En la tradición filosófica es célebre la sentencia “¡conócete a ti mismo!” (gnothi seauton), a la que se une la inquietud de sí (epimeleia heauton). Ambos aforismos expresan no sólo una necesidad, sino una experiencia profunda: la de conocerse, conocer lo divino y reconocer su huella en uno mismo. En efecto, algo en nuestra experiencia de ser humanos nos permite afirmar sin ambages: “Es cierto y preciso que me preocupe por mí mismo”. No hay error en ello.
Pero esta preocupación requiere un conocimiento auténtico de ese “sí mismo” del que debemos ocuparnos. Y cuando se toma conciencia de tal inquietud, reaparece con fuerza la exhortación originaria: “¡conócete a ti mismo!”. Si me conozco, no puedo dejar de ocuparme de mí; y si me ocupo de mí, inevitablemente me conozco. Ocuparse de uno mismo es también conocerse. La cuestión, entonces, es si este conocimiento es realmente posible y, sobre todo, en qué consiste.
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Estas premisas, en realidad toda esta reflexión, hallan su raíz explícita en las tesis platónicas. Cuando el alma se contempla a sí misma, como en un espejo, advierte en su fondo algo divino. Lo resume con claridad Michel Foucault:
“La identidad de naturaleza es, por así decirlo, la superficie de reflexión en la que el individuo puede reconocerse, saber que es. (…) En realidad, el ojo no se ve en el ojo. El ojo se ve en el principio de la visión. (…) el alma sólo se verá al dirigir la mirada hacia un elemento que sea de su misma naturaleza (…), es decir, el pensamiento y el saber”. [1]
Ese es el elemento divino: pensamiento y saber. Tal vez fue a partir de los Padres de la Iglesia, en particular con Eusebio de Cesarea, cuando se introdujo esta idea como centro de la reflexión espiritual. Pensar en uno mismo y saber de sí es lo propio del alma. [2] Esto se verifica en el hecho de que el ser humano, así como advierte la existencia del mundo y de las cosas, se da cuenta también de su propia existencia. Existe como todo lo demás, pero tiene además la capacidad de hacer presente su existencia ante sí mismo, como si la poseyera dos veces.
Sin embargo, es frecuente, como lo muestra buena parte de la literatura contemporánea, vivir como si no viviéramos, como si estuviésemos muertos: es decir, sin conciencia de que vivimos sólo por el hecho de existir. Pero no basta existir: para vivir como humanos es necesario saberse vivos, en primer lugar; y en segundo lugar, saber que esa vida tiene un sentido, aunque sea el que nosotros mismos le otorguemos. Todos admiten la vida, pero no todos admiten su sentido.
Volvamos al imperativo: “¡Ocúpate de ti mismo!”. Uno se pregunta si en una sociedad como la mexicana —azotada por tantas carencias— se puede emprender una tarea tan noble y ardua. En la Antigüedad, ocuparse de sí estaba reservado a una élite: aquellos con recursos culturales, económicos y sociales suficientes. La razón era que esta ocupación buscaba formar individuos distintos de la masa.
Porque quienes vivían en la masa estaban absorbidos por la necesidad. ¿Quién podía, en tales condiciones, ocuparse de sí? Pocos: una élite moral, los capaces de sustraerse a la vorágine de las ocupaciones cotidianas. No obstante, en algún momento de la Grecia clásica, ocuparse de uno mismo fue también una tarea política, pedagógica y erótica. [3]
La dimensión política residía en que, para gobernar la polis, era imprescindible saberse gobernar a sí mismo. Lo mismo valía para legislar: como las leyes tenían un fin pedagógico, el legislador debía conocer esa vena educativa. Y para ello, no había más camino que el conocimiento de sí, que implicaba pensar y saber cuál es el sentido de la ley: formar ciudadanos plenos y maduros.
En cuanto a la cuestión pedagógica, se refería a la formación de los jóvenes. Estos debían preocuparse de sí porque, en su adultez, asumirían la vida cívica. Pero también alcanzaba a los ancianos: la inquietud de sí era el camino hacia la madurez y, dentro de ella, hacia una vejez sabia. La ocupación del anciano no era otra que generar y administrar sabiduría. Sin intereses personales que lo distrajeran, el viejo podía aconsejar.
El aspecto erótico no era menor. El amor de los jóvenes o por los jóvenes tenía que ver también con el conocimiento y la ocupación de sí. El platonismo, el helenismo y la cultura romana propusieron una verdadera educación del amor. Figuras como Persio y Cornuto, Frontón y Marco Aurelio atestiguan esa preocupación. [4] Hablamos de hace veinticinco siglos, pero esos ideales siguen, de alguna manera, presentes. Son parte de nuestra cultura.
Ahora bien, también podemos darles la espalda y desentendernos de lo valioso del pasado. En nuestros días, el mundo se convulsiona; la guerra acecha y se abate sobre los inocentes. Se pretende imponer la paz por medio de las armas, sobre todo por parte de los poderosos. América Latina no escapa. México menos. Basta mirar a la clase política gobernante: está en las antípodas de toda ocupación de sí; ha fragmentado a la sociedad y ha abandonado su responsabilidad por la paz, la justicia y el bien común.
Como sociedad, a pesar de esa fragmentación, deberíamos pensar, imaginar y sentir de modo distinto al de esa clase que ha abdicado de sus responsabilidades. Una forma de hacerlo es recuperar la antigua sentencia: “¡Conócete a ti mismo!”. Esto implica una tarea inaplazable: ocuparnos de nosotros mismos. Preguntarnos quiénes somos y para qué estamos. Qué es la ciudad y qué el Estado. Qué significa ser ciudadano y qué sentido tiene serlo. Las respuestas —aunque parciales— podrían darnos el impulso para volver a pensar, imaginar y construir el país que anhelamos.