La comunicación asertiva se está perfilando a ser un lugar común en discursos políticos, mediáticos y educativos dentro del Estado: ya medio mundo habla de ella, aun sin practicarla. Ya medio mundo sabe cómo comunicarse saludablemente con los demás durante el dinamismo del día a día en sus respectivos cargos públicos o privados. De un día para otro, cambiaron la visión de nuestra realidad. Se hicieron especialistas en la materia. El cosmos por fin está equilibrado, ¡eureka!
De repente, comenzamos a vivir en una legión de “buenas y excelentes personas”, que solo buscan formar lazos más estrechos, más amables y cordiales entre sus semejantes. O, por lo menos, es lo que se intenta vender, y que muchos tienen a bien comprar, metafórica y literalmente. Lo más lamentable es que sea lo segundo.
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Pero esa es la parte bonita de la historia. Veamos ahora la cara oculta de la Luna. Algunas instituciones educativas y hasta psicológicas con cierto posicionamiento han visto la oportunidad de estar al día con el advenimiento de este discurso. Están lucrando con el paradigma de la comunicación asertiva. Les ha venido muy bien. Tal vez, se ha visto en dichas ideas—tal y como en el pasado ya ha ocurrido con otras tantas— un excelente medio para un determinado fin, que regularmente es financiero.
Siguiendo la lógica del esquema oferta-demanda propuesta por el economista Arrow, hoy en día surgen especialistas que responden a la necesidad que tienen empresas e instituciones por cubrir (quizás porque deben y no porque quieren) la impartición de cursos de actualización y capacitaciones de personal al respecto de las buenas prácticas comunicativas. Y claro, es más que necesario.
Sí, debemos trabajar en ese aspecto. Es urgente que los encargados de instancias tanto gubernamentales como del sector privado cuenten con una plantilla que tenga, para empezar, las cualidades de la buena comunicación, de la asertividad. Tanto los empleados de esas mismas instancias como los usuarios nos merecemos un trato humano, y cada vez más digno.
Sin embargo, hay que enfatizar algo importante: no todos podemos ser especialistas, no todos podemos decir que contamos con lo indispensable para capacitar y socializar la idea de la comunicación asertiva; más aún, cuando se ve en ella la oportunidad para incrementar la cartera. Cierta gente empieza a vivir del tema, al igual que pasó con otros discursos que en su momento se volvieron moda. El riesgo es que al hacerlo de esta manera, “porque es lo de hoy”, se podría divulgar una noción tergiversada de esta propuesta ética discursiva y, por tanto, no lograr el fin para el que fue diseñada y vernos conducidos hacia una ineludible simulación.
¿Quiénes están impartiendo estás charlas, capacitaciones, talleres? Me temo que, en su mayoría no son aquellas personas que desde años atrás se han dedicado a reflexionar, analizar, discutir y proponer actividades al respecto, y en muchos casos de manera independiente. Todo lo contrario. Hay quienes han visto la oportunidad idónea de subirse al barco sin necesidad de haber remado tanto. Lo repito: vivimos el mismo fenómeno que nos ha ocurrido con otros ideales éticos, culturales y sociales en años anteriores en cuanto a ciencia, tecnología y educación.
Esta Palestra no es una crítica hacia la pertinente—y más que nada—necesaria idea de incentivar la implementación de una comunicación más asertiva entre las personas que conviven en contextos determinados y, en muchos casos, sometidas a estrés recurrente. Jamás sería la intención poner obstáculos a algo que contribuye a que entre nosotros nos tratemos mejor. Creo que debemos cooperar para lograr que este país no se hunda más, que nuestras relaciones sociales y familiares sean cada vez más solidarias, amables, sanas y fructíferas. Apostarle a esta especie de contribuciones ha sido un acierto inconmensurable.
Lo que realmente preocupa a este columnista es la trivialización y simulación a la que se está viendo encaminada la frase “comunicación asertiva” debido al uso excesivo de la misma. A veces, esa utilización no es del todo precisa o exacta. Y en consecuencia no queda muy claro (inclusive para algunos que la pregonan) qué es ser asertivo, por lo menos en ciertas ocasiones.
De repente, se vino una ola de “asertivistas” totalmente preocupados y preocupadas por el destino de la humanidad. Me ha tocado escuchar en diferentes reuniones ese discurso. Se nos hace una invitación cordial a ser empáticos, afectivos, bonachones y casi a cumplir estándares muy grandes que involucran todas las cualidades existentes en este plano terrenal. Es decir, ser docentes predilectos.
Con regularidad y, a manera de cierta especie de bipolaridad argumentativa, algunas de esas personas no la aplican en su interacción laboral diaria, pero eso sí, no pierden la ocasión para dejar en claro que son los primeros en fomentarla en su institución. Cuando bien nos va, esconden la comunicación pasivo-agresiva con la vestimenta del discurso del asertivista. ¡En fin, la hipocresía! ¡Por las barbas de Platón!
Parece que se ha vuelto un requisito mediático y hasta administrativo colocar esa frase al final de las propuestas y prácticas educativas. Lamentablemente nos ocurre como en los tiempos de las iniciativas de ciencia y tecnología donde era casi una obligación terminar la redacción de un proyecto con la frase “con pertinencia social”. Parecía que si así no lo hacíamos el antiguamente llamado Conacyt no nos daría el recurso presupuestal.
Debemos impulsar las iniciativas que tienen como fin fomentar la comunicación asertiva, pero que realmente están enfocadas a llevar la teoría a una práctica concreta, real y sincera, lejos de la simulación nuestra de cada día. Debemos no decir que ya somos asertivos, que ya estamos más allá, sino, como dice mi psicóloga de cabecera: “Intentar reconocer en nosotros mismos qué es eso que nos hace falta cambiar para lograrlo”.
Esperemos que no se quede en una moda, en palabras que se lleve el viento, y solo el viento y nada más, como diría el vetusto cuervo de Allan Poe. ¿Sabí?
¡Leven anclas!