¿Quién no habla del affaire Alito-Noroña? Todos. Y es que el hecho causó tanto morbo, como comentarios a favor o en contra de uno o de otro personaje.
El caso no es para menos pues, aunque no es inédito, las pasiones muchas veces se desbordan en las Cámaras y en otros escenarios políticos y se llega incluso a los golpes.
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Pero en este caso en particular y tomando en cuenta los tiempos que vivimos, en relación a las redes sociales, el post pleito fue cosa aparte y se pudo haber ganado en un escenario, pero haber perdido en otro.
Así, en un primer momento, Alito perdió, pues no controló sus pasiones. Pero también ganó, porque la animadversión que Noroña causa en un enorme sector de la población, por su carácter arrogante y necio, fue saciada con los golpes, que por cierto nunca atinó de lleno a Alito.
Así que no fueron pocos los usuarios de redes que festejaron el hecho, haciendo que Noroña sufriera más por el escarnio público que por la misma jaloneada.
Por otra parte, los morenistas criticaron severamente el hecho, satanizando a Alito hasta la ignominia, solo que la misma desmesura, resultó en un efecto contraproducente para la defensa. Y es que, si Noroña tuviera un perfil diferente, todos, tirios y troyanos, hubiésemos condenado la afrenta.
Pero Noroña creo que está desfasado. Parece no estarse dando cuenta que una cosa es estar en la oposición y otra cosa es ser presidente del Senado. Y así, ante un Noroña aguerrido, claridoso y contundente en la oposición, que levantaba simpatías por protestar por los excesos del poder, hoy que reclama su derecho a vivir como rey, se pone en un plano meramente patético, sobre todo en un país donde el mexicano promedio jamás podrá comprarse una casita de doce millones de pesos.
Ese, el Noroña que luchaba contra los privilegios de las elites, hoy está convertido en uno de ellos. Y parece no darse cuenta. Y en consecuencia quisiera que el pueblo raso le siguiera aplaudiendo como cuando enfrentaba al poder.
Por otra parte, fue un verdadero agandalle y muestra de un autoritarismo monumental, el no dejar que las bancadas parlamentarias tuvieran participación, pese a que –como él mismo lo reconoció- se hubiese acordado en el orden del día. Y luego de manera maniquea, como suele hacerlo Morena, pero además burda, invoca al poder supremo de la Asamblea, diciendo que ellos mandan y pone a votación la iniciativa, como si no se supiera que la mayoría que tiene Morena, iba a votar por la negativa, como a final de cuentas sucedió.
Esto enardece a cualquiera. Aun cuando no seas de oposición, porque es la clara muestra del autoritarismo y el agandalle del morenismo, que terminó tristemente convertido en lo que tanto odió (cuando se los aplicaban a ellos).
Claro, el lector podría alegar que están en su derecho de hacerlo “para que vean lo que se siente”, pero eso aquí y en cualquier parte es revanchismo político, alejado diametralmente de la doctrina izquierdista que presume ser democrática.
En fin, que, al desaguisado, decía, se sumó el post pleito, en donde Noroña sale a decir cosas tan desafortunadas como que es un viejito débil que no puede responder los ataques de un jovenzuelo, cuando el mismo viejito se anda peleando e insultando a medio mundo.
Y para cerrar con broche de oro, el montaje burdo del asesor de Noroña, cuando sale con vendaje y cabestrillo de por medio, como si lo hubiera arrollado un auto, vino a restar credibilidad y seriedad al asunto.
¡Qué cosa distinta hubiera sido ver a Noroña saliendo con mesura a lamentar el caso, pero ofreciendo el diálogo para que esto no volviera a suceder! Pero no se puede pedir peras al olmo. Y nuestro olmo, Noroña, cuando no gana arrebata, tanto que si no fuera un viejito de 65 años como él dice, se hubiera agarrado a madrazos con Alito o le hubiera obligado a pedirle perdón ahí mismo, como lo hizo con un ciudadano que se atrevió a criticar sus excesos.