Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

De cara asustada

El jadeo del animal pasa de tu cara a tu oído; de pronto sientes una de sus patas en tu pecho

Ignacio Esquivel Valdez

Ingeniero en computación UNAM. Aficionado a la naturaleza, el campo, la observación del cielo nocturno y la música. Escribe relatos cortos de ciencia ficción, insólitos, infantiles y tradicionalistas

Jueves, Julio 24, 2025

Tres y cuarto de la madrugada… Ves en el celular y maldices al que te despertó a esa hora. Por la forma de tocar la puerta sabes que se trata de tu hermano. Esa es su manera tan atropellada de hacer las cosas sin considerar a los demás. Te pones la bata, bajas las escaleras a oscuras como acostumbras, le abres y lo ves con una maleta y un perro que tímidamente se esconde detrás de él, pero alcanzas a distinguir que se trata de un bóxer negro de mirada asustada.

“No seas malo, me tengo que ir al aeropuerto, mi avión sale a las seis y apenas llego, por favor te lo encargo, recién me lo regalaron ayer”, y te deja la correa en la mano. No te hace gracia, tú tanto que te abstienes de tener mascota por no disponer de tiempo y ese irresponsable viene y te tira su animal.

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Como siempre, le harás el favor, “pero será el último”, te dices a ti mismo y aunque lo haces en voz alta, no te oye o hace que no te escucha, se va a toda prisa sin siquiera dejar dinero para el alimento del can. Lo metes a la casa y piensas en dónde dejarlo, pero como no eres un desalmado como para mandarlo a la zotehuela, lo dejas en la sala para que se eche en el tapete. Le quitas la correa y el perro se queda inmóvil, pero sin despegar la mirada de ti mientras subes las escaleras.

Llegas a tu cuarto, avientas la bata a la silla, te metes a la cama y te quedas profundamente dormido. Entre sueños, sientes que ha pasado mucho tiempo y te despiertas; ves todo oscuro y piensas que, si es muy temprano, te volverás a dormir, pero si falta poco para que suene el despertador, te levantarás de todos modos y tomarás bastante café.

¡Qué demonios! El reloj te espeta: “Tres y cuarto”, o sea, no has dormido nada, pero te sientes muy descansado. ¡Vaya! De acuerdo con lo dicho, tratarás de dormir. No lo consigues. Das una vuelta, otra, luego boca arriba miras el techo, ¡Dios!, si no duermes mañana estarás cabeceando en la oficina. Decides bajar a tomar un poco de leche tibia. Te pones la bata y sales de tu habitación. Nunca prendes las luces cuando andas en casa de noche, es una costumbre adquirida desde niño. Mecánicamente te asomas a los escalones, aunque los tienes bien memorizados, ¡espera! Ves una sombra inusual entre la penumbra de la planta baja.

Tratas de aclarar la vista, no distingues bien, pero tu terca costumbre te impide prender la luz. Bajas los escalones hasta el descanso y la sorpresa es mayor a cualquier emoción, ves al perro de tu hermano parado en dos patas mirándote fijamente con sus ojos de mirada asustada. Le silvas para que se mueva y permanece inmóvil, solo te mira, piensas que a lo mejor está encima de algo, revisas bien y sí, es el perro de tu hermano parado en sus patas traseras como si algo lo estuviera deteniendo. ¡Ah!, debe ser tu hermano que te está jugando otra de sus bromas, piensas.

Bajas dos escalones más y entonces, a pesar de la oscuridad puedes ver con toda certeza que nada ni nadie detiene al perro, está totalmente erguido y sigue clavando su mirada en ti. Entonces sí, la adrenalina se pasea apuradamente por tus venas, una helada sensación te recorre la espalda y te hace huir de la escena hacia tu cuarto, cierras la puerta y te entierras en las cobijas. Lo único que piensas es: “Mañana veré qué tiene ese animal o, mejor, lo llevo a una pensión”. Caes prontamente en un profundo sueño.

Otra vez despiertas con la sensación de haber estado horas inconsciente, sin cansancio en el cuerpo, pero todavía es de noche. Te sientas en la orilla de la cama y tomas el celular para verificar la hora. ¡Por Dios!, ¡las tres y cuarto!, algo debe andar mal y eso te hace pensar que todo se trata de un mal sueño, que si te asomas a las escaleras verás al perro echado en el tapete de la sala o, mejor aún, tal vez no haya perro. Te levantas, te pones la bata, abres la puerta y te acercas con cierto temor al barandal.  Adelantas la cabeza y ahí está el perro de pie viéndote con su asustadiza mirada. No lo piensas más y en automático regresas a tu habitación con el corazón saliendo de tu pecho.

Tu mente no entiende lo que está pasando, alcanzas a ver el celular de soslayo, la hora sigue siendo la misma, pero cuando ves con detenimiento, te das cuenta de que la fecha sí ha cambiado, han pasado dos noches, eso significa que has estado durmiendo de día y por ello te despiertas de noche.

Te quedas un momento en silencio por si el can hace un ruido y nada. En eso se te ocurre forzar tu vigilia cuando sea de día. Pones un par de alarmas con el tono más escandaloso a las siete en punto y así saber de una vez por todas qué está pasando. Vuelves a conciliar el sueño al instante.

Amanece y las alarmas hacen su trabajo, sin embargo, tus músculos están petrificados, estás consciente y despierto, pero inmóvil. Aunque te sientes confundido, fuerzas tus ojos para abrirlos y ves borroso, pero desistes al escuchar pisadas acojinadas y súbitamente percibes el aliento característico de un perro. Sientes sus exhalaciones en tu cara y una sensación de erizamiento te recorre el lado derecho de tu cuerpo. Consigues abrir un ojo y ves la expresión medrosa del bóxer negro que te mira persistentemente. ¡Dios! ¿Qué está pasando?

Vuelves a cerrar el ojo y sientes cómo cualquier lógica abandona tu mente, tu pulso se aloca, tu respiración se agita y con voz temblorosa solo atinas a decir: “¿Esto es una pesadilla?”

El jadeo del animal pasa de tu cara a tu oído próximo a él. De pronto sientes una de sus patas en tu pecho que te pone alerta y escuchas una voz perruna que dice “¡No!”.

 

 

 

 

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