Fue John McCarthy quien bautizó en 1956 a los desarrollos informáticos con el nombre de inteligencia artificial (IA). Erik J. Larson, señala que sería mejor llamarle simulación de tareas humanas. El nombre no es lo de menos en este asunto, pues en él se acrisolan los dos aspectos que quiero abordar en esta breve reflexión. Lo primero es la concepción misma de lo que es la inteligencia: si es la capacidad de solucionar determinados problemas o si es la capacidad de adentrarnos en la inteligibilidad del universo…
Francisco Galán. Inteligencia artificial, educación y transhumanismo, p. 18.
Regreso después de dos semanas de ausencia en este espacio justamente tras mi retorno de Argentina donde participé en el VIII Taller Latinoamericano Lonergan que se organizó de manera espléndida desde la dirección del Instituto para la Integración del Saber de la Universidad Católica de Salta. Como lo indiqué en mi artículo anterior, el tema fue Los retos del posthumanismo, que incluyeron por supuesto en una gran proporción la reflexión acerca del transhumanismo como un nuevo metarrelato que está tomando cada vez mayor fuerza, sustituyendo -o tal vez mejor dicho, modificando y retomando- el de la promesa fallida de la modernidad.
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En la conferencia magistral de inauguración, en los paneles y en las mesas de ponencias se presentaron trabajos muy serios e interesantes que nos permitieron aproximarnos al tema desde diversas perspectivas filosóficas, teológicas, socio-políticas y educativas, puesto que el trans y el posthumanismo tienen implicaciones muy profundas en estos y prácticamente en todos los campos de la vida humana, llegando en sus visiones más radicales -utópicas o distópicas según se les vea- al planteamiento de la desaparición de la especie humana como hoy la conocemos, tal como lo escribí aquí hace algunas semanas.
Un tema o tal vez El tema que ha irrumpido en el campo de la educación desde los desarrollos tecnológicos acelerados que ya están disponibles de forma generalizada es el de la (mal) llamada Inteligencia Artificial (IA). Desde luego que no es el único aspecto que conforma las cosmovisiones de los autores trans y posthumanistas pero como digo, es el que hoy está en la discusión educativa en todos los niveles y puede verse en las múltiples conferencias, paneles, conversatorios, webinars, etc. que se están organizando desde diversas instituciones sobre todo de educación superior y de investigación educativa.
Como suele suceder en el área de la educación, la IA se está abordando hoy desde un punto de partida que asume sin cuestionar el nombre de inteligencia artificial -que como dice acertadamente el doctor Galán en la cita que tomo como epígrafe hoy, no es lo de menos- y centrando los diversos análisis en los cómos de su instrumentación -las estrategias para su uso en el aula, su manejo en el aprendizaje y en el diseño y evaluación de programas educativos- y en los problemas de carácter normativo que plantea para regular su uso evitando el plagio y otras prácticas éticamente cuestionables por parte sobre todo, de los estudiantes, aunque existen también riesgos en esta dimensión por parte de los profesores, que casi no se han abordado.
Como también pasa con frecuencia en las innovaciones que llegan al campo educativo, existe un sector que se opone a usar la IA y plantea su prohibición -he escuchado a varios profesores hablar de que los alumnos realicen sus trabajos de forma manuscrita para evitar el famoso “copy-paste”- y otros actores e instituciones educativas que hablan de manera entusiasta y muchas veces acrítica de su adopción como algo inevitable.
Pero en este espacio quiero subrayar el primer problema que plantea en su excelente artículo -que recomiendo leer- el autor citado al inicio: la introducción de la IA en los procesos educativos tiene como una de sus premisas centrales la concepción misma de lo que es la inteligencia. Como se plantea en el epígrafe, resulta indispensable revisar de forma inicial y con suficiente profundidad si los educadores y las instituciones educativas entendemos por inteligencia la mera capacidad de resolver problemas prácticos o si la concebimos como la capacidad -y el deseo humano- de adentrarse en la inteligibilidad del universo.
Como plantea Galán en otra parte de su texto, incluso antes de la llegada de la IA estaba en juego ya esta disyuntiva que desde mi punto de vista ha tenido tres aristas: la primera, propia de la educación tradicionalista es la de definir la inteligencia como sinónimo de memoria y la educación como el proceso por el cual se transmite una gran cantidad de información al estudiante para ser memorizada y repetida, con lo cual la inteligencia se limita a un simple almacenamiento y repetición de datos.
Una segunda visión de la inteligencia es la que predomina en la educación llamada tecnocrática o si se usa el término de Nussbaum, para la renta o la rentabilidad. Esta concepción es la de la inteligencia como un conjunto de habilidades para resolver problemas sobre todo de carácter práctico, utilitario e inmediato. En esta perspectiva, la inteligencia es simplemente el procesamiento de datos y su síntesis aplicativa a situaciones específicas.
Sin embargo, desde estos tiempos previos a la IA, ha habido planteamientos pedagógicos que sostienen una visión mucho más compleja y completa, más humana de la inteligencia. Concepciones que tienen que ver con esa capacidad-deseo-necesidad humana innata de adentrarse en la inteligibilidad del universo a partir de experiencias de asombro que generan preguntas y búsquedas de insights o actos de intelección.
Desde mi punto de vista, coincidente con el del artículo citado, resulta indispensable retomar esta reflexión y tomar postura por una noción de inteligencia realmente humana en la que trabajemos arduamente -con, sin o a pesar de la IA- para generar comprensión en los educandos porque “…empeñarnos en que hay inteligencia, aunque no haya comprensión, es optar por empequeñecer la mente humana, al grado de explicarla como una computadora de poca capacidad en la velocidad del procesamiento y almacenamiento de datos…” (p. 21).
El post y el transhumanismo se sustentan en la idea ancestral de que los seres humanos somos seres no fijados, seres inacabados, en proceso de mejora continua y que como dice Lonergan, ser humano es un continuo reto. Pero la solución que plantean es la de la mejora humana mediante el uso de la tecnología y la ingeniería genética que si bien pueden aportar muchas cosas positivas para prevenir o curar enfermedades o realizar tareas de manera más eficiente, no pueden ni deberían pretender sustituir la riqueza humana.
Ante los retos del post y el transhumanismo habría que seguir apostando por la compleja imperfección humana, por la imperfecta complejidad que se desarrolla desde la vulnerabilidad hacia la búsqueda de autotrascendencia. Nuestra mejor apuesta, coincido con el autor, debe seguir siendo la educación y en el ámbito estricto de la inteligencia, continuar con el apasionante trabajo de hacer que “…las alumnas y alumnos, descubran la altura de sí mismos”. (p. 20).