A la Virgen del Carmen,
a quienes llevan su nombre
y a quienes a ella se acogen.
Dice Octavio Paz (que): “La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono.” (1). Al mirar cómo tuvo en la Grecia clásica un papel relevante para la acción educadora y para la formación espiritual de los dirigentes de la polis y de sus ciudadanos, no puedo estar sino convencido de ello (2). No sólo con Homero, sino también con Hesíodo. Si el primero planteó el pathos y el ethos griego a las élites dirigentes, el segundo lo hizo con los campesinos y pastores: La gloria está también en la vida cotidiana del trabajo (3).
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La vida heroica de alguna manera pasa del cielo a la tierra. Los dioses bajan del Olimpo y se involucran con los seres humanos en sus trabajos diarios. La poesía, sin dejar de ser más filosófica que la vida real, pasa a ser más vital que el conocimiento científico. Lo universal se vuelve particular en la expresión artística y los grandes ideales se tornan fuerzas emocionales capaces de mover las entrañas. La vida cotidiana se transforma en un conjunto de significados permanentes. El significado se vuelve forma de vida.
“De ahí que la poesía aventaje a toda enseñanza intelectual y a toda verdad racional, pero también a las meras experiencias accidentales de la vida individual. Es más científica que la vida real (si nos es permitido ampliar el sentido de una conocida frase de Aristóteles). Pero, al mismo tiempo, por su concentrada realidad espiritual, más vital que el conocimiento filosófico.” (4).
Esa vitalidad también —como continúa diciendo Paz— hace de la actividad poética una acción “capaz de transformar al mundo”; por eso es “revolucionaria por naturaleza” (5). Así —sigue el Nobel mexicano—, devela este mundo y crea otro. No se trata sólo de una transformación social y exterior, sino también es un “ejercicio espiritual” de “liberación interior”. En una característica más —de las múltiples—, para el escritor mexicano la poesía es “pan de los elegidos” y “alimento maldito” (6).
¿Quién no se ha conmovido con un poema? ¿Quién, al ver su forma, su imagen, no ha visto que el poema va más allá del mero uso lingüístico, de la mera finalidad del lenguaje, que es comunicar un dato, una información, una idea? Vicente Huidobro ha dicho que “los verdaderos poemas son incendios” (7) inapagables. No sólo encienden el corazón de un individuo, sino también el ánimo de una comunidad. No sólo es el lenguaje (el metro y la rima, la estructura), sino la imagen que presenta, su sentido.
Con lo anterior podemos apreciar la relevancia de la imagen poética y la fuerza motriz que adquiere al tomar una forma bella mediante el lenguaje. Por un lado, porque el lenguaje es simbólico (nos remite a y encarna en un signo); por otro lado, la palabra es una metáfora de la realidad; y, por otro lado más, el ser humano por la palabra se hace metáfora de sí mismo. Así, a partir del nombre, mediante el lenguaje, descubrimos un significado y con éste podemos construir un mundo: el orbe de los significados (8).
Es verdad que por el lenguaje se puede construir un mundo significativo, pero también lo es que, si todo se reduce a lenguaje, todo puede vaciarse de significado, como en nuestro tiempo —llamado desenfadadamente: de posverdad—. Bueno, no sólo en nuestro tiempo, en la época de los sofistas griegos (Protágoras, Gorgias, etcétera), la experiencia del lenguaje había dado lugar al arte retórico, pero pronto también a la demagogia y manipulación política, como pasa hoy en México con el morenismo.
En ese sentido se entiende el esfuerzo de, a partir de Sócrates, generar un nuevo ideal humano de búsqueda de la verdad y de la sabiduría que fuese más allá del mero lenguaje. Con Sócrates, y luego con la Academia de Platón, surgió el ideal de la vida teorética (teoretikós bíos) o vida intelectual. Se trataba de la elección de la vida mejor de entre varios tipos de vida, por tanto, de una elección ética. Tal tesis se dio con Platón y culminó con Aristóteles y los tres tipos de vida correspondientes al alma (9).
El ideal de la vida teorética (teoretikós bíos) procede de la escuela platónica. Primero se presentó como una suerte de extravagancia humana: mirar más allá de las estrellas. La anécdota de Tales de Mileto o la de Anaxágoras donde uno y otro parecen no interesarse en las cosas de este mundo ilustran; uno cayó a un pozo por mirar el cielo; el otro no estaba interesado en temas de la polis, su mujer o, incluso, la pérdida de un hijo, cuando el ideal griego era justamente la cosa pública.
Pero justamente esas dos figuras “extravagantes” fueron los que animaron en la Academia la idea de una vida mejor como un problema serio, un asunto ético, que iba más allá de los temas del lenguaje y de los asuntos públicos. Se trataba de entender la vida de los filósofos antiguos que, más allá de sus “extravagancias”, habían introducido el tema del saber de forma desinteresada de los temas del poder y de las decisiones, más allá de la política. Apareció el contraste entre la vida política y la vida intelectual.
Platón quiso conciliar la una (bíos politikós) y la otra (teoretikós bíos) colocando a la polis (el Estado) como el objeto de estudio tanto de la ciencia como de la filosofía. En otros términos, las leyes y normas de la acción cívica eran el problema de la ciencia y del saber filosófico. Sin embargo, no logró formular explícitamente el ideal del teoretikós bíos. Su ideal, bajo la figura de Sócrates, su maestro, era el del logos. El problema ético era, en realidad, un problema gnoseológico: descubrir la verdad.
En suma, estaban unidos tres asuntos en uno solo: a) La recta intención moral (phrónesis); b) La esencia del conocimiento (sophia); c) La verdadera naturaleza del ser (to ón). En su obra juvenil, Protréptico, Aristóteles plantea precisamente la ciencia de la verdad “inaugurada por Parménides y Anaxágoras”, con lo que dio pauta para el teoretikós bíos como una vida dedicada a esa ciencia que, como sabemos, aún no se definía como metafísica (10), cosa que ocurrió después con los aristotélicos.
La figura de Pitágoras aparece como quien define la actividad filosófica: mirar, indagar (teoreín); y quien dio origen al oficio del filósofo: buscador, amante de la sabiduría. De este modo los tres tipos de vida eran: La bíos apolaustikós, la bíos politikós y la bíos teoretikós, que correspondían a las tres partes del alma humana: a) edoné, correspondiente a la parte sensible y sensual; b) areté, la virtud o fuerza moral; c) phrónesis, la sabiduría en acción práctica. Planteamientos de origen platónico y culmen aristotélico.
De este modo, amable lector, lectora, vemos cómo la poesía y la filosofía son necesarios para la formación humana. Ambas nos descubren la condición humana de buscar y aspirar a lo bello y verdadero, ese otro lado, esa síntesis del aquí y ahora con el origen y el fin de la existencia. Como dijera un comentador de Paz, “nuestro verdadero ser está siempre en otra parte, del otro lado del lenguaje y del tiempo.” (11). Pero, de alguna manera, lo percibimos y tocamos en este mundo, en nuestra carne.
Referencias
1. O. Paz, El arco y la lira. El poema. La revelación poética. Poesía e historia, Fondo de Cultura Económica (FCE), México 2008, p. 9.
2. F. Aguilar Víquez, “Homero, educador de la humanidad”, e-consulta, 09/jul/2025.
3. W. Jaeger, Paideia: los ideales de la cultura griega, FCE, México 2006, pp. 67-83.
4. Ib., p. 50.
5. Paz, op. cit., p. 9.
6. Ídem.
7. V. Huidobro, Altazor o el viaje en paracaídas. Poema en VII cantos, (1919), Madrid 1931.
8. Lemaitre, M. T., Octavio Paz. Poesía y poética, UNAM, México 1976, pp. 14-16.
9. W. Jaeger, Aristóteles. Bases para la historia de su desarrollo intelectual, FCE, México 2023, pp. 470-475.
10. Ib., p. 474.
11. Verani, H. J., “Octavio Paz: el poema como caminata” en Stanton A. (ed.): Octavio Paz. Entre poética y política, El Colegio de México, México 2009, p. 61.