Quienes gustan del arte contemporáneo y gozan de su intimidad (fuera de los faustos salones), pueden darse una vuelta por la galería Crojash, en 7 Oriente no. 8, Centro Histórico (alojada en una de las fachadas más hermosas de la ciudad, en la que ocupa dos pisos), y ver la exposición Somos arte: tres artistas; destacados y emergentes. Se trata de diez pinturas de caballete de estilo abstracto; seis esculturas figurativas en bronce; y por primera vez en una galería de arte moderno se puede ver piezas de cerámica en miniatura.
La cerámica es un género ninguneado en la ciudad, no obstante, la antiquísima y rica tradición alfarera en los valles; de manera particular el oficio de los viejos artesanos en el Barrio de la Luz, en el corazón de la ciudad. Hoy estrangulado por la complicidad oficial y por el inexorable avance de una modernidad inclemente y devoradora de su patrimonio. Favorecida por gobernantes de brazos caídos, por omisión o por incompetencia.
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Cholula es otro centro alfarero importante desde la época precortesiana. Su desvalorización tiene que ver con las políticas culturales, que ven en el trabajo en barro oficio de indios que, a lo mucho, elaboran ollas, comales y jarritos. En las acciones de gobierno sigue pesando el hispanismo de prótesis, expresado en el rechazo y exclusión de todo lo que no entra en el concepto de señoras de “¡ay, ¡qué bonito!”
En el primer caso se trata de Cristina Rojas, dueña y promotora de Crojash. Ella misma artista plástica importante. Su sensibilidad pictórica va de los temas tradicionales (el retrato; acuarela) al vanguardismo experimental con formas y colores nuevos (la disputa mercado/creación, imprescindible para sobrevivir en el páramo al que las políticas culturales han reducido la creación en la entidad).
Para esta exposición eligió diez piezas de su pinacoteca; para mi gusto se trata de su mejor etapa. Sin embargo, en donde ha hecho una contribución sin par es en la promoción de artistas consagrados y emergentes mexicanos, canadienses, puertorriqueños, rumanos, colombianos, peruanos, franceses y, cuando valen la pena, poblanos. Amén de animar el gusto por el coleccionismo.
La promoción artística de Crojash le otorga un nuevo cariz a la ciudad, y les abre puertas a nuevos viajeros (no el turismo tradicional, al que le sigue apostando el gobierno), que no les satisface el barroco poblano, de puertas, balcones y techos desvencijados, y chiles en nogada (el inconsciente tributo al Imperio de Iturbide). Apenas hace falta decirlo, el barroco fue la propaganda de la Iglesia Católica en contra la reforma de Martín Lutero.
En su mayoría son grupos de viejos, poco educados en el gusto de mirar, reunidos en corro en los alrededores de la Catedral, distantes de las corrientes artísticas y al buen gusto. Crojash pone las obras de los artistas a la vista de curiosos y coleccionistas (hay que decirlo, soterrado y reducido, pero en Puebla hay un grupo de personas que coleccionan: compran arte por el gusto de verlo en la pared de la sala –estatus social, y por inversión, el precio de la firma): Toledo, Andriachi, Bladimir Cora; Daniela Zekina, Peter Boyadjieff, Coronel, Felguérez; nombres de la Escuela Mexicana de Pintura (Siqueiros y Rivera) y también de la Ruptura. Están o han pasado ahí.
Como artista plástica, la carrera de Cristina Rojas está vinculada (aunque no influenciada) con la Escuela de Pintura de Oaxaca. No obstante haber sido alumna de Francisco Toledo, y de otros artistas internacionales en ciudades de Europa, en donde hizo la mayor parte de sus estudios; su estilo es ella. Fue en Oaxaca, sin embargo, en donde concibió y dio a luz Crojash.
De allá, y al cabo de cinco años de participar en uno de los mercados más exigentes y competitivos, retornó a esta ciudad en 2018, se arremangó y abrió brecha sobre un terreno escarpado. Sobrevivió a la pandemia. Crojash y su oferta son precursores en Puebla, al margen de los presupuestos públicos. La aridez es de tal tamaño que a lo mucho la capital cuenta con cinco espacios, que honran el nombre de Galería. Aunque en menor grado, son importantes Galería-16-Art, y un par más que anima el talento del pintor Tirso Castañeda, en el Centro Histórico. El resto son cajueleros, en ocasiones engañabobos con copias.
Carlos Zepeda es el autor de la escultura en bronce. Tiene la visión de los espacios del arquitecto, su formación en la universidad. Es alumno del consagrado Jorge Marín y se mantiene en ese estilo, aunque menos ecléctico, onírico y enigmático. Es de los pocos con derecho de picaporte en su taller. Su estilo está más influenciado por el modelo clásico, aunque despojada del heroísmo de aquel, pues en sus piezas introduce unos listoncitos a manera de seña de identidad que no cuadran con el viejo canon. Y… Natasha, la ceramista.
Soterrado, invisibilizado por las políticas culturales, denigrados con declaraciones de funcionarios ignorantes y burros, en el subsuelo de Puebla resiste un movimiento artístico vigoroso, que no pasa desapercibido su torrente para especialistas y críticos, pero que no pasa de ahí, porque los espacios de expresión oficiales están cerrados para sus miembros, con el discurso baladí de que “no atraen visitantes”.