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Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Punto de quiebre

Después de aquel suceso, no había marcha atrás, ya no podía considerarse una protectora

Alejandra Fonseca

Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes
 

Viernes, Julio 25, 2025

De bebé, Beth salía en brazos al jardín de su casa a descubrir el tesoro de animalitos que esconde el pasto, las plantas, las flores, los árboles, la tierra, la maleza, las bardas, bajo las piedras y los rincones más ocultos. El jardín era grande y para ella un paraíso inmenso que no se agotaba al siempre renovarse y reverdecer. La acompañé en sus exploraciones desde entonces: ella lideraba y yo obedecía.

Algunas personas nacen con el don de vibrar auténtica y profundamente con el mundo natural, tratando a sus integrantes -animales y vegetales- con sumo amor y cuidado sabiendo que son vidas frágiles como las propias. Desde que ella nació, expresó con mirada encendida, sonidos guturales y movimientos de piernas y brazos, gran emoción para ir al encuentro de sus mascotas.

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Por ese amor a los animales que su padre le heredó, tuvieron un rancho donde criaban pollos, pavos, cochinos, borregos, chivos; ella tenía una yegua. Tuvo tortugas, gatos, perros, lagartijas, un loro, un halcón que liberó, y no recuerdo cuántas especies más en libertad. Ya no tienen rancho, pero en casa hay gatos, perros, lagartijas y recién encontró un ratón al que nombró Neto y advirtió a los presentes que lo cuidaran, por lo que, mientras te encontrabas platicando en la cocina, lo veías pasar cínico y rozagante, delante de todos.

El problema surgió cuando empezaron a encontrar muchas caquitas de ratón por aquí y por allá. Entonces su mamá la llamó, la sentó en la sala y le advirtió que no podían tener más a Neto “porque vino Susy y ha parido, de seguro con ayuda de Neto”. Fue un drama:
- ¿Qué hacemos?, preguntó.
- ¿Qué vas a hacer tú?, respondió su mamá.
- Yo no tengo el corazón para matarlos.
- Entonces ingéniatelas para atraparlos y sácalos a todos, porque ya viste cómo se reproducen, ¡son una plaga!

Estaba en un predicamento. Me miraba implorando auxilio y a mí no se me ocurría nada más que atraparlos y sacarlos, o matarlos. Su mamá, práctica como es, compró veneno y lo dejó a la mano para que fuera su hija quien decidiera usarlo. No había salida, cada vez encontraban más caquitas por doquier.

Después de varios días de cavilar, con todo el dolor de su corazón, puso el veneno donde ubicaron el nido. Al día siguiente había menos veneno y más caquitas, por lo que sólo faltaba esperar a que, poco a poco, aparecieran los muertos… Y así fue.

La primera fue Susy, la encontraron en el jardín; después fueron varias crías, una a una. Lo que aturdió sobremanera a Beth fue que, cuando bajaba alegre por las escaleras, encontró en el piso una cría chiquita y bonita, tierna y dulce, que intentaba lenta pero atropelladamente, encontrar su camino, cayéndose, levantándose y topándose una y otra vez contra la pared. Estaba muriendo… Beth quedó petrificada porque el modelo ideal que ella quería seguir en favor de los animales no pasaba por esto. La miraba y en un impulso se agachó con el afán de levantarla, acurrucarla y salvarla. Pero ya era tarde… Con esa precisa acción, en ese momento exacto, en ese sino, se dio el punto de quiebre del que después de eso ya no hay para atrás; no podría considerarse más, una protectora de la vida de los animales.

Al ver la escena de Beth petrificada ante la cría, su mamá se apresuró; traía una bolsita de plástico, la abrazó con amor y le susurró al oído: “Toma al ratoncito por la cola, lo metes en la bolsita y termina con su agonía…”

Desde ese día Beth está deprimida y yo no sé cómo ayudarla.

alefonse@hotmail.com

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