¿En verdad es tan malvada la historia ésta de los chips culturales, particularmente los palafoxianos que parecieran amenazar con la destrucción inminente de la biblioteca, o sólo es una más de las cortinas de humo para enmascarar la raquítica y desarticulada política cultural del actual régimen estatal?
En esto resaltan dos verdades y una duda maquiavélica.
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Las verdades serían: 1) Sergio Vergara Berdejo nunca supo cómo resolver este entuerto de la falta de control sobre los acervos culturales de Puebla, y, 2) Mintió una y otra vez al respecto, al grado que el gobernador Barbosa lo denostó públicamente en una ceremonia en el San Pedro Museo de Arte, tildándolo de embustero y falsario, pero, ni así dejó de mentir ni las autoridades correspondientes lo investigaron a cabalidad, con los resultados hoy conocidos.
La duda maquiavélica por su parte es: ¿Cómo ―y por responsabilidad de quiénes―, fue que se llegó a la irrealizable necesidad y tarea ―entonces y ahora― de implementar un sistema de marcaje y seguimiento digital del inmenso acervo museístico de Puebla?
Al momento actual lo único cierto es, por un lado, el apoteósico galimatías museístico involucra a más de un funcionario público por omisión, complicidad y franca estupidez en cuando menos cuatro administraciones gubernamentales, y; por el otro, la enfadosa oportunidad brindada a este gobierno de atribuirse la reescritura de esta historia con claros fines propagandísticos y muy improbables resultados de mejoría real sobre el cuidado y protección de los acervos de Museos Puebla.
Pero bueno, sabemos que reescribir la historia, las historias de una comunidad, es una de las reglas básicas de todo régimen político que se defina como nuevo, reivindicador y mejor que sus antecesores. Y esta reescritura indefectiblemente contiene dos partes: 1) El señalamiento de lo que hicieron mal los otros, y, 2) Aquello que harán bien los actuales reescribanos para enmendar lo fallido.
Hoy en Puebla, debido a la carnavalesca forma en que se ha desempeñado la administración entrante, hay una ingente necesidad gubernamental de reescribir la historia con el afán ―infructuoso hasta ahora, creo― de legitimar, por un lado, el discurso de una imposible pureza política guinda (puesto que gran parte de sus funcionarios provienen de alguno de los ignominiosos pasados de antaño: priísta, panista, perredista o algo peor), y, por el otro, de emparentar la actuación estatal al ―hasta hoy― apabullante éxito presidencial nacional.
Y para ello se ha echado mano de todos los recursos propagandísticos y discursivos sin empacho ni rubor, ya que, después de todo, la continuidad de este Nuevo México Poblano Morenista y Pobretizado es lo que importa.
De tal suerte, en estos nueve meses de gobierno estatal y a casi un año del municipal han inundado la palestra pública personajes que pretenden enmascarar, encubrir o recomponer su verdadera naturaleza y querencia ideológica mediante un disfraz de falsa izquierda.
Y si no díganme ¿quién les cree su veta y raigambre Nuevo Mexicanista Morenista y Pobretizada a Pepe Chedraui, Anel Nochebuena o Aimeé Guerra? ¿A Carla López Malo, Alejandra Pacheco y Gabriela Sánchez sin edad cívica suficiente para haberse adherido o militado en alguna corriente ideológica? Y ni que decir de la interminable lista de conversos, apóstatas del Revolucionario Institucional o de la Revolución Democrática o de los partidos confesionales poblanos.
Todos ellos hoy día, encargados gubernamentales de instrumentar la reescritura y relanzamiento del nuevo discurso reivindicador armentista, aunque para ello deban hacerse de la vista gorda ante la realidad o, peor aún, magnificar lacrimosamente lo probable en aras de lo deseable.
Y como prístino botón de muestra de todo esto, tenemos el asunto de los Malvados Chips Palafoxianos ―que, al parecer, amenazan con implosionar la biblioteca―, drama histórico éste que realmente tiene más de estupidez administrativa, venganza gubernativa y personal, y desmedido deseo de quedar bien con el jefe sin importar las consecuencias propias y ajenas, que de inconfesable perversidad libresca; ¡oh, sí!
Y por si no lo sabía, le contaré que todo comenzó con Sergio, Gela y su comadre Ana Martha.
Llegando Sergio a la Secretaría de Cultura, llamó a Gela a ocupar la Dirección de Museos Puebla sin importar que nunca antes hubiera trabajado en el sector público estatal formalmente (¿le suena parecido a la actualidad?). Ante esta realidad, Gela llamó a su comadre Ana Martha en su auxilio, quien sí contaba con experiencia en el sector y algunas otras virtudes que habían terminado enfrentándola, años antes, en arrebatos y disputas que suscitaron su bronca renuncia a la dependencia, cosa que, al igual que Sergio con Gela, a ésta no le importó en esos momentos este detallito de su comadre.
Como una de sus primeras acciones Gela y Ana Martha emprendieron una “minuciosa inspección” del Museo José Luis Bello y González, al cual le tenían un particular afecto pues Ana Martha lo había dirigido y Gela lo había restaurado en alguna de sus partes. Durante esa inspección “descubrieron o creyeron descubrir” faltantes en el acervo exhibido en esos momentos y rápidamente llegaron a la conclusión de que “alguien” los había robado y apuntaron sus sospechas hacia las directoras anteriores del recinto. El asunto detonó la paranoia propia y ajena y conminaron a Sergio a una acción contundente y ejemplar al respecto.
Sergio, que para entonces ya no las tenía todas consigo en cuanto a su relación con el gobernador Barbosa, decidió revelarle el “hallazgo delictivo”, adicionándole el adjetivo “morenovallista” al asunto. Dicha revelación le vino como anillo al dedo a Barbosa y de inmediato se pasó de las “nciertas sospechas de tres funcionarios culturales” a los “Determinantes hechos indagatorios y hasta judiciales”, ¡sin que ninguno de los actores tuviera pruebas fehacientes de los saqueos patrimoniales anunciados!
Y así, pasar de un supuesto faltante en el Museo Bello a la histeria desmedida del saqueo más de 6 mil piezas, que fue solo cuestión de vengativa borrachera burocrática infundada, para, al final, tenerse que tragar sus falacias, ya que después de siete o más indagaciones judiciales improductivas no fue posible comprobar ningún delito o robo, chico o grande en los museos.
Y entonces, ¿de dónde surgió la idea de los chips? De la intemperancia, la resaca, la cruda consecuente a la bacanal museística que, por infructuosa y alharaquienta, necesitaba justificarse. Pero anda tú, que a la ideota de salvaguardar el patrimonio cultural mediante la inserción de chips ultra galácticos “Que no sólo ubicaran al objeto sino que al escanearlo te brindara toda la información del objeto mismo: procedencia, historial de exhibición, movimientos y resguardos ―según aseguró en algún momento Sergio”, (que nos habrían costado los dos ojos de la cara y alguno más), se impuso la realidad de que “únicamente había presupuesto” para los chips tipo tienda de ropa de segunda… y, pues ni modo, se adquirieron y colocaron a trompa talega, puesto que Sergio y su equipo no aguantarían una regañada más del gober.
Y colorín, colorado…
Ahora bien, lo discutible hoy día es ¿cómo fue que la memez de Sergio la transformaron las actuales autoridades en un atentado cultural capaz de destruir a la Biblioteca Palafoxiana? Es un misterio; o no tanto, porque en realidad creo que se trata de uno más de los distractores gubernamentales (“El Barroco ya es nuestro”, “Somos un importantísimo clúster turístico”, etcétera) para encubrir su insulsa y chabacana política cultural sexenal.
Y sí no es así y efectivamente hay un daño patrimonial considerable por culpa de los chips, lo menos que esperaríamos de la Directora de Museos, la Secretaria de Cultura o el Gobernador mismo, es que nos informen: 1) ¿Cuántos y cuáles de los más de 45 mil volúmenes de la Palafoxiana o las más de 5 mil manuscritos o los 9 incunables u objetos científicos y artísticos han sido dañados por los pinchurrientos chips de supermercado?, 2) ¿En qué medida fueron afectados por esas plaquitas engomadas de 1 por 4.5 centímetros y cuál sería la labor y costo de su restauración?, y, 3) ¿Cuáles sanciones prevé la ley para dichas conductas inapropiadas o delictivas?
Y no se piense que nos debieran informar esto sólo porque nosotros somos los verdaderos dueños del mentado patrimonio cultural poblano, sino simplemente para reconocerles que, al menos en esto de los Malvados Chips Palafoxianos y, a diferencia de la política cultural, si pretenden ser serios y profesionales.