Agradezco profundamente al equipo de e-consulta, y en especial a Rodolfo Ruiz, por la oportunidad y apertura para que pueda escribir esta columna que tiene como objetivo compartir ideas, levantar la voz y convocar a la acción. Esta columna se titula “La Voz del Renacimiento” y le di este título, porque nuestro país y nuestro Estado atraviesan tiempos de oscurantismo. Tiempos en los que la preparación, la técnica y la razón han sido desplazadas por el discurso de los “otros datos” un discurso de resentimiento, promovido por políticos tramposos y corruptos que solo buscan el poder por el poder.
Me tocó nacer en un México que caminaba hacia la democracia. Fui testigo, aún desde mi infancia, de la transición del año 2000. Iba en segundo de kínder cuando el país derrotó al fin a ese PRI hegemónico que durante siete décadas gobernó México acallando críticas y repartiendo privilegios. Aquella noche un país entero se ilusionó. Nacieron nuevas instituciones, se apostó por la modernidad, se habló de derechos, de ciudadanía, de futuro.
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Es cierto: los gobiernos que encabezaron la transición cometieron muchos errores. Replicaron abusos, olvidaron corregir malas prácticas y permitieron que el resentimiento creciera, sin embargo, México mejoraba. Basta comparar las oportunidades que tuvieron nuestros padres con las que mi generación ha tenido: fuimos testigos de una clase media creciente, acceso a mejores servicios, un país que, con todo y sus fallas, sacó a millones de la pobreza.
Lo que no supimos fue erradicar la corrupción ni consolidar un Estado que se respetara a sí mismo. Y en parte, también es responsabilidad de nosotros, los ciudadanos, que decidimos renunciar a nuestro actuar cívico, que toleramos los excesos y que bajamos la guardia justo cuando más teníamos que defender lo construido.
Entonces en 2018, llegaron los de la 4T encabezados por Andrés Manuel López Obrador. Llegaron con las reglas de la democracia, prometiendo no endeudar al país, regresar al Ejército a los cuarteles, respetar a los pueblos originarios, apoyar la ciencia y la tecnología, respetar al Poder Judicial y un sinfín de promesas que convencieron a millones… pero para nuestra mala fortuna, han hecho exactamente lo contrario. Hoy repiten los vicios de siempre, pero con más cinismo y con un respaldo popular que se sustenta en el reparto de dinero.
El segundo sexenio del movimiento de la 4T, ahora con Claudia Sheinbaum al frente, han continuado la destrucción institucional y ahora tenemos un país sin órganos de transparencia, con récords históricos de homicidios, con regiones dominadas por el crimen organizado, con el Ejército haciendo negocios a diestra y siniestra bajo el disfraz de “seguridad nacional”, con una CNDH servil al poder, leyes que permiten espiar a los ciudadanos y con una deuda creciente para pagar programas sociales en un país que no crece y que ahuyenta la inversión.
Sin respetar a las minorías, se han hecho de una mayoría artificial y desde ahí han destruido las instituciones que les permitieron llegar al poder. Creen que cambiando las reglas podrán perpetuarse, pero se equivocan. Porque aunque manipulen las leyes, aunque desmantelen los contrapesos, no son invencibles. Lo advierten Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en ¿Cómo mueren las democracias?: los dictadores modernos no toman el poder con un golpe; manipulan las reglas para que nadie pueda disputárselo. Pero la historia enseña algo más: ningún poder basado en la trampa y el abuso es eterno. Siempre llega el momento en que la ciudadanía despierta, se organiza y los hace caer. Ese momento se acerca.
Y en Puebla el reflejo es claro: leyes hechas al vapor como la Ley Censura buscan callar a los críticos mientras el gobierno agrede a quienes alzan la voz. Todo esto ocurre con un Congreso local que ha dejado de ser contrapeso y se ha convertido en un simple brazo del Poder Ejecutivo. Diputados serviles que no le responden a los ciudadanos, que prefieren la “selfie”, el aplauso fácil o el reflector de redes antes que legislar para mejorar la calidad de vida de los poblanos. La división de poderes es ya una simulación que nos quieren imponer como normalidad.
Pero esta columna no será un lamento. La Voz del Renacimiento tiene un propósito: inyectar esperanza a quienes no estamos dispuestos a dejar el país en manos de los corruptos, de los que obedecen agendas personales, de los que solo buscan el poder por el poder. Desde aquí impulsaremos la organización ciudadana, convencidos de que si nos decidimos, veremos a Puebla y a México renacer. Veremos a nuestro país ser la versión que está destinado a ser. Y veremos, de una vez por todas, cómo los mismos de siempre se van del poder.
La hora del renacer ha llegado.