escolar, religioso, deportivo, artístico, etc.
Como dice Luri en su charla, no se trata de pensar que todo tiempo pasado fue mejor. La reflexión que hace no es un ejercicio de nostalgia sino un reto para la creatividad y para la autocrítica de padres y madres, docentes y directivos escolares que necesitan pensar y actuar de manera que se pueda devolver la infancia a los niños y niñas del siglo XXI.
Porque de tanto avanzar en los cuidados, de tanto pensar en evitarles el sufrimiento, el riesgo o incluso la vivencia de cualquier contrariedad o fracaso por mínimo que sea, hemos ido como sociedad despojando a las nuevas generaciones de la posibilidad de vivir su infancia, en el sentido que el pedagogo nos plantea: en la facilitación de espacios en los que puedan vivir sus aventuras, tener un juego libre y arriesgado, gestionar su energía en la vida real sin los algodones que le colocamos, para desarrollar vivencialmente la prudencia.
Porque como dice Luri, el órgano de aprendizaje principal de los niños no es el oído, por lo que por más consejos que les demos sobre cómo comportarse de forma prudente y de qué maneras canalizar su energía aplicando el sentido común, descubriendo y afinando el sentido común, ese tipo de inteligencia práctica que va enseñando a resolver lo práctico e inmediato, lo que de forma inesperada la vida nos va presentando y que tenemos que aprender a resolver cada vez más por nosotros mismos, cada vez menos dependiendo de la intervención de los demás.
Pero la preocupación por el cuidado se ha ido confundiendo por las generaciones jóvenes de padres “abiertos, comprensivos y dialogantes” como los califica el ponente en esta charla, con sobreprotección y como se afirma en el epígrafe, la sobreprotección es una forma de maltrato porque lo que genera en el mediano y largo plazo es desprotección, incapacidad de gestionar la vida y de proyectar y llevar a la realidad los propios sueños convirtiéndolos en una aventura personal que se vive de forma responsablemente libre.
Ese desarrollo del sentido común y esa apropiación de la prudencia para regular la energía se aprende solamente si se viven situaciones de riesgo, de poner a prueba los límites y las normas, de preguntarse qué pasaría si voy un paso más allá, hacerlo y asumir las consecuencias. Esto puede ser doloroso o causar que se rompan los pantalones, se haga una herida en la rodilla o se fracture un brazo, pero todo ello es parte de la experiencia y obviamente, sin caer en el descuido o la temeridad, tendríamos que dejar en la familia y en la escuela que lo vivan los niños y las niñas.
Por eso, decía el fallecido gran periodista especializado en educación Carles Capdevilla: educar es como enseñar a andar en bicicleta. Cuando uno es padre, madre o educador tiene que asumir que en la formación se va a dar un proceso en el que habrá caídas, raspones, a lo mejor alguna lesión un poco mayor, pero que si se va soltando poco a poco al hijo o educando, aprenderá a manejar la bici por sí solo y en cierto tiempo será capaz de avanzar guardando el equilibrio sin ayuda…y se irá, con lo que nosotros tendremos que soltarle para que emprenda su propio camino, su aventura personal.
Pero la sobreprotección hace que no se viva esa experiencia de riesgo para aprender a andar solo, como si dejáramos para siempre las rueditas pequeñas para evitar que la bici pierda el equilibrio y nuestro hijo o estudiante pueda caer, lo que causa que nunca aprenda a andar por sí mismo ni emprenda su propia ruta soltándose de nuestra mano.
Una forma adicional de sobreprotección consiste en decirles todo el tiempo que son maravillosos, geniales, “unos campeones” lo que los está haciendo crecer, según Luri como seres narcisistas con pánico al fracaso.
En este mismo ámbito simbólico existe hoy la tendencia a eliminar todos los cuentos infantiles que tengan elementos de violencia, riesgo, dolor o exclusión, dejando solamente “literatura buenista, moralista” que les presenta como protagonistas casi “vidas de santos, de santos morales”, cuando las buenas historias infantiles tienen como la vida, su dosis de maldad, de riesgo, de aventura, de transgresión. Como dice Luri: «Un buen cuento infantil es la historia de “…un niño que un día sale de casa, se va al bosque, vive algo en el bosque y regresa a casa un poco más sabio de cómo salió”».
Hoy y sobre todo en el ámbito de las ciudades, devolver la infancia a los niños en estos términos es muy difícil, dice el pedagogo español. Sin embargo, habría que intentarlo creciendo como padres -que muchas veces también han sido moldeados por la sociedad como seres narcisistas con pánico al fracaso- y dejando de lado la sobreprotección y creciendo como docentes, venciendo el miedo a ser demandados por supuesto descuido o negligencia por tratar simplemente que los niños tengan infancia.
Gregorio Luri, maestro: Padres imperfectos, familias sensatas