En la primera mitad de 2025, las detenciones de migrantes en México se desplomaron como nunca antes. Según el Instituto Nacional de Migración (INM), la caída fue de 83.3% respecto al mismo periodo de 2024. De 712,279 capturas en el primer semestre del año pasado bajaron a solo 119,183 en el actual. El dato no significa únicamente más control en la frontera sur, también refleja que menos personas están logrando entrar al país.
El descenso comenzó tras el acuerdo entre la presidenta Claudia Sheinbaum y Donald Trump para desplegar 10,000 elementos de la Guardia Nacional en los cruces de Chiapas y Tabasco, además de la cancelación de la aplicación estadounidense CBP One. Esas medidas redujeron las detenciones de 63,457 en enero a 24,327 en febrero. A partir de ahí, el número siguió bajando: 14,807 en marzo, 5,898 en abril, 5,123 en mayo y un leve repunte en junio con 5,577 capturas.
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El cambio más notorio está en la composición de los flujos. Los venezolanos siguen encabezando las cifras con 29,850 personas detenidas, seguidos por colombianos (9,806), ecuatorianos (8,749), hondureños (8,498), salvadoreños (8,492), cubanos (7,569) y nicaragüenses (7,153). El peso venezolano se mantiene, aunque en números absolutos ya no representa las oleadas que se veían hace un año.
Pese a las capturas, México ha retornado a sus países de origen solo al 5.2% de los migrantes asegurados: 2,878 hondureños, 1,859 guatemaltecos y 429 venezolanos. La gran mayoría permanece dentro del país, atrapada entre la falta de opciones de salida hacia el norte y las restricciones de las autoridades migratorias.
Entre quienes fueron deportados se cuentan 246 menores no acompañados y 17 niños pequeños. Además, las estadísticas muestran que el 60 % de las detenciones ocurrieron en Tabasco y el 22% en Chiapas, lo que confirma que la frontera sur sigue siendo el epicentro del control migratorio.
La caída en los números no es sinónimo de alivio. Para especialistas significa que muchos migrantes ni siquiera están intentando cruzar por México. Y entre los que ya están, el objetivo es claro: moverse hacia las grandes ciudades, donde esperan encontrar mejores salarios y posibilidades de trabajo, en lugar de quedarse en el sur.
El choque se produce con el Instituto Nacional de Migración (INM) y la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR), que exigen a las personas migrantes tramitar refugio en Chiapas o Tabasco. Sin embargo, los solicitantes de asilo se niegan a quedarse en una región sin alternativas laborales y buscan avanzar hacia urbes como Ciudad de México, Monterrey o Guadalajara.
La tensión se expresó en estas últimas semanas, cuando una caravana de cientos de migrantes que salió desde Chiapas rumbo a la capital fue detenida por fuerzas de seguridad antes de llegar a Oaxaca. Muchos de sus integrantes, en su mayoría venezolanos, declararon que no quieren regresar ni quedarse varados en el sur, sino alcanzar espacios urbanos con más oportunidades.
De fondo, el fenómeno revela un viraje en la lógica migratoria. La drástica baja de llegadas indica que México ya no es el corredor masivo hacia Estados Unidos que fue en años recientes. En cambio, se convierte en un espacio de retención forzada, donde los flujos son más reducidos pero los tiempos de estancia más prolongados.
Menos entradas, más permanencias: esa es la ecuación que explica el desplome en detenciones. Para las autoridades, puede ser un triunfo estadístico. Para los migrantes, es la confirmación de un destino a medias, donde no se avanza ni se regresa.
El país se queda así con un dilema: asumir que México será cada vez más un lugar de destino —aunque no del todo atractivo— o seguir apostando a que los números bajos significan que el problema se resolvió solo.